Curso 2015-2016 «Acoger a Señor y su evangelio»

Objetivo Pastoral para el curso 2015-2016

“Arraigados en el Señor, ser cauce humilde para dejar al Espíritu Santo que infunda la fuerza renovadora del Evangelio en el interior de nuestra Iglesia Diocesana y en esta tierra”

“ACOGER AL SEÑOR Y SU EVANGELIO”

DIMENSIÓN ECLESIAL: “EL ANUNCIO”

 Durante este curso pastoral, 2015-2016, escuchamos lo que el Espíritu Santo dice hoy a esta Iglesia y le pedimos que abra el  horizonte de nuestra misión en el horizonte más amplio de la misión de Pentecostés.

La Iglesia que peregrina en Ciudad Rodrigo  está situada en una tierra y marcada por unos dinamismos sociales y culturales como encrucijada de caminos. Nuestro pueblo, en unos casos, parece prescindir del Evangelio y, en otros, recordarlo sólo como residuo del pasado. Los hombres y mujeres de nuestra tierra, en esta hora, necesitan el Evangelio, pues le pertenece; para que él sea luz en el horizonte, fuego en el corazón y fermento de una historia renovada de Amor y de Vida, que fecunde todos los ámbitos de nuestra existencia. Cuantos formamos la Iglesia del Señor tenemos que ser conscientes de que es un signo de los tiempos el tomar opciones que, aunque esforzadas y dolorosas, llenen nuestra vidas de alegría y nos rejuvenezcan (Evangelii Gaudium).

El mañana de nuestra Iglesia Diocesana lo hará posible todo el conjunto del Pueblo de Dios, como protagonista y, con más razón, los agentes de pastoral. Éstos están llamados a asumir compromisos, a dar los pasos que la Iglesia del Señor necesita y que ayuden a marcar el futuro. Rompamos las ataduras de una inercia estéril y los sentimientos de fatalidad. Es el Espíritu el que es capaz de dar Vida a nuestras vidas y reanimar nuestros cansancios. Afirmamos con una inmensa esperanza que, en nuestra Iglesia  Diocesana, hay y habrá agentes renovados con Espíritu y otras formas, otras instancias, otras estructuras que puedan abrirnos a un futuro de esperanza. Todo ello con un sentir hondo de Iglesia Diocesana, porque  sin una vinculación profunda a la Iglesia ningún recurso humano (agentes) o institucional (estructuras) tendrán solidez suficiente ni serán fecundos.

Este Año Pastoral 2015-2016 queremos, en primer lugar, acoger al Señor que se nos da en su Evangelio; y, en segundo lugar, prestar atención a los agentes de pastoral, como testigos y misioneros de la  Palabra, del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

1.- Acoger al Señor, que se nos da, en su Evangelio

Jesús, en su Espíritu, está en el centro de toda comunidad cristiana y en el centro del corazón de los hermanos y hermanas. Por Él, con Él y en Él viven, comparten, sirven y padecen.

La vida de nuestra Iglesia y de las comunidades parroquiales, para renovarse y convertirse, han de partir de la experiencia viva del Señor: hemos de consentir que “el Señor toque nuestras vidas”, sin olvidar medios y estructuras. La cercanía con el Señor es insustituible para hacer de nuestra tierra “los caminos de Galilea” y para que le sigamos a Él; esa es la primera señal de “una Iglesia en salida”.

Antes de que nosotros pisáramos esta tierra y fuéramos su Iglesia, Él ya estaba. Ahora Él va delante y sigue reuniendo a su Iglesia por medio de sus apóstoles, de su Palabra, y de los Sacramentos, en los que Él actúa y está presente hasta el fin de los tiempos (Mt 28,18-20).Nuestra Iglesia Diocesana, en sus comunidades, es la Iglesia del Señor. Por eso, hemos de recorrer sus mismas huellas, tal vez con gestos históricos distintos; aunque las huellas fundamentales  de su paso ya estén marcadas en el camino de ayer, de hoy y de siempre. Porque no tenemos como Iglesia otro camino que el mismo Señor: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,5).

En la primera hora de la Iglesia los cristianos se reunían en casas humildes. Allí era acogido el Señor en su Palabra y también en la mesa del Pan y del Cáliz. En esos encuentros fraternales se vinculaban Evangelio y vida diaria. El Evangelio del Reino del que habla Mateo, es el Evangelio de Cristo (1 Cor 15,3). Lo que hace el apóstol es anunciar a Jesús, el Cristo, el Señor. Y es en el  Evangelio donde Jesús se anuncia y en él se hace presente a los hermanos. En el Evangelio, que es el propio Jesús el  Señor, anunciado por los apóstoles, se nos da Él mismo. Es en el Evangelio donde el Señor se expresa y se regala en su Espíritu. Por eso, quien acoge el Evangelio, acoge al Señor; y, quien acoge a Señor, acoge su Amor expresado y entregado en su Palabra.

Siendo el Evangelio un don del Amor de Dios en el Espíritu, es un don que recrea la vida de cada hermano y la vida de la comunidad, porque llama, convoca, alienta y es fuerza de Dios que actúa en nosotros (1Tes 2,13).

Si el Evangelio es el corazón de la vida de los discípulos misioneros, es también una de la piedras angulares (junto a los Apóstoles y los Sacramentos) para la edificación en profundidad de la Iglesia (1 Cor 3, 1-11). La Carta a los Hebreos apela al Evangelio para avivar la vida de la comunidad en crisis: “Por tanto, es preciso que prestemos atención a lo que hemos oído para que no nos extraviemos” (Heb 2,1). 

Es hora de preguntarnos, “¿tengo hambre del Señor y de su Evangelio?… Y mi comunidad, mi Iglesia, ¿tienen hambre del Señor y de su Evangelio?… Y en la predicación, en la catequesis, en la enseñanza, en el diálogo  interpersonal y comunitario y en diálogo familiar, ¿hay hambre del Señor y de su Evangelio?”…No olvidemos que la comunidad de discípulos del Señor, vive de su Amor entregado en la Palabra y también, y sobre todo,  entregado en la “Cena”.

2.- Deseamos ardientemente proponer el Evangelio a nuestro pueblo

Desde hace casi tres décadas, con nuestros obispos (D. Antonio Ceballos, D. Julián  López, D. Atilano Rodríguez y D. Raúl Berzosa), y con sus equipos pastorales, se han hecho llamadas insistentes, incluso apremiantes, a la evangelización. Y,  sin embargo, tenemos la sensación de que nuestras comunidades parroquiales y grupos cristianos no hemos conseguido ponernos totalmente en misión, en estado de evangelización. Posiblemente la razón es que no vivimos el Evangelio como buena noticia para nuestras vidas. En el supuesto de que el Señor y su Evangelio no hayan sido puestos en el centro, o lo hayamos silenciado  en el vivir de cada día y en el de nuestras comunidades, tenemos que hacer posible, ya desde ahora, que el Evangelio sea palabra fundante, palabra  inaugural que abra espacios de futuro en nuestra tierra. El Papa Francisco invita con insistencia a “la vuelta al Evangelio”: “!Que nadie nos robe la alegría del Evangelio!”. 

Las comunidades y los cristianos, que viven del Señor y de su Evangelio, no se detienen solo en el presente ni están encadenados al pasado porque el Evangelio regala siempre futuro, caminos de futuro; siempre hemos de sentir y cantar que “somos  un Pueblo que camina”. Nuestra vida no se asienta en teorías ni en estudios sociológicos, si fuera así nos atraparía el vértigo de la historia; sino que se asienta en lo prometido por Cristo. El discípulo misionero no se apega a las cosas tal como hoy son; lo ve todo en marcha; nada es definitivo; todo es “penúltimo”; de ahí que se hable de  “Iglesia en salida”. Nuestras resistencias a ser Iglesia en salida pueden surgir de la duda en la Palabra, de la cobardía.

A este respecto, en el Apocalipsis, en la lista de aquellos que esperan “la segunda venida”, se coloca a los cobardes antes que a los incrédulos o asesinos (Ap 21,8). La cobardía nos paraliza y la palabra usada es: guardar o proteger; pero, ¿cumple así la Iglesia su misión?…

Otro freno a una “Iglesia en salida” es buscar seguridades frente a las preguntas, interrogantes, cuestionamientos y miedos; a Dios, por el contrario, no se le tiene ni se le garantiza con seguridades, sino que a Dios  se le busca, se le espera, se confía.

En una “Iglesia en salida”, todo  ministerio, servicio y acción pastoral ha de buscar recrear, renovar la experiencia cristiana y mejorar la vida creyente. De ahí la conveniencia, y hasta la necesidad, de cuidar de modo especial las acciones pastorales de ANUNCIO. Hay acciones y servicios eclesiales que se fijan y ocupan más de lo exterior que de la misma experiencia cristiana, del mantenimiento. Por el contrario, hay programas pastorales y acciones eclesiales que se centran en la vivencia, en la experiencia cristiana y tienen como criterio de evaluación no “el buen funcionamiento” sino el crecimiento y fecundidad de sus miembros y comunidades. A esto segundo se le puede denominar pastoral evangelizadora; y sus acciones, por lo general, son más creativas y renovadoras.

Sería bueno preguntarnos desde el mismo comienzo de este Año Pastoral: “¿dónde está la vida evangélica?… ¿Dónde estaba y dónde ha desaparecido?… ¿Qué nos ha fallado o faltado en nuestra catequesis, en nuestra predicación, en nuestra enseñanza?… ¿Qué nos está faltando en nuestras acciones pastorales?”…

Nos urge, en este momento de la historia de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia, priorizar la evangelización, poner el Evangelio en el centro de nuestras vidas y de nuestras acciones. Es indudable que la calidad de la experiencia cristiana depende de la calidad de los procesos de evangelización especialmente cuando  la evangelización no se entiende sólo como “indoctrinamiento”, sino como un proceso en la profundización de la fe y en la práctica del Evangelio. La fe en Dios  es una gracia pero es también respuesta a un anuncio; no hay respuesta sin anuncio.  La Iglesia del Señor se inicia con el anuncio del Evangelio, ésta no tiene sentido sin el kerigma, sin la predicación del Evangelio (Rom 10,14-17).

¿Por qué se nos había olvidado el priorizar la pastoral evangelizadora?…- Algunos pastoralistas señalan tres razones, que sólo apuntamos: en primer lugar, porque ha existido un cierto conformismo con el cristianismo convencional, y se le daba más carta de calidad del que realmente tuviera.

En segundo lugar, por la comodidad: es más fácil repetir ciertos ritos y acciones que buscar, con sana creatividad, salir de las frases hechas, de las rutinas y acompañar pacientemente a la comunidad  en sus búsquedas.

Y en tercer lugar, porque es más fácil, y puede que hasta más rentable, dedicar más tiempo a  celebraciones y no tanto a la catequesis, a la formación comunitaria y a la evangelización misionera…

Hemos hablado de Jesús  como Evangelio del Padre, como la Palabra que se debe creer. Y hemos hablado de la necesidad de Evangelio, porque la humanidad y nuestro pueblo tienen derecho a que se le anuncie dicho Evangelio de Jesucristo y ese derecho no se le puede negar. Ahora  vamos a detenernos en la llamada a la conversión pastoral y en los “mensajeros”, en los agentes de pastoral, para finalmente mencionar dos lugares o espacios motivadores y sanadores de los agentes de pastoral.

 3.- La conveniencia de una mirada pastoral autocrítica

La Iglesia está sin duda llamada a “la conversión pastoral”, pero reconocemos que no es fácil cambiar ni convertirnos. Algunos tienen la impresión, o quizás la certeza, de que la vida pastoral de la Iglesia sigue como si la Exhortación Evangelii Gaudium no hubiera existido. Y, sin embargo, el Papa Francisco habla de “una impostergable renovación de la Iglesia”. ”Una opción misionera capaz de transformarlo todo” EG 27); apela a “un estilo evangelizador nuevo” que ha de ser asumido (EG 18). Cuidemos, por tanto, que  la rica reflexión del Papa, sentida y reconocida como ilusionante, vital y llena de frescura, no quede arrinconada en la estantería o simplemente leída. Una auténtica conversión pastoral se verá solo verificada en nuestra Iglesia  Diocesana por la recepción operativa de dicha Exhortación, para que aparezca la Iglesia con nuevo rostro, como se diseña en la propuesta  programática del Papa Francisco.

A todos se nos reclama, y de modo especial a los agentes de pastoral, repensar cuáles son los cauces adecuados para la evangelización del mundo actual, no para “la autopreservación eclesial”. A los agentes de pastoral se les invita y se les pide una actitud de “salida” y un estilo de misión que “favorezca respuestas positivas de todos aquellos a quien Jesús convoca” (EG 27).

Conscientes de  las resistencias, de posibles actitudes cerradas e inmovilistas de algunos pastores y fieles, se nos invita a superar el “siempre  se ha hecho así”, y a ser creativos y audaces. Al invitar a buscar adecuadamente los medios, propone transitar en un camino de sinodalidad, “siempre con los hermanos, y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral” (EG 33).

No abaratemos  o desvirtuemos la clara intención que el Papa le da a la “práctica” (acción). La práctica, como criterio pastoral. De nada valdría  su convocatoria, si no se plasma en un ejercicio transformador, sabiendo que la práctica a “evangelizar con alegría”, es la tarea actual de la Iglesia (EG 18).

Para la “practica” hemos de tener muy presente el peligro que se corre, si nos situamos  en el terreno de la autocomplacencia pastoral.  La Exhortación nos remueve y nos invita a una “salida misionera” (EG 30). Dicha salida nos empuja, en primer lugar, a volver al Señor. Y, en segundo lugar,  a “ponernos en contacto con la realidad sufrida del pueblo de Dios” (EG 96). Porque el peligro, cierto, es anteponer nuestra inmanencia e interés propio al Señor, al del “encuentro vivo con Jesús” (EG 1); y anteponer algún poder, o “vanagloria” como dice el Papa Francisco, a una historia de entrega, de lucha, de vidas gastadas para el servicio, de constancia y cansancio en el trabajo de nuestra Iglesia Diocesana. La memoria martirial es memoria de los testigos. El peligro también está  en el “habría-queísmo”, señalando desde fuera lo que “habría que hacer” (EG 96).

Añadamos además que una mirada pastoral autocrítica ha de ser una mirada atenta  a la vida de cada día, no tanto a los grandes proyectos, donde frecuentemente se escapa la realidad concreta y la cotidianidad. Ha de ser una mirada acompañada y  alimentada con la luz y con la fuerza del Espíritu (EG 50). Nunca una mirada neutra. Sí, un discernimiento evangélico sobre aquellos aspectos de los agentes de pastoral que, como actitud o estilo de vida, puedan detener, dificultar o debilitar los dinamismos de la renovación misionera (EG 51) o alentar un nuevo fervor y un aire fresco evangelizador.

Nos detenemos en algunos subrayados del texto del Papa; sobre todo, en aquellos números que se dirigen expresamente a los agentes de pastoral. Hay que resaltar que el Papa lee la vida de los agentes de pastoral con tal  realismo, que nos permite visionarnos a nosotros mismos. “Las tentaciones” son un grito de advertencia.  Y, al mismo tiempo, son un grito de recuperación entusiasta, como “desafíos para crecer”. Todos estamos afectados por el contexto cultural en el que vivimos; por eso,  él advierte del peligro de “ingenuidad” y propone caminar en “un sano realismo”. De la mano de esos números (EG 76-109) de la Exhortación nos acercamos a algunos estilos o actitudes que afectan a los agentes de pastoral:

  • El querer “ser como todos”, hace que la misión se convierta en un añadido de la vida, en una tarea (EG 78), que puede traer desaliento y hasta vergüenza de ser cristiano (EG 79).
  • “El individualismo exacerbado” que nos desvía de buscar los intereses de Dios y los de los hermanos, y nos lleva a buscar los propios. Así, el servicio del Evangelio se vuelve gravoso, pesado, forzado y se tiende a buscar los mínimos en esfuerzo y tiempo (EG 78).
  • “El síndrome del funcionario”, que lleva aferrarse a seguridades económicas o espacios de poder o gloria humana (específico de los sacerdotes pero que se puede extender a todos) (EG 40).
  • “El infeliz cansancio”, producto de planes vanidosos, de impaciencias y de ansiedad; hundidos ante la crítica y el fracaso e incapaces de acoger la contradicción y la cruz (EG 82).
  • “Una vida gris”. Cuando la fe se va desgastando o degenerando aparecen los desilusionados con la realidad, con la Iglesia, consigo mismo y nos vuelve mezquinos (EG 83).

. “La mundanidad espiritual”. Ésta puede tener apariencia de formas de vida cristianas (EG 93) pero que debajo hay desinterés por Jesús y por los demás. En dicha mundanidad espiritual hay un denominador común: “dominar el espacio de la Iglesia” (EG 95), que se manifiesta en:

  • El cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina o del prestigio de la Iglesia, pero no les preocupa la inserción del Evangelio ni las necesidades de la historia (EG 94 Y 95).
  • Otros se sienten “fascinados por mostrar conquistas sociales y políticas”, “ser grandes gestores de asuntos prácticos” o gran fascinación por técnicas de autoayuda (EG 95).
  • El llevar “una vida social densa”, “llena de salidas”, “de reuniones”, “de cenas”, “de recepciones”. O ser una especie de funcionarios, buenos gestores empresariales en planificación, “donde el principal beneficiario no es el pueblo de Dios, sino la Iglesia como organización” (EG 95).
  • El “dominar el espacio de la Iglesia” que lleva consigo la guerra entre nosotros por la búsqueda del poder, el prestigio, el placer o la seguridad económica (EG 98); pertenecer a tal o cual grupo que se siente especial. Así resulta ser caldo de cultivo del odio, divisiones, calumnias, difamaciones, celos, caza de brujas…; todo esto se convierte en antimisionero y tapa la fuerza evangelizadora del amor fraterno.

Pero  estas tentaciones se pueden convertir en posibilidades, en gritos de renovación y “desafíos para crecer”. Ponemos ante nuestros ojos algunos:

  • El hermoso puñado de hermanos que  “ofrecen su vida y su tiempo con alegría” (EG 76).
  • Una espiritualidad, que en lugar de separar vida y fe,  llama a recuperar el encuentro y el compromiso (EG 82).
  • Tomar el aire  puro del Espíritu y, desde él, vivir  “el entusiasmo misionero” rompiendo toda apatía y desaliento (EG 97).
  • Encontrar en las dificultades aliciente, no excusa, para la entrega y el fervor misionero (EG 84).
  • Ante una realidad poblada de desiertos, ser guía y cántaro en las dificultades del camino (EG 86).
  • De perder el contacto con la realidad sufrida por el pueblo, tener el corazón lleno de nombres y de rostros del pueblo (EG 97).
  • Ante los enfrentamientos y divisiones  abrir cauces de fraternidad y poner en el centro a los pobres, que vuelven al Evangelio “atractivo y resplandeciente” (EG 99).

4.- ¡Cómo poner en pie nuevos agentes de pastoral para una nueva etapa misionera! 

Sirven los planes pastorales, pero nunca han de considerarse recetas. Sirven los agentes eficientes, pero no se necesitan funcionarios benevolentes, ni eficaces, ni gestores, ni espléndidos planificadores. Lo más importante es descubrir y  acoger la voluntad de Dios y, desde ella, recrear las actitudes y los estilos de vida para hacer que nuestros pasos sean semejantes a los del Señor. Él ha de ser  el centro de la mirada para avanzar en las sendas de la Evangelización. Es la hora de “descentrarnos”  para hacer del Señor el punto de salida. Él es el centro de la vida y del camino de toda la Iglesia y de los agentes de pastoral. Sirven las estructuras, sólo como medios. Si la Iglesia Diocesana tuviera las mejores estructuras eclesiales y tuviera asegurada la “preservación” de la “Iglesia como organización”, pero hubiera olvidado  a los pobres, al pueblo y a la historia, “de nada me sirve” (cf 1Cor 13).

Nos detenemos en cuatro consideraciones que ayuden a repensar el estilo del agente de pastoral. No vamos a descender a detalles, nos  referiremos, más bien, a estilos de vida, a formas de estar en la Iglesia y en el mundo para servir el evangelio.

4.1.- Vivir en la alegría y en la esperanza del Resucitado

La pregunta es lacerante: “¿Le falta a la Iglesia alegría y esperanza?”… – La Iglesia Pascual de la primera hora es la misma Iglesia que la actual, y en ella debemos reconocernos. Hay dos cosas que nos pueden robar la alegría y la esperanza: el miedo a entregar la vida y el miedo al mundo. Tanto una como la otra puede desgarrar, hasta tal punto, el alma, que nos hace olvidar al  Señor, aniquilar la alegría del Resucitado; y nos vemos sin salida.

Tenemos necesidad de que el Señor nos vuelva a regalar y “compartir  su alegría” (Jn 15,11), consentir que se ponga en medio de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades; dejar que con sola su presencia pasemos del espanto, del escándalo a la alegría: “Y les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).

Todos, como agentes de pastoral,  debemos atender si llevamos alegría y dejamos alegría a nuestro paso. La alegría del discípulo misionero es más que un sentimiento, es más que un modo de estar, de entender y vivir la vida, incluso los fracasos, los tramos difíciles, los momentos cargados de dureza y marcados por la fragilidad. La alegría es la experiencia de que el Resucitado vive y camina delante de nosotros y en Él está la luz de los pueblos y el sentido-misterio de la historia. Sin alegría es difícil creer, amar, trabajar, servir a los hermanos.

En los textos de la primera hora se advierte a los filipenses: “estad alegres en el Señor” (Flp 4,4). “Os lo repito”, es tanto como decir, no echéis a perder este tesoro. Y Juan, después de años pasados,  todavía impregnado de la locura de la Pascua, recuerda: “Se llenaron de la alegría al ver al Señor” (Jn 20,20). Son toques de despertador, llamadas de alerta a que nos preguntemos qué hemos hecho de la alegría que el Señor contagia.

El eunuco bautizado por Felipe “siguió su camino lleno de alegría” (Hch 8,39). Éste puede ser un breve texto evocador e iluminador de esta hora: A veces da la impresión que todo en la Iglesia está poblado de una realidad triste y ennegrecida de tanto acentuar el aspecto negativo. Y, lo más grave, es que esto produzca en nosotros una mirada oscurecida. Con los ojos “retenidos” por los puntos negros, como los ojos de los caminantes hacia Emaús (cf Lc 24,16), corremos el peligro de caer en la ceguera y  nos sentimos menos expertos en descubrir al Resucitado y sus signos de vida. Somos más tristes porque somos más ciegos. Ver desde el Resucitado es un ejercicio urgente para nuestros días.

Es posible que hayamos acentuado, en la misión profética,  los signos de muerte, que ciertamente pueblan la sociedad y también la Iglesia. Tan fuerte ha sido el énfasis puesto en las señales de muerte, que parece que nos han seducido (Jn 20,3-10). Los signos de vida reclaman más fe. Sería  interesante poner nombres a dimensiones de nuestra realidad como ”tumba”, ”sudario”, “piedra”, “vendas” “sepulcro vacío”…

En los Hechos de los Apóstoles se insiste en el carácter alegre y gozoso de la comunidad primitiva, “se reunían…, partían el pan… y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón” (Hch 2, 46-47). La alegría es un regalo del Señor Resucitado, de su Espíritu y un distintivo de la fraternidad. Esto no quiere decir que en los escritos del Nuevo Testamento se cierren los ojos ante el sufrimiento y los duros trabajos del Evangelio. Cuando nos asomamos al libro de los Hechos, hay un contraste permanente entre padecimientos y alegría; y llama la atención que ambos andan juntos: “Los apóstoles salieron del Consejo contentos de haber merecido aquel ultraje por causa  de Jesús” (Hch 5,41).

Importa a los agentes de pastoral acoger y vivir la fuerza de la resurrección. El resucitado es la fuente de tanta alegría. En el servicio al Evangelio hemos de dejar a Dios la última palabra, solo Él la tiene. Y no tener miedo a lo que está muriendo y dedicar menos tiempo al análisis  y más a descubrir caminos nuevos de vida.

        4.2.- Abrazar lo pequeño como una gracia 

Si la salvación hubiera de ser tarea exclusivamente nuestra, tendríamos que ser grandes, ricos, fuertes, sabios…si la salvación es cosa de Dios entonces entorpeceremos menos  su fuerza si somos pequeños y débiles (1Cor 1, 17-31):

“Pues no me envío  Cristo a bautizar sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios… ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto…? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría de este mundo?… quiso Dios valerse de la necedad para salvar a los que creen.

Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Y si no, fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que lo necio del mundo lo ha escogido Dios…, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios…”.

Dios nunca parte de algo grandioso, sino de lo pequeño. Esa es la manera de Dios y el agente de pastoral ha de caminar a la manera de Dios. Siempre estamos llamados a atender los modos de Dios: “Si el Señor os eligió no fue por ser vosotros un pueblo más números que los demás, porque sois el pueblo más pequeño, sino por puro amor vuestro” (Dt 7,7-8). La misma Salvación que nos trajo el Hijo, que para algunos es necedad (1 Cor 1, 22), nos llegó, sin vistosidad, en la rica desnudez y en las heridas gloriosas del Crucificado.

La sociedad nos impulsa a triunfar y grita con voz potente los  nombres de los que suben, de los triunfadores, de los fuertes; y nosotros sentimos ganas de correr tras ellos y negamos lo que suene a debilidad, pequeñez, a escondido. Algunos pretenden reconocer la vitalidad de la Iglesia en la presencia destacada en la escena política y económica y en la potente presencia en los medios de comunicación; pero, si juzgamos nuestra vitalidad cristiana con criterios evangélicos, se levantan muchísimas reservas.

¿Por dónde nos lleva el Señor en esta hora?…

  • “El Reino de Dios se parece a la levadura” (Mt 13,33). Dios se reserva el derecho a actuar más allá de nuestras apariencias de triunfo y brillo. La parábola de la semilla de mostaza (Mt 4,26-32) pone al revés todas las cosas si pensamos en clave de grandeza: a Dios, su reino y la misión.
  • Una condición ineludible del agente de pastoral es la pequeñez junto al Señor, es dejarse hacer. Ser de su corro: “Y llamó a un niño y lo puso en medio” (Mc 9,33-37), venían discutiendo cuál era el más grande, el más eficiente, el mejor. “Dejarse hacer”, ser pequeño rompe la dinámica de la suficiencia y las pretensiones de dominio.
  • Lo pequeño y los pequeños son la niña de los ojos de Dios. Dios es así y porque es así, nos asombramos. Lo pequeño, abrazado y querido, es otra línea conductiva de la vida y obra de Dios en Jesús (“Y dijo a sus discípulos: “Por eso os digo: no os inquietéis por la vida… No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros el reino”. (Lc 12,22-31). Jesús hace saltar los cerrojos de los méritos. Y es que todo esto “al Padre le ha parecido bien”.

El agente de pastoral tiene que contar con lo pequeño, con lo escondido, con el despojo, con el exilio como parte de su ser, porque  esa es el modo que tiene Dios para despegarnos del apego a forzar la salvación con medios poderosos, que ocultan la gracia. Desde lo pequeño, desde lo oculto, desde lo escondido, la Iglesia irradia de nuevo la luz del Evangelio. Nunca la Iglesia ha de poner su esperanza en los privilegios otorgados y ha de renunciar a aquellos derechos legítimos que pongan en tela de juicio su misión y la sinceridad de su testimonio. Así lo dice el Papa Francisco. Y para que no se sientan los agentes de pastoral llenos de temor a caminar en la pequeñez, por lo tanto, a la intemperie, el Señor nos regala su mismo ser, su Espíritu para continuar su obra (Lc 24,49).

4.3.- La mística de estar y caminar juntos: (equipos o fraternidades apostólicas)

Desde hace años se viene proponiendo, como respuesta a la crisis del cristianismo, el retorno a lo esencia del Evangelio. Además se siente vivamente la necesidad de que  la Iglesia  ofrezca comunitariamente “un nuevo testimonio misionero de nuestra fe”. Sin menospreciar valiosos testigos individuales, tenemos que reconocer la falta de comunidades-testimonio. Es posible que por eso, sigan atrayendo, en esta hora, los sumarios de Hechos  que han quedado como referentes de  la comunidad cristiana y como supremo analogado del testimonio cristiano comunitario. D. José Delicado, arzobispo de Valladolid, en 1980 hablaba de la necesidad de proponer el espíritu de la fraternidad apostólica como respuesta “enriquecedora” y “misionera” y como “objetivo de vida” que había que perseguir.

Aunque los pasos no han sido fáciles ni el trecho imaginado por el Concilio se ha logrado, hay muchas razones para gozarnos de la aventura de la Iglesia del Vaticano II. Una de ellas es que hubo presbíteros que se pusieron a caminar del brazo con los hermanos en la fe. En algunos espacios eclesiales se habló de: equipos misioneros, equipos apostólicos, comunidades misioneras, fraternidades apostólicas como una posibilidad de vivir con nuevo espíritu la misión en el mundo de hoy, siempre que ellos fueran lugar donde se reconociera y se viviera al Señor y se escuchara su envío a salir “de dos en dos”, hoy y mañana. Y es que cualquier carisma asilado de los demás (ser discípulo  por libre), no puede actualizar toda la misión de Jesús. La misión necesariamente es eclesial y se concreta en equipos, comunidades o fraternidades apostólicas.

¿Cómo poner en pie los nuevos agentes para emprender una etapa nueva en la Iglesia y acompañar una etapa nueva de la historia?  Hay que realzar las dos palabras “fraternidad” y “apostólica” de la mano de la reflexión de Marcelino Legido sobre este tema.

El ser apóstol se interpretaba como cosa de unos pocos, como el camino propio de los perfectos. Y, sin embargo, es el camino para los que se dejan querer y pueden atreverse a semejante audacia. En los orígenes de la Iglesia los hermanos se veían pequeños, eran pobres, pero, desde el encuentro con el Señor resucitado, se dejaron de mirar a sí mismo y su miedo se convirtió en audacia, su cansancio en aliento, su desesperanza en esperanza y el fracaso en comienzo de victoria.

Vamos a rastrear una señal en Pablo y otra en Mateo:

a) En Pablo, la fraternidad apostólica aparece como el grupo de hermanos (Rom 16: Priscila y Aquila, Epéneto, María, Andrómico y Junías, Ampliato, Urbano… “colaboradores míos”) que se acercan al Señor, que maduran antes como primicias y que el Señor ha puesto y entregado al servicio de todos para realizar su obra (1 Tes 5,12: Gal 6,6; 1Cor 16,15; Flp 2,29-30).

-b) En Mateo (Mt 10) se ve como un grupo de criados y servidores, solo eso. Siervos del Siervo porque, a través de sus manos, el Señor se va dando. Él es el Don que se da en los dones. Son los hermanos que expresan el Amor del Señor en muchos gestos de amor: servidores del Evangelio, maestros, servidores de los pobres, profetas, militantes… Los que acogen a los olvidados, los que curan y ponen la mesa…Todos son apóstoles y entre todos irradian el último y único Don, que es el Señor.

Por eso, la fraternidad no es otra cosa que transparencia humilde del Señor; es luz para diluirse y transfigurar las sombras en luz; es un poco de levadura para diluirse en la masa hasta que todo fermente. Es, no la piedra angular, sino piedras escondidas que están debajo posibilitando el edificio entero. No son un grupo de perfectos, sólo son anticipo de una comunidad-iglesia más grande: ellos acogen al Señor en su palabra y en la mesa para que la comunidad entera acoja al Señor. Ellos entrelazan sus vidas animando así la comunión de vida en la comunidad entera. Ellos se entregan a acoger a los pobres (1Cor 1,26-31) para que la comunidad entera sea diaconal. Y ellos, la fraternidad, es misionera para que la comunidad entera sea misionera (1Cor 9,16-18; Rom 10,14-15,17). Y, finalmente, frente a la idolatría y la opresión, proclaman el señorío del Reino en el mundo “mediante las armas de la justicia” (2Cor 6,6-7), ayudan a que la comunidad entera sea servidora del Reino contra los poderosos de este mundo, contando para todo ello con un itinerario martirial (Jn 16,2). Hasta aquí  Marcelino Legido.

En nuestras comunidades, algunas muy envejecidas, ha de surgir un grupo de hermanos entregados hasta dar la vida, que llamamos equipos apostólicos, que son sólo fermento, que nunca han de vivir las obras propias sino en la Iglesia local. Es el fuego prendido en medio de la Iglesia local.

En estos momentos, debemos dejar bien claro que la Iglesia no está enviada a llenar los agujeros “insatisfechos” que deja la sociedad de consumo; ese no es su encargo. Necesitamos una audacia histórica increíble, que recree la Iglesia del Señor con atrevimiento evangélico, buscando cómo poner al Señor en el centro de la Iglesia y de la historia, porque suya es la Palabra y el Pan, suyo el cayado, suyos son los hermanos y suyo es el sendero. El itinerario único de los equipos apostólicos es el Señor; sólo en el rostro del Señor la fraternidad descubre su propio rostro.

Proponemos dos enclaves como “imágenes” de lo que es la fraternidad:

  • La orilla del río Jordán (Jn 1,19-28). Muestra la fraternidad como pregunta continua:“Dinos ¿quién eres?, no nos tengas en vilo”.
  • La otra nos sitúa en la orilla del lago Tiberíades. Es la experiencia desde el amor: “¡Es el Señor!“.Y se les abrió el corazón “al reconocerlo resucitado y ninguno se atrevió a preguntarle: “¿Quién eres?” (Jn 21, 1-14).

4.4.-  Dos “espacios motivadores y sanadores” (EG 77) para los agentes de pastoral

Como el final de la fiesta de los pueblos, cuando se apagan y callan la música, los fuegos artificiales, las luces,  los aplausos y el bullicio… Algo  así nos ha pasado a los agentes de pastoral: ahora ya no hay ni gentío, ni aplausos, ni reconocimientos, ni reverencias…; y eso fácilmente nos empuja por la pendiente de la nostalgia y esa nostalgia produce sufrimiento.

Experimentamos  que la incredulidad, la indiferencia escondida de la fe  ahora ha aflorado. Y corren entre nosotros, sin meter ruido: la escasa interioridad, el pacto con la mediocridad, el debilitamiento y enfriamiento de la fe…Además la seducción de la idolatría, del dinero, del erotismo ha llevado a muchos de nuestros hermanos al desinterés por el evangelio; ha llevado al abandono de la comunidad y del compromiso en el mundo… Y la seducción es tan profunda que resulta más peligrosa que la persecución.

Y nos vemos cansados y sin aliento, agotados, necesitados  de recuperar fuerzas y curar heridas, porque no queremos caer en el derrumbamiento. Y es que somos de barro, somos frágiles, muy frágiles.

Desde ahí nos  referimos a  dos espacios (podían ser otros más) que pueden ser “motivadores y sanadores” y que necesitamos:

4.4.1.         El arciprestazgo como “espacio motivador y sanador” 

Para mantener vivos y operantes la llamada  y el envío es necesario que el arciprestazgo (con participación de laicos, religiosos/as y presbíteros) juegue el papel de principal espacio de apoyo a los agentes de pastoral; sea un espacio  donde la fe de mis hermanos  confirman mi propia fe; y juntos cuidamos la vocación, el seguimiento (santidad), la experiencia de Dios, el discernimiento, la reflexión y el diálogo para la inserción en los enclaves de la historia.

El acento lo debemos poner, al hablar de arciprestazgo, en un tiempo, un espacio, unos hermanos… no tanto en ver al arciprestazgo como una institución jurídica.

En la Iglesia en Castilla se ha realzado  el arciprestazgo (o zona pastoral) como ámbito destacado de comunión eclesial, desde donde se actúa y realiza la misión que compete a la Iglesia Diocesana. Y se ha trabajado para que sea lugar donde se cultive la espiritualidad misionera, el estudio, la reflexión; donde se potencie el discernimiento pastoral y afloren los planteamientos y se fomente la fraternidad y la ayuda mutua. Se dice que es “hogar”, “escuela” y “taller”, a lo que se puede añadir “pórtico”. Nos detenemos en las palabras “hogar” y “taller”.

  1. Hogar: Nuestra actividad resulta agotadora, en muchas ocasiones, y casi siempre actuamos como profesionales. Al tomar prestada la palabra “hogar” se invita a pensar en un lugar de encuentro: para el silencio, para estar cara a cara con Dios del que brota la “soledad sonora”, para la plegaria compartida, para escuchar palabras que necesito oír y hacer de ese encuentro lugar de resistencia a los ídolos y no ser sus conversos.
  2. Taller: La otra palabra, es “taller”. El envío es cosa del Señor, pero ese envío (anunciar, reunir, hacer familia, fraternidad, servir a los pobres, abrir caminos al reino…) es tan difícil, tan complejo en nuestro tiempo, que no se puede dejar a la improvisación o a la buena voluntad. La misión hay que orarla, pensarla, dialogarla, seccionarla, agruparla, “tallarla”. El arciprestazgo nos sobreviene como lugar del discernimiento apostólico. ¿Cómo está Dios y cómo discurre el sueño de Dios  en esta tierra? Esto no admite respuestas improvisadas.

Se necesita un espacio para orar y tallar las mediaciones del amor hecho servicio, para mirar qué estamos haciendo y qué debemos hacer. Necesitamos oír lo que el Espíritu dice a las Iglesia. Necesitamos sacudirnos el polvo de las ideas fijas, de tópicos. Necesitamos hablar sin miedo y escuchar sin agresividad. Esto puede ser más o menos difícil, pero es importantísimo de cara a la misión para recomponer y curas las heridas del camino.

4.2    Los monasterios,  como “espacios motivadores y sanadores”

“Y se retiró a la montaña”, lo señala Lucas en varias ocasiones, para clarificar y ahondar su mirada, para conocer sus pasos desde el latido amoroso del Padre y sentirse en su manos. Así era Jesús.

Lo que antes fue considerado como una huida, hoy aparece como un grito unánime: “Necesito  la experiencia silenciosa de Dios”. Busco que “el Señor vuelva a tocar mi vida”. Y es que la misión sin interioridad desgasta y hasta asfixia. Ahora estamos descubriendo que ser ante sus ojos, gastar  el tiempo para estar y vivir en Él, es un paso imprescindible para la misión.

Es necesario conocer la vereda, encontrar el camino asequible y sencillo para poder amanecer en sus manos, poner al Señor en el centro, para hacer del encuentro el punto de arranque de la vida de cada día. Saborear vivir y caminar en su presencia. Y el monasterio es lugar rico para la contemplación, para reiniciar el camino, puede ser lugar de ida y vuelta, morada para el camino del agente de pastoral.

Además, el monasterio puede ser lugar idóneo  para que resuenen los gritos y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestra tierra… Contemplar cómo ama Dios al hombre y a la tierra, descubrir sus pasos, para no caer en la trampa de mirar a este mundo como tierra hostil, a esta sociedad como el rival al que doblegar, al hombre moderno y postmoderno como el enemigo a combatir. Y así llevar en el corazón este mundo que Dios ama; el mundo que Dios no lo quiere para la perdición (Jn 3,16-18).

Los monasterios son lugares, espacios “motivadores y de sanación”. Lo mismo podemos decir de otros, en los que se cuida a los últimos, a los excluidos, a los más pobres… Son lugares para una fe necesitada de más contemplación, de mística, porque Él y solo Él nos acoge y sostiene y nos envía en su mismo amor. Son lugares sosegados, de paz y alegres de “su presencia”, y morada para caminar enraizados en Aquel que alimenta la vida y la misión. No podemos  dejar fuera del camino diocesano esta realidad que enriquece la vida de los agentes de pastoral y a  nuestras Iglesias Locales.

Que el Espíritu Santo, la Madre de los Apóstoles y de los evangelizadores, y los santos, nuestros protectores y hermanos mayores, nos acompañen en el anuncio de la Buena Nueva en esta Iglesia y en esta tierra y en este pueblo, a los que tanto amamos.

 

Ciudad Rodrigo, a 29 de Junio de 2015,

Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

AÑO PASTORAL 2015-2016

 Líneas de acción, sugerencias y materiales

El Señor, y la realidad de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia Diocesana, nos invitan a movernos, a pisar la calle; reclaman de nosotros ser presencia testimonial  en la vida cotidiana. En palabras del Papa Francisco se nos convoca a ser  “Iglesia en salida”.

Ser “Iglesia en salida” requiere, en primer lugar, que abandonemos cierta instalación, comodidad, vida fácil, y asumir  y afrontar, aunque nos cueste, que estamos aquí, en medio de nuestro pueblo, laicos, religiosas y presbíteros, para dejarnos moldear por el Evangelio. Ser “Iglesia en salida” requiere, también saber que hemos sido y somos enviados, y que el ANUNCIO no es un cúmulo de tareas sino  una verdadera misión. La misión del Señor es ahora la nuestra. Sin su misión no somos la Iglesia del Señor, no hay Iglesia, no somos su Iglesia.

Es posible que necesitemos superar “una pastoral de tareas” y adentrarnos en la misión que el Señor ha puesto en nuestras manos. Y, también, superar la falta de creatividad. La creatividad, no es propiedad de los genios, sino  fruto de un discernimiento en la vida cotidiana y  fruto de una búsqueda evangélica y conjunta de los equipos diocesanos (consejos, delegaciones, secretariados, vicarías), equipos arciprestales y de la comunidad parroquial. Este esfuerzo de superación nos puede sacar de la rutina y del trabajo en solitario. Juntos debemos aprender a mirar, escuchar, leer la vida y los acontecimientos, los signos de los tiempos, y sentir que el Señor nos  envía en este momento de la historia a  ANUNCIAR su Evangelio y a ser ANUNCIO, evangelio vivido. ¡No nos apropiemos de la “misión”, dejemos que sea la misión de Jesús!

Nuestro camino no empieza de cero. Es un camino que viene de más atrás que nosotros y va más allá de nosotros. Queremos con ello expresar que este camino no es nuestro. Por eso, hemos de buscar juntos qué caminos quiere y nos indica el Señor. Pongamos atención porque este tramo del camino ciertamente es del Señor, pero Él lo ha puesto en nuestras manos. Desde el Señor todo es posible. ¡¡Atrevámonos a caminar!!

Hay que vivir con mayor conciencia y gozo la misión y, para fomentar esta llamada y este envío, dar pasos efectivos promoviendo procesos personales y comunitarios, que nos ayuden a re-centrarnos en el Señor y en su Evangelio de “modo nuevo”.

                     Objetivo pastoral general:

“Arraigados en el Señor, ser cauce humilde para dejar al Espíritu Santo que infunda la fuerza renovadora  del Evangelio en el interior de nuestra Iglesia Diocesana y en esta tierra”

     1.- Dos objetivos operativos:

Durante este año pastoral, 2015-2016, queremos caminar  con estas dos claves:

– La primera, que cada discípulo pueda gustar “el vino sabroso” del Evangelio.

La segunda, que “los equipos apostólicos”, de discípulos misioneros, transmitan o propongan a los hermanos/as  de nuestras comunidades y pueblos el ANUNCIO que inicie o reinicie en la fe, la configure y  la fortalezca. Y a lo quienes se han ido de nuestras comunidades, o nunca estuvieron, acercarnos y abrir espacios, ser “puerta de entrada”; ir a ellos y caminar con ellos para abrir puertas a la fe y a la comunidad.

2.- Podemos expresar  estos dos objetivos en dos enunciados:

  • Acoger el Amor del Señor que se nos da en su Palabra.
  • Salir a anunciar al Señor y su Evangelio en nuestra tierra.

PRIMER OBJETIVO OPERATIVO: ACOGER EL AMOR DEL SEÑOR QUE SE NOS DA EN SU PALABRA. 

I.-  Dos encuentros diocesanos 

I.1 Líneas  de acción:

Estos dos encuentros buscan ayudar a comprender el misterio de la Iglesia Diocesana y visibilizar  el camino que va haciendo, su sinodalidad. Queremos que los cristianos de distintos arciprestazgos y zonas se encuentren y que no se pierda el espíritu de la Asamblea Diocesana.

Queremos percibir  cómo se va articulando nuestra Iglesia  Diocesana y qué realidades la conforman.

Desde la llamada a la conversión pastoral del Papa Francisco y desde las PAD, como puntos de partida, deseamos consolidar el camino de esperanza que hemos iniciado y que ha de ser de todos y ha de alcanzar a todos los discípulos de esta Iglesia. Sería irresponsable no abrirnos  al horizonte de la misión  de Pentecostés y saborear la vida que el Señor nos va, en su Espíritu Santo, regalando y que es  relato y fuerza  para un nuevo futuro.

      I.2 Encuentro  en septiembre: inauguración del año pastoral

Dos acciones, también:

Conferencia de un Profesor/a de UPSA: “El Anuncio en la primera hora y el Anuncio al que estamos llamados en esta hora”.

Celebración de la Eucaristía en la catedral, y “envío” a una representación de todos los agentes de pastoral.

I.3  Encuentro Vigilia de Pentecostés

         Encuentro de oración, con breve charla que sea un relato de lo que está llamada a ser y vivir toda la Iglesia Diocesana. Compartir sensibilidades y puntos de vista.

Celebración de la Eucaristía, en la catedral, y  compartir dones

en el Seminario.

II.- Encuentro mensual  de arciprestazgo 

  1. 1 Líneas de acción para la mañana…

Para  hacer, de la mañana,…

– un tiempo de escucha,

– de silencio orante,

– y de oración compartida.

Se trata de ofrecer, desde el arciprestazgo y al arciprestazgo, unos momentos al mes, para cuidar la relación con el Señor, haciendo  de nuestra existencia  un ámbito de “escucha” para adentrarnos en la “lógica” de Jesucristo y de su Evangelio:

  • Hacer de la mañana de los encuentros arciprestales un espacio de vida creyente.
  • Es preciso fijar quiénes hacen la convocatoria además del arcipreste, a quiénes se convoca sin olvidar el relevo generacional (consejos, catequistas, profesores y personas comprometidas en la vida de la parroquia, Delegaciones…), cómo se convoca ( utilizar distintas modalidades que son compatibles: personalmente y en el tablón de anuncios parroquial y en los avisos del domingo…) y cuándo; para que los participantes  puedan conocer con antelación los días de encuentro arciprestal y organizar sus calendarios.
  • Es importante tener “una sede”, un lugar adecuado donde se posibilite el silencio; disponer de una capilla o iglesia; poder compartir una comida sencilla; y, con la ayuda de todos, ir haciendo realidad la acogida sincera, la calidez gozosa y la experiencia fraterna.
  • Facilitar la oración personal y silenciosa, desde la Palabra, que nos ayude a adentrarnos en el Evangelio. Cuidar que en las palabras del que dirige la charla o meditación resuene el Evangelio del Señor y se centre en él, evitando otro tipo de charlas o reflexiones.
  • Valorar y potenciar la oración compartida, que enriquece y alienta a vivir en el Señor y de su Palabra.
  1. 2 Materiales y sugerencias para la mañana en los encuentros arciprestales:
  • Una dinámica…

Oración con los salmos: sin prisas, valorar el encontrarnos,

crear ambiente, humano y físico, que facilite la oración, el

silencio, la paz, y la escucha…

Charla o meditación ( organiza y distribuye el arcipreste).

Oración  en silencio (se requeriría una hoja con el texto del Evangelio y en ella unas sugerencias para la oración); otra posibilidad es la “oración acompañada”. Este servicio podía hacerlo la misma persona que presenta la meditación o el arcipreste.

Oración compartida: el silencio orante, después, se hace oración compartida.

  • La meditación o charla para cada mes:

Porque queremos  situarnos en el ámbito del Año de la Misericordia, convocado por el Papa Francisco, vamos utilizar  el texto de J.A. Pagola, El camino abierto por Jesús, (Lucas 3), PPC, Madrid 2012.

  • En el encuentro arciprestal de cuaresma se utilizará la “Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia” del Papa Francisco: “Misericordiae Vultus”, como materia de oración-meditación.

II.3 Líneas de acción para la tarde:

Debemos seguir haciendo de la tarde un “medio” o “instrumento” de crecimiento. El formato que le demos ha de ser asequible y sencillo y estar al alcance de todos, para que sirva a todos. Que nadie quede descolgado por lo complicado de los temas o de la reflexión o del diálogo que se propone. Nos vamos a apoyar en tres materiales que son importantes, valiosos y que nos afectan directamente:

  1. a) Estudio socio-religioso de nuestra diócesis, dirigido por Javier Alonso Torrens y la colaboración de 60 personas de la diócesis.
  2. b) Textos que nos ofrecen el profesor Santiago Guijarro, de la UPSA, y Víctor Manuel Fernández, Rector de la Universidad Católica y Arzobispo de Buenos Aires…
  3. c) Las Propuestas de la Asamblea Diocesana (PAD). Nos centramos en la “Dimensión de Anuncio”.

Teniendo todo esto en cuenta, la tarde tendrá tres momentos:

  • MIRAR: Ayudados por el estudio socio-religioso: reconocer dónde estamos y qué nos pasa; aportar también nuestros matices y miradas; y aportar nuestra palabra, que lleva y coloca, sin duda alguna, los latidos de la vida  de cada día de nuestro pueblo.
  • ILUMINAR: Hacer más “comprensible” nuestra fe con temas breves para: conocer más, acoger más, y amar más. Y así crecer. Y, siendo testigos, saber dar razón delo que creemos: Conocer para anunciar.
  • CAMINAR: Incorporar las PAD, buscando y ofreciendo juntos pasos concretos, factibles. Que veamos juntos los pasos a dar y nos comprometamos a mejorar o inaugurar caminos de evangelización hacia dentro de nuestras comunidades y hacia fuera. No olvidar que lo más importante no es analizar, una y otra vez. El volver siempre sobre lo mismo, nos hace caer en las mismas expresiones y en los mismos tópicos. Hay que salir y abrir caminos, acciones que alimenten y abran cauces de vida evangélica a: los adultos, la familia, los adolescentes- jóvenes y a los niños.

III.- Retiro arciprestal en los tiempos litúrgicos significativos (dos encuentros).

  1. Lugar: monasterios de vida contemplativa (Agustinas de San Felices, Franciscanas de Zarzoso, Carmelitas, Claras), casa de religiosas, seminario, residencia de Casillas…
  2. Tiempo: Adviento-Cuaresma / Navidad – Pascua.
  3. Basarse en los textos litúrgicos. Y atender, en este curso, la invitación del Papa a “la Misericordia”.
  4. Abierto a todos, especialmente a catequistas, profesores, miembros de juntas y consejos, equipos de liturgia, grupos parroquiales de adultos, grupos de oración…

SEGUNDO OBJETIVO OPERATIVO: SALIR Y ANUNCIAR EL EVANGELIO DEL SEÑOR EN NUESTRA TIERRA.

 IV.- Proponer y servir el Evangelio.

  1. 1 Líneas de acción en La Parroquia.
  • Procedimiento:

Es importante impregnarnos, desde el comienzo del año pastoral, de una actitud de conversión de “salida” y ser “evangelizadores con Espíritu”. Tenemos que convencernos de que es necesaria y urgente “la conversión pastoral” y, aunque nos resulte molesto y hasta no nos guste y sintamos en nosotros mismos el peso de las resistencias, hemos de empezar a abrir paso a la “pastoral misionera” porque sin ésta la propuesta programática del Papa para la Iglesia nunca verá la luz y las Propuestas de la Asamblea Diocesana quedarán en el papel, serán sólo palabras en un papel. ¡¡Y  lo vamos a hacer…“aunque nos accidentemos”!!.

Necesitamos  fortalecer la vida de nuestras comunidades, sin engaños, ni abandonos. Es hora de que las comunidades parroquiales, aunque sean pequeñas,  han de sentirse, dentro de la Iglesia Diocesana, Pueblo de Dios más participativo y comprometido.

El Señor, en esta hora  de la historia  de nues

tro pueblo, nos está como retando a vivir de tal manera que nuestra  vida ya sea Misión. Es decir, que la vida nos lleve al Evangelio y que bebamos del Evangelio para vivirlo. Hemos de potenciar  aquellos pasos que sean germen de una Iglesia convertida al Señor y a su Evangelio; sólo así será germen y primicia  de futuro. ¡Es nuestra hora, no valen excusas!…

  • Vamos a implicarnos, ya desde el comienzo, presentando los objetivos del año pastoral y las líneas de acción en todas las parroquias (sobre todo en las más numerosas, sin olvidar alguna acción de presentación en las pequeñas). Dado que el arcipreste es el animador de la vida arciprestal y a él corresponde alentar la pastoral de conjunto,  a él corresponde, también, coordinar dicha presentación. La presentación en la comunidad parroquial la hacen, donde sea posible, un presbítero una religiosa y un laico. Tendremos que volver a preguntarnos, también ahora: quién,  con quiénes, cómo, dónde y cuándo.
  • Después de tres encuentros con los Delegados y Secretarios Diocesanos, hemos comprendido que no podemos separar la pastoral territorial y la pastoral sectorial y de ambientes. Deseamos, este año,  iniciar, con sencillez y con humildad, atendiendo al objetivo pastoral de cada año, un camino de apoyo y complementariedad entre los arciprestazgos y las delegaciones, que ayude a avanzar, impulsar  y a implicarnos más todos en una pastoral misionera. Vamos a atender, prioritariamente, cuatro realidades:
  1. Los cristianos adultos que permanecen fieles a la comunidad parroquial ante la situación de increencia globalizada nos urge a ofrecerles, no por moda sino por necesidad, acciones que fortalezcan su fe.
  2. La familia ha de abrirse a esta sociedad de otra manera y con otros mensajes, sin ir contra nadie, sí regalando el Evangelio; y reavivar dentro de ella la experiencia de ser “iglesia doméstica”.
  3. Los jóvenes, necesitados de una pastoral donde se aumente el trato personal y el diálogo así como el anuncio explícito y el testimonio. Estudio y revisión de los programas hechos hasta ahora para un nuevo diseño de servir el Evangelio a los jóvenes.
  4. Los niños y los/as catequistas. Embarcarnos, sin prejuicios y con humildad, en la búsqueda de modos concretos y formas sencillas donde vayamos dando cauce a una catequesis de iniciación que sea más “kerigmática y mistagógica”.
  1. 2.- Sugerencias y materiales…
  • Presentar en cada parroquia el objetivo  del Año Pastoral 2015-2016. Haciendo ver las necesidades y la respuesta que se quiere dar a la vida personal y comunitaria de la parroquia. Al mismo tiempo presentar las acciones que se van a realizar como arciprestazgo. Y anunciar los dos encuentros diocesanos.

IV.2.1.- Atención a los cristianos adultos: “Catequesis de la comunidad”, con el apoyo  y acompañamiento por parte de la Delegación de Catequesis y la Vicaría de Pastoral

Tomando conciencia de que debemos anunciar el Evangelio a un hombre distinto de hace unas décadas y de que está en juego el futuro de la fe cristiana y que  existe en nuestra Iglesia un retroceso de las creencias y  de las prácticas religiosas. Urge fortalecer la fe de los que permanecen  con fidelidad. Estamos llamados a entregarnos de lleno a “los duros trabajos del Evangelio” para acompañar a los hombres y mujeres de nuestro pueblo en la búsqueda del verdadero rostro del Dios de Jesucristo y llenar de esperanza la vida, con frecuencia llena de cosas y con el alma vacía. Sencillamente, queremos aprender juntos qué es seguir hoy a Jesús y cuál es la salvación última. Vincular evangelio y vida. Entre las mediaciones principales, sugerimos:

  1. Se ofrecerán ocho catequesis, preparadas por la Delegación de Catequesis y la Vicaría de Pastoral.
  2. Materiales: Hoy ha llegado la salvación”. Evangelio de Lucas, EVD, Madrid 2009. Colección “Palabra y Vida”.
  3. Responsable: el párroco.
  4. Colaboradores: los que hicieron el Curso de Animación Litúrgica y Pastoral.

Se trata de ofrecer para cada mes un sencillo guion que facilite caminos de  “orar con la Palabra” y ayude a la oración personal, o en familia, en casa y en la vida diaria. Este guion  se dará en la misma “Catequesis de la comunidad”.

IV.2.2.- Atención a los adolescentes y jóvenes, con el apoyo y acompañamiento presenciales de la Delegación de Adolescencia y Juventud y de la Delegación de Misiones.

         Las mediaciones principales serán:

  1. Estudio y revisión de los programas, que se han llevado a cabo hasta ahora, para redefinir itinerarios  evangelizadores con los jóvenes.
  2. Diseñar un “itinerario de maduración en la fe” para los grupos de post-confirmación, con unas catequesis misioneras, orientadas hacia el camino de Jesús.
  3. Reunión arciprestal de catequistas y sacerdotes de Confirmación.
  4. Encuentro de confirmados, por arciprestazgo.
  5. Crear y acompañar un equipo de responsables o

animadores de pastoral juvenil de cada arciprestazgo.

IV.2.3.- Atención a la iniciación cristiana, con el apoyo y acompañamiento presenciales de la Delegación de Catequesis.

         Las mediaciones principales serán:

  1. Mantener un encuentro trimestral con catequistas a

nivel arciprestal para:

– clarificar el ministerio específico de los catequistas;

– clarificar “¿qué es una catequesis kerigmática y

  mistagógica?”…

  1. b) Acompañar itinerarios catequéticos y equipos de catequistas a

nivel parroquial, donde se les solicite.

          IV.2.4.- Pastoral familiar, con el apoyo de la Delegación de Familia y Vicaría de Pastoral.

Las mediaciones principales serán:

  1. Una nueva etapa a iniciar desde la exhortación post-sinodal sobre la familia.
  2. Un equipo, lo más amplio posible, donde haya representación de todos los arciprestazgos.
  3. Repensar las programaciones hechas hasta ahora y diseñar  un nuevo itinerario de pastoral de la familia, priorizando acciones que lleven en su esencia Evangelio, señales  de misericordia y abran a la esperanza de un mundo fascinante y nunca condenado. Que la pastoral de la familia sea como respirar un aire fresco que invite a la vida y a la Vida, y sea Buena Noticia para los matrimonios y parejas.

         IV.2. 5.- Sin olvidar a los más pobres, con el apoyo y acompañamiento presenciales de la Delegación de Cáritas y Equipo de Cáritas parroquiales y arciprestales.

Ninguna programación pastoral será fecunda evangélicamente si se olvida de los pobres. Los pobres son el desafío de toda programación, porque los pobres son el espejo en el que tiene que mirarse la comunidad cristiana. De su relación con los pobres depende la calidad de su experiencia cristiana y la calidad de su anuncio del Evangelio.

Las mediaciones principales serán:

  1. Crear, potenciar y consolidar las Cáritas de parroquias y de arciprestazgo. Presencia en los arciprestazgos a lo largo del Año Pastoral.
  2. Descubrir las pobrezas en el ámbito del mundo
  3. Potenciar el apoyo a la mujer.
  4. Favorecer la acogida e integración de los inmigrantes.
  5. Abrir un nuevo espacio para la pastoral gitana.

Todo lo expresado anteriormente lo ponemos en el corazón de María, la Estrella de la Nueva Evangelización, y de nuestros hermanos mayores, los santos diocesanos para que el Espíritu Santo lo haga fecundo.

Ciudad Rodrigo, a 29 de Junio de 2015

Propuestas de la Asamblea Diocesana sobre la “DIMENSION DE ANUNCIO”

  1. La Iglesia de Ciudad Rodrigo abierta al viento del Espíritu del Señor:

1.1    Promover, en el ámbito de la parroquia y del arciprestazgo, planes pastorales que cuiden los procesos de iniciación y de continuidad en el proceso de crecimiento cristiano. Para ello, por un lado, hacer de nuestras comunidades eclesiales, comunidades vivas en las que se fomenten itinerarios de maduración de la fe. Por otro lado, facilitar, por parte de la Diócesis, itinerarios, de varios años y con seguimiento periódico, que favorezcan una espiritualidad misionera, con incidencia en los encuentros-retiros arciprestales de cada mes.

1.2    Fomentar y favorecer un mayor interés de nuestra Iglesia por los “signos de los tiempos”, como “llamadas de Dios” desde la vida misma. Para ello, es necesario realizar una lectura creyente de los mismos, por parte de las Delegaciones, y otros organismos diocesanos, atendiendo al sector o ambiente que le es propio, para que así nos ayuden a conocer y discernir las realidades más urgentes e intuir los pasos evangelizadores a seguir. Así mismo, los presbíteros deben estar más integrados en la sociedad y en el entorno en el que viven, al lado de la gente, de forma significativa y servicial.

1.3    Colocar a Jesús, y su Evangelio, en el centro de la vida de la Iglesia diocesana.

1.4    Promover cauces para el crecimiento en una espiritualidad bíblica, que ayude a enraizar nuestra vida en el Señor. Para ello, dejarnos moldear por la Palabra escuchada, orada, contemplada, acogida y vivida en el día a día.

1.5    Favorecer una opción clara en orden a una conversión de las instituciones, las estructuras y los organismos diocesanos para una mayor disponibilidad y de servicio al Evangelio, y así evitar actitudes negativas como la opacidad, la rivalidad, la competitividad o “el carrerismo”.

1.6    Crear, estudiar y planificar jornadas de espiritualidad para laicos, religiosas y presbíteros que cuiden la experiencia personal de fe, la oración como encuentro y contemplación, como compromiso y como envío.

1.7    Promover y facilitar los ejercicios espirituales y animar a participaren ellos tanto a los laicos como a los presbíteros y las religiosas.

1.8    No rehuir una espiritualidad de la cruz que comporte el rechazo, la aparente esterilidad o la sequía pastoral; y no perder la audacia, el atrevimiento y la valentía para proponer el Evangelio. Para ello, facilitar espacios y procesos de acompañamiento.

1.9    Potenciar, a nivel familiar y a través de encuentros comunitarios, que los adultos y los más mayores de la comunidad testimonien sus hijos y a sus nietos por qué y cómo son creyentes y por qué merece la pena ser cristiano hoy.

  1. Fomentar el espíritu misionero de las comunidades y de los grupos parroquiales.

2.1    Promover iniciativas que faciliten el implantar la catequesis de adultos, elaborando un plan diocesano, con unos materiales sencillos y asequibles, y enviando mensualmente desde la Diócesis una catequesis con las palabras y los gestos del Papa Francisco. Abrir espacios en la vida parroquial para una “evangelización más coloquial y cercana”, en pequeños grupos, donde se profundice en lo vivencial, en lo testimonial, en lo narrativo, y en lo que favorezcan una mayor presencia en nuestra Iglesia de un grupo de testigos.

2.2    Nuestra Iglesia diocesana necesita pasar de comunidades “de cumplimiento” a “comunidades misioneras”. Los presbíteros, de manera especial, han de iniciar un camino de “conversión pastoral”. Eso requiere una mayor implicación para que las programaciones de cada curso pastoral, en las parroquias y arciprestazgos, den pasos que faciliten dicha conversión.

2.3    Animar e implicar a la vida consagrada y a los laicos para la misión; todos somos agentes evangelizadores. Para ello,  promover los equipos de pastoral o equipos apostólicos. Que la Vicaría de Pastoral y las Delegaciones ayuden a ello.

2.4    Facilitar agentes de pastoral para evangelizar a los jóvenes y a los matrimonios jóvenes con unos planes de formación para dichos agentes, teniendo en cuenta los diferentes niveles y los tiempos más oportunos.

2.5    Garantizar la formación de catequistas, aprovechando los pequeños equipos ya existentes y dinamizar dicha formación con programas y responsables por arciprestazgos, con el apoyo de la Delegación.

2.6    Realizar cursos en las parroquias que ayuden al estudio y comprensión de la Sagrada Escritura desde la lectura de la propia vida, preparándose, para ello, agentes en la Escuela Diocesana de Animación Litúrgica y de Pastoral.

2.7    Potenciar un mayor conocimiento e interés por la marcha de la pastoral diocesana, fomentando una revisión periódica de la realidad pastoral, para una mejor evangelización, realizada por los diferentes organismos de pastoral.

2.8    Cuidar más “el mensaje” en los Medios de Comunicación Social y en la publicación “Iglesia en Ciudad Rodrigo”.

2.9    Potenciar grupos de lectura, de estudio y de comentario de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, como punto de partida de una formación permanente rigurosa y sistemática para todos los miembros de la comunidad diocesana.

3.- Continuar la obra evangelizadora sirviendo al evangelio en gratuidad y entregando la propia vida.

3.1. Evangelizar desde la cercanía (el “ir a pie”), y el “ser hombres y mujeres del pueblo” (religiosas), adentrándonos en las condiciones reales de la vida de los hombres y mujeres de nuestra tierra y de nuestro pueblo (“callejear”). Hacernos hermanos, mostrando nuestra fe como “un arte de vivir”, para así presentarla más atractiva al hombre y a la mujer de hoy, a través de personas y comunidades creíbles y entusiastas.

3.2 Evitar que se pueda “evangelizar por libre”, dando prioridad a sus propias sensibilidades espirituales o pastorales; debemos sentirnos enviados por la comunidad eclesial, abriendo caminos, donde se favorezca la disponibilidad y una pastoral de conjunto diocesana.

3.3    Fomentar la apertura, el diálogo y la acogida a los no creyentes e indiferentes. Y promover iniciativas para organizar Jornadas de encuentro y diálogo con la nueva cultura.

3.4.   Evitar que en los servicios pastorales no primer lo económico sino la  gratuidad, entregando gratis el mensaje y donándonos a nosotros mismos desde el despego del propio interés.

3.5    Cuidar la misión “Ad Gentes”, animando, respaldando y apoyando las necesidades de los misioneros de nuestra diócesis.

3.6    Releer las conclusiones del informe obtenido del “Estudio socio-religioso” de nuestra Diócesis para tener otra mirada de nuestra realidad y tomar conciencia de nuestras luces y sombras a la luz  de la fe.

3.7  Programar la pastoral arciprestal, parroquial y diocesana desde una perspectiva evangelizadora, sin olvidar a los pobres, signo de auténtica evangelización y, siempre,  desde la alegría del Evang