Carta Pastoral 2013-2014

¡PONEOS EN CAMINO! (Lc 16)

¡Hacia una Asamblea Diocesana para seguir evangelizando!

Carta Pastoral 2013-2014

En el mes de Julio del presente año 2013, el Papa Francisco nos ha regalado su primera Encíclica: Lumen Fidei. A su vez, como él mismo nos indica, es como el complemento a la trilogía del Papa Benedicto XVI sobre la Esperanza (Spes Salvi), la Caridad (Deus Caritas Est) y, ahora, sobre la Fe (lumen Fidei).

En dicha Encíclica, el Papa Francisco, nos dice, entre otras cosas que Jesucristo, centro de nuestra Fe, no es sólo Aquel en quien creemos, sino Aquel con quien nos unimos para poder creer. Porque la fe no sólo mira a Jesús sino que sabe mirar desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos. La fe es una participación en su mismo modo de ver (n. 18). Ésta es precisamente la óptica en la que deseo situar la Carta Pastoral para el año 20l13-2014: mirar nuestra realidad social y diocesana no con nuestros ojos, sino con los ojos mismos de Jesús.

 

1.- La iglesia tiene diez notas

Cuando hablamos de la Iglesia, por un lado, o desde una mano, afirmamos justamente que es una (la misma en todos los lugares y en la historia), santa (Dios, el Santo, la habita a pesar de los pecados de los hijos), católica (con vocación de universalidad para todas las gentes y para todos los pueblos), apostólica (fundamentada en la tradición viva de los apóstoles y, a la vez, siempre misionera y enviada) y romana (presididos por el “ministerio petrino” en la verdad y en la caridad).

Por otro lado, o desde la otra mano y particularmente desde el Vaticano II, la Iglesia es ecuménica (facilitadora del diálogo y el encuentro entre credos y confesiones diferentes), sinodal (todos haciendo una mismo camino complementario de vocaciones-carismas-funciones y de corresponsabilidad), martirial (porque vivir su mensaje y ser coherente con su vida cuesta lágrimas y sangre), evangelizadora (no es para ella misma sino para anunciar el evangelio) y samaritana (iglesia pobre y de los pobres).

De todas las notas, sin descuidar las demás, durante el curso 2013-2014, nos fijaremos, como objetivos de pastoral, en dos: la sinodalidad y el ser buena samaritana del hombre y mujer de hoy. Los signos de los tiempos sociales y eclesiales apuntan a ello, confirmado, además, por el magisterio del Papa Francisco. Y, todo ello, ¿para qué?… – Para seguir evangelizando en sus dimensiones ordinarias (comunión, anuncio, celebración y compromiso), en la missio ad gentes (primer anuncio) y en la denominada “nueva evangelización”.

 

2.- iglesia de sinodalidad: “A la evangelizaciÓn por la comuniÓn y por la auténtica conversión

2.1.- Iglesia diocesana en camino hacia una “asamblea diocesana”, como experiencia de sinodalidad.

Hay momentos en la vida de una persona, de una comunidad o, en este caso, de nuestra Diócesis, en los que se debe hacer un alto en el camino. Y ello, no para detenernos y plantarnos con nostalgia, mirando sólo el pasado ni para sólo mirar el horizonte como esperando del futuro lo único novedoso y lo que supuestamente será lo mejor. En ocasiones, como la presente, es conveniente y necesario detenerse para recobrar fuerzas, valorar lo andado, encontrar nuevos compañeros de camino, resituarnos si fuere necesario y, sobre todo, seguir caminando con esperanza de futuro. Cuando hablamos de hacer un alto en el camino, estamos apuntando hacia una Asamblea Diocesana, para reforzar nuestra fe en Jesucristo (misterio central), reforzar la comunión y, al mismo tiempo, cobrar nuevo impulso evangelizador. El paradigma o modelo bíblico puede ser la experiencia de Emaús. Hacemos de dicho pasaje una relectura acomodada a lo que acabamos de expresar.

 

2.2.- Una Asamblea Diocesana, en clave sinodal, con diversas etapas o momentos fuertes.

Recordamos el pasaje del Evangelio: “Aquel mismo día iban dos de camino a un pueblo llamado Emaús, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado en Jerusalén. Y sucedió que, mientras ellos conversaban, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos… El propio Jesús, comenzando por Moisés y continuando por los profetas les explicó lo que la Escritura hablaba de él…Al acercarse a Emaús, entró en el pueblo, se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo fue dando….Entonces se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?… Y levantándose, se volvieron a Jerusalén a contar a los demás lo que había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan” (Lc 24,13-35).

La Asamblea Diocesana, a la que todos los creyentes y discípulos de Jesús estamos invitados, convocados y comprometidos, tiene diversas etapas; como sucedió con la experiencia de Emaús.

Una primera fase preparatoria, en la que tendremos que orar y sensibilizarnos para tomar conciencia de lo que significa y ponernos, como los discípulos, en camino, y compartir, en nuestros grupos y comunidades de referencia, por dónde estamos caminando y cómo es nuestra realidad personal, familiar, social y cristiana. Sabiendo que en toda esta experiencia, aunque no seamos plenamente conscientes de ello, el Señor de la Historia, con su Espíritu, sigue velando y dirigiendo nuestros pasos.

En una segunda fase de discernimiento, después de saber cómo somos, dónde estamos y qué necesitamos, deberemos discernir qué realidades el Espíritu nos anima a profundizar para ser fieles al Señor Jesús, a su Iglesia, y a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es el momento de delimitar los temas que serán estudiados, debatidos, dialogados, orados por las tres grandes vocaciones o estados de vida: laicos, consagradas y presbíteros. Como en la experiencia de Emaús, Jesús en medio de nosotros, y a través de nosotros, por su Espíritu, será nuestro maestro y nuestro guía interior y nos hablará para no perdernos en estériles planteamientos. El iluminará nuestras reuniones y nos hará descubrir y diferenciar lo importante de lo accesorio; y lo urgente de lo que puede aún esperar.

En una tercera fase, propiamente de Asamblea Diocesana, los presbíteros, las consagradas y los laicos oraremos y trabajaremos sabiendo buscar, en un clima de sano pluralismo, la unidad en lo esencial, la libertad en la duda y en todo la caridad. En nuestra Asamblea reinará siempre la conciencia de ser meros servidores del Señor y de los hombres, meros instrumentos y mediaciones de su presencia y de su amor. Como en la experiencia del camino de Emaús, por una parte el Señor estará en medio de nosotros, invitado a nuestra mesa, compartiendo nuestra pequeñez y el don de su Palabra.

Al final las conclusiones o propuestas nos harán experimentar, como en Emaús, que la experiencia de Asamblea Diocesana no era para nosotros solos, sino que debemos compartirlo y anunciarlo con alegría y renovada fuerza a todos los que formamos nuestra Iglesia diocesana y nuestra sociedad. Es ya la cuarta fase, la misionera o del envío.

En resumen, haremos la misma experiencia de los discípulos camino de Emaús: nos contaremos nuestros problemas y vivencias; descubriremos que Jesús camina a nuestro lado; nos identificaremos en el compartir el pan de la Palabra y de la Eucaristía y nos sentiremos llamados a anunciar hoy la Buena Noticia.

Todas y cada una de las fases antes señaladas tendrán mucho de sabor a “hogar (donde nos sentiremos a gusto), escuela (donde todos aprenderemos de todos) y taller (donde experimentaremos nuevos métodos evangelizadores)”.

En ellas deberá reinar un clima de oración incesante para que el Señor nos ayude a reconocerle en los signos de los tiempos de hoy, en la Escritura y en la Tradición Viva, en la Fracción del Pan y en la Fraternidad vivida y comprometida. Conscientes, como afirma el Apóstol Pablo, que “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de acciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común… Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad no forman más que un sólo cuerpo así también Cristo. Vosotros sois su cuerpo” (1 Cor, 12,4-8).

Estamos en una Iglesia Diocesana, en plena y total sintonía con lo señalado por el Vaticano II, sumergida en el Tercer Milenio y, en estos momentos, comprometida en el proceso de Nueva Evangelización señalado por el Papa Juan Pablo II, revitalizado por el Papa Benedicto XVI, y asumido por el Papa Francisco.

En la Asamblea Diocesana recorreremos juntos el camino que, como afirmaba el Beato Juan Pablo II, pasa por el hombre concreto, porque “el camino de la Iglesia es el camino del hombre” (RH, 1-5). Un hombre o mujer que tienen necesidad de Jesucristo y el derecho a que se les descubra, más que nunca su dignidad humana, su dignidad de Hijos de Dios, y el gran secreto de su existencia: el misterio del Señor Jesucristo en su Vida (RH ll; GS 22). Tenemos que ser una Iglesia de puertas abiertas, no sólo para recibir a los nuestros o a quienes vengan a nosotros, sino para ir a lo que el Papa Francisco llama las “periferias existenciales”, es decir, aquellos que un día se alejaron o que nunca han entrado.

Porque nuestra acción pastoral diocesana tiene estas notas:

– Es misionera-evangelizadora (“pastoral de la zapatilla”).

– Es comunitaria-diocesana; corresponsable y participativa; de comunión y de conjunto.

– Consolida la fe, personal y comunitaria, para suscitar evangelizadores.

– Sitúa en lugar preferencial a los más pobres. Porque poder es servir.

– Vertebrada, programada y de calidad, en medio de nuestra pobreza de recursos humanos y materiales.

– Discierne las posibilidades que el Espíritu nos ofrece y supera las críticas, las divisiones y los cansancios, desde la vivencia de la caridad y de la esperanza.

– Valora, sobre todo, los hermanos de camino, en permanente actitud de conversión personal y de necesarias reformas estructurales.

¿Qué llevaremos en nuestras mochilas o maletas de viaje para este camino y para realzar dicha pastoral? – Junto a una gran dosis de ilusión, de alegría y de ganas de compartir, necesitaremos revivir algunas claves esenciales de nuestro ser y hacer cristiano:

– Experiencia profunda y auténtica de Fe, personal y comunitaria.

– Vivencia fuerte de eclesialidad y de comunión.

– Necesidad de colaboración, de diálogo y de articulación de todas las vocaciones, carismas y funciones.

– Fuerte dosis de misericordia, de amor y de esperanza.

– Una actitud sincera de escucha y para el diálogo.

– El heroísmo de la caridad hasta el extremo.

 

2.3.- ¿A dónde puede conducirnos esta experiencia de sinodalidad?…

La experiencia de Asamblea Diocesana, no es algo para “recetas” pastorales nuevas; ni para reivindicaciones pendientes; ni para juntarnos a discutir; ni para promocionar a los laicos; ni para entretener a la gente; ni para privilegiar  o primar ciertos grupos o ciertas espiritualidades; ni porque sea el remedio o panacea infalible para todo o la última ocurrencia pastoral…

Tampoco nos llevará a un “reinventar” la Iglesia diocesana, como si tuviésemos que partir de 0. La Asamblea Diocesana no es un punto de llegada, sino de partida; no es sólo mirada al pasado sino, sobre todo, al futuro.

Sí nos conducirá a un redescubrir y consolidar la Iglesia del Vaticano II (“Misterio de comunión para la misión”), y a hacer realidad la Iglesia Trinitaria en cuanto somos Pueblo de Dios Padre, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Nos ayudará a traducir la comunión en corresponsabilidad (en “sinodalidad efectiva”) y la misión en evangelización.

Redescubriremos, una vez más, que la Iglesia no es para ella misma, sino para evangelizar y ser servidora de los hombres, como buena y fraternal samaritana.

Redescubriremos que todos en la Iglesia (religiosas, sacerdotes, laicos) somos “Iglesia”; todos somos necesarios; todos tenemos la misma dignidad y todos estamos enviados a la misma misión.

El Espíritu nos indicará dónde tiene que estar la Iglesia en este momento histórico: allí donde se fragua la cultura y se hace la sociedad. Allí donde los pobres no son escuchados o tratados con la dignidad que merecen y necesitan nuestra voz y nuestro corazón. Sin olvidar el gravísimo y urgente tema de las vocaciones a la vida de consagración, a un laicado adulto y comprometido y al sacerdocio ministerial.

Nos ayudará a “equilibrar” todas las dimensiones de Iglesia: la comunión, la celebración, el anuncio evangelizador y el compromiso.

En la Asamblea Diocesana tendrá voz el mundo rural y el mundo urbano, con sus problemas y esperanzas, con sus alegrías y sus tristezas.

Será como un “despertar’ o un aldabonazo para todos los cristianos de  Ciudad Rodrigo en orden a asimilar mejor el Vaticano II, y a vivir con gozo, con pasión y con esperanza este Tercer Milenio, el de la Nueva Evangelización.

La Asamblea Diocesana será como una plataforma necesaria de encuentro y diálogo entre todos, y como un nuevo Pentecostés y una nueva primavera para la Iglesia civitatanse.

Nos hará compartir una gozosa experiencia: el Espiritu nos une en lo esencial y, a la vez, ha manifestará la riqueza y sana pluralidad de una Iglesia con diversos dones, vocaciones, carismas y ministerios.

La Asamblea Diocesana exigirá renovar espiritualmente, al mismo tiempo y en profundidad, personas y organizaciones, corazones y estructuras.

Queremos vivir dicha Asamblea como un verdadero ejercicio de discernimiento comunitario, y por lo mismo de renovación profunda. Tenemos la intuición profunda de que la realidad diocesana y pastoral no sólo se deben contemplar con los ojos de la carne (humanos) sino con los del Espíritu (los ojos profundos de la fe).

La Asamblea Diocesana será mucho más que un símbolo democrático o meramente participativo-asambleario en la Iglesia: será una reunión de hermanos en el Espíritu. Por eso, no deberán triunfar ni las prisas, ni las presiones, que existirá-; ni las tensiones, ni las fracturas de personas o grupos. Nos situaremos en perspectiva de obediencia a la Fe y al Espíritu.

A la hora de marcar prioridades y propuestas tendremos en el corazón las palabras del Apóstol Pablo: “No os acomodéis a los criterios de este mundo” (Rm 12,2); “Vivid como hijos de la luz” (Ef 5,8-9); “Dejaos conducir constantemente por el Espíritu” (Rm 8,2).

Sin miedos, porque sabemos Quien conduce el timón: el Señor Jesús. Por eso, también escucharemos las palabras del Apóstol San Juan: “No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios” (1 Jn 4,1). En La Asamblea Diocesana, nuestras comunidades hablarán, orarán, celebrarán y se comprometerán. En unos casos, fortaleciendo, confirmando y consolidando lo que ya se venía haciendo; en otros casos, orientando y abriendo nuevos caminos y horizontes. Quedará patente “dónde estamos y cómo estamos evangelizando” y “dónde no estamos y por qué no estamos evangelizando y siendo la Buena Nueva”.

La brújula, para caminar incluso en la noche y entre la niebla, será ésta:

– Norte: necesidad de conversión, personal y comunitaria, a Jesucristo;

– Sur: vivir la dimensión diocesana en totalidad;

– Este: formación para saber dar razón de lo que creemos y oración para tener verdadera experiencia de Dios;

– Oeste: potenciar la presencia pública de la Iglesia en la sociedad, así como el compromiso cristiano allí donde se está fraguando la nueva sociedad y la nueva cultura de hoy.

 

2.4. La Iglesia siempre se encuentra en “estado sinodal”…

“Sínodo es nombre de Iglesia”, afirmaba San Juan Crisóstomo (Comentario al Salmo 149,1; PG 55,49). Por eso, a “la comunión” en la Iglesia también se la denomina “sinodalidad”, así como la misión equivale a “evangelización”. En la Iglesia siempre existen y se desarrollan estructuras permanentes de sinodalidad, es decir, de comunión y corresponsabilidad): son los Consejos, a todos los niveles (parroquiales, arciprestales, diocesanos) como órganos permanentes de dicha sinodalidad.

La Asamblea Diocesana, en resumen, buscará hacer patentes tres dimensiones eclesiológicas y teológicas muy relevantes:

1.- Asamblea Diocesana, como símbolo de la gran Asamblea Eucarística, que es la Diócesis, y que refleja una “eclesiología trinitaria”: Al acto de amor del Hijo que se entrega corresponde el acto de amor del Padre que nos lo entrega; y, este amor del Padre y del Hijo, es confirmado por el Espíritu que hace fecunda y eficaz esa entrega para nuestra vida… Por eso, una cita de San Juan Crisóstomo: “No te separes de la Iglesia. Ningún poder tiene su fuerza. Tu esperanza es la Iglesia. Tu salvación es la Iglesia. Tu refugio es la Iglesia. No envejece jamás; su juventud es eterna” (Homilía de Capto Eutripio, 6; PG 52, 402).

2.- Ayudar al obispo al ejercicio de su “episcopalidad”, es decir, de gobierno y de cura pastoral. La Asamblea Diocesana es una convocatoria de nuestro obispo (que ejerce su “episkopé”), quien, personificando a Cristo Cabeza, Siervo- Pastor, y Esposo, desde la presidencia de la dimensión eucarística y de la caridad, nos convoca (“Ekklesia”) para redescubrir al mismo Cristo (el mejor “tesoro” que tenemos), y así fortalecer la comunión y la misión en el mundo de hoy. Con una convicción eclesiológica, señalada ya por S. Cipriano: “Nada sin el obispo; pero nada sin vuestro consejo; y nada sin la voluntad decidida de ser y sentirnos todos la única Iglesia”.

3.- Contribuirá a renovar la Diócesis, desde una pastoral integral, vertebrada y orgánica, según las directrices del Vaticano II y de la nueva Evangelización. Una Asamblea Sinodal (como los mismos Consejos Diocesanos) después del Vaticano II, deben hacerse las mismas preguntas que entonces se hicieron los padres conciliares. Esta vez desde la Diócesis de Ciudad Rodrigo:

1. ¿Dónde estamos? (Iglesia, ¿qué dices de ti misma?);

2. ¿Qué camino recorrer? (qué prioridades evangelizadoras y para fortalecer la comunión?);

3. ¿Qué maleta o equipaje llevar? (¿qué mediaciones y objetivos pastorales primar?).

Y una clarificación necesaria y repetida: la vitalidad y la salud de nuestra Diócesis se juega en actitudes cristianas verdaderas y se concreta en respuestas a preguntas como éstas:

– “¿Qué transformaciones de calado y verdaderas he experimentado en mi vida en los últimos tiempos?”

– “¿Qué transformaciones de calado he contemplado a mi alrededor, en mi comunidad?”…

Por todo ello, es necesario recordar que es mucho más importante lo que vivimos que lo que hacemos; son más importantes las personas concretas que las actividades; más relevantes las relaciones que las agendas llenas; hablan más los climas y ambientes que los mensajes verbales; y evangeliza más nuestra forma de vivir testimonial que las palabras.

 

Para la oración personal, la profundización y el diálogo:

1.- Habías caído en la cuenta de lo que significa que la Iglesia es “sinodal”, en cuanto todos somos Iglesias, todos somos corresponsables y todos tenemos una misión.

2.- ¿Cuáles crees que pueden ser las actitudes más positivas que puedan favorecer la Asamblea Diocesana y cuáles pueden ser las más negativas?…

 

3.- una iglesia samaritana

3.1. Ser buenos samaritanos en tiempos de crisis

Una Iglesia de comunión y de sinodalidad es, al mismo tiempo e inseparablemente, una iglesia samaritana. Más aún: evangelización y caridad se complementan y se necesitan.

El Santo Padre Benedicto XVI ya nos recordó en su primera encíclica, Deus Caritas est, la estrecha complementariedad entre la fe y la caridad: hemos creído en Dios porque hemos conocido su amor, según nos subraya una y otra vez San Juan. Por eso, no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con una Persona que te da un nuevo horizonte a la vida y una orientación decisiva. Es decir, el experimentar que Dios nos ha amado primero (Cf. 1 Jn 4,10) convierte el amor “no en un mandamiento” sino en una “respuesta a dicho amor”.

Esa experiencia del amor de Dios hace que el amor al prójimo no sea sólo un mandamiento impuesto desde fuera sino una consecuencia necesaria de la fe: la fe actúa por la caridad. El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y, “urgido por ese amor” (Cf. 2 Cor 5,14). Cuando uno tiene experiencia de que Dios le ama, que le perdona e incluso de que le sirve (lavándole los pies) y se entrega hasta la cruz, la respuesta tiene que ser la misma hacia los demás.

Este año, 2013, está queriendo ser “el de la Fe”. ¿Qué relación existe entre fe, verdad y caridad? – La fe es conocer la verdad y adherirnos a ella (Cf. 1 Tm 2,4); la caridad es “caminar” en la verdad (Cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (Cf. Jn 15,14). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos regala la dicha de ponerlo en práctica (Cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (Cf. Jn 1,12); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (Cf. Gal 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (Cf. Mt 25, 14-30).

Tenemos que hacer realidad “el sentido comunitario del amor eclesial” como se nos expone en Deus Caritas est (n. 25), con los cuatro grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia:

– No diluir la justicia y la caridad cristianas en lo político.

– Compromiso laical (personal y asociado) en la búsqueda de la justicia.

– No confundir compromiso personal o asociado con “acción eclesial institucional” en nombre oficial de la iglesia.

– Son necesarias obras e instituciones confesionalmente católicas.

 

3.2. Algunas sugerencias concretas.

Por mi parte, para este nuevo curso pastoral (2013-2014), me atrevo a señalar las siguientes claves que pueden ayudar a hacer de nuestra iglesia diocesana una iglesia verdaderamente samaritana:

1.- Hay que estar “con el crucificado” y “con los nuevos crucificados de hoy.

2.- Debemos seguir vertebrando la micro y la macro-caridad diocesana desde Cáritas, en sus dos vertientes: caridad asistencial (respuesta inmediata a las necesidades) y caridad promocional (habilitar a las personas para que se valgan por ellas mismas).

3.- En la crisis actual, no sólo existen ya “marginados” (los que están en la orilla del camino y pueden entrar en él) sino verdaderos “excluidos” del sistema (personas, naciones y hasta continentes) que nunca entrarán en el sistema socio-económico.

4.- Las principales causas de las bolsas de pobreza en nuestro primer mundo son éstas: paro laboral prolongado; fracaso en las relaciones familiares y sociales; pérdida de sentido existencial y depresión crónica; y haber nacido en “cinturones” de pobreza (ejem. suburbios urbanos y mundo rural…)

El Papa Benedicto XVI Ha venido ofreciendo, con profundidad, algunas claves de orientación sobre cómo deben guiarse por principios éticos las actividades financieras. Reflexionando sobre la parábola del administrador deshonesto que es alabado (Lucas 16, 1-13), llega a esta conclusión: “en verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal”. Además, la enseñanza de este pasaje evangélico es clara: no se puede servir a Dios y al dinero. “Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y el dios dinero”; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Si escogemos esta lógica del compartir y de la solidaridad entonces será posible dirigir el desarrollo económico de forma que asegure el bien común de todos. Para hacer esto necesitamos ser capaces de elegir entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la deshonestidad, y no dejarnos absorber “por una búsqueda egoísta del lucro”. Son indicaciones útiles – no recetas técnicas- para ayudar a redirigir la crisis en orden a que sirvan a bien común de toda la sociedad, especialmente de los más pobres.

Otros pastoralistas han denunciado que la verdadera crisis de Europa, y de todo el mundo occidental, es la crisis de valores. Y esa enfermedad, esa recesión moral, ese desmoronamiento espiritual, lo llevamos padeciendo, no meses ni años, sino siglos. Si Occidente se desploma, no habrá sido de un golpe ni de un infarto, sino a causa de una enfermedad lenta y prolongada, cuyo último episodio es esta crisis económica. No sabemos ser generosos. No sabemos ser pobres, no sabemos morir, no sabemos sacrificarnos, no sabemos sufrir, no sabemos ser fieles, no sabemos ser generosos. A una sociedad con semejantes niveles de defensas morales, con el sistema inmunológico espiritual completamente anulado y con ningún recurso ante las dificultades existenciales, basta un catarro para llevarla a la tumba. Occidente no morirá por pobre, sino por burgués.

Para finalizar, me atrevo a subrayar cinco principios a tener en cuenta como Iglesia samaritana:

1.- Volver a resituar los valores en nuestra existencia: “no sólo de pan vive el hombre”. El corazón de la sociedad no puede ser el “dios dólar y eurodólar” (dinero, petróleo, armamento, cibernética).

2.- Reconsiderar el sentido y deriva de la globalización y del neoliberalismo: no se puede hacer sólo una “globalización de mercaderes” sino una “mundialización de la solidaridad y del espíritu”.

3.- Que, a la hora de afrontar los retos y dar respuestas estatales, no se vaya sólo ni principalmente a paliar “a los grandes” (bancos, entidades financieras, grandes empresas…) sino también a las familias y a las pequeñas y medianas empresas. Y jamás abandonar a los más débiles, a los marginados y a los excluidos.

4.- Que, en las comunidades cristianas, se imponga la austeridad para hacer posible la solidaridad y poder cumplir lo expresado en Novo Millennio Ineunte n. 50: que los pobres se sientan en nuestras comunidades como en su casa; desarrollar la imaginación y coraje para descubrir y dar respuesta a las nuevas pobrezas; y un principio, inspirado en San Vicente de Paul: “los pobres sólo nos perdonarán la vejación de darles limosna, pan o abrigo por el amor y la autenticidad que pongamos en ello”.

5.- Hacer realidad la pedagogía de la parábola del Buen Samaritano, en sus seis pasos: Consciencia: “lo vió”; compasión: “dejó hablar al corazón”; cercanía: “Lo tocó”; se involucra: “Lo vendó las heridas, y le curó con aceite y vino”; acompañar: “Lo montó en su borrico”; colaboración responsable: “Pagó dinero para que lo atendieran”.

 

Para la oración personal, la profundización y el diálogo:

1.- ¿Por qué decimos que la Iglesia tiene que ser buena samaritana del hombre y de la mujer de hoy?…

2.- ¿En qué te estás comprometiendo de forma concreta, personal y comunitariamente, para que aparezca este rostro de Iglesia buena samaritana?…

 

4.- Dos reflexiones mÁs: espiritualidad y comunitariedad

En la evaluación de final de curso, mantenida en los siete arciprestazgos y en las Asambleas del Consejo Pastoral y Presbiteral, la Vicaría de Pastoral recogió las siguientes sugerencias que hoy hago mías:

4.1. La espiritualidad: “¿Qué será de nosotros y de nuestra misión si no nos alienta y sostiene el Espíritu Santo?”…

Hemos comprendido que, sobre todo en tiempos de crisis, se hace especialmente necesaria la espiritualidad: el volver los ojos a Él, al Señor, con la luz del Espíritu Santo, para poder y saber mirar como Él ve y mira.

A veces, la espiritualidad la estábamos colocando “al mismo nivel y al lado” de la formación y del compromiso creyente o lo que llamábamos acción caritativa y social. Ahora vemos con mayor claridad que su sitio es el de “ser cimiento”, el estar debajo sosteniendo toda la vida personal y la de nuestras comunidades. En cierta manera la espiritualidad ha podido ser “una de nuestras lagunas”, cuando estos momentos recios necesitamos especiales recursos espirituales.

¿Qué espiritualidad necesitamos que genere esperanza sin ser “garantía de éxito”?… A modo de afirmaciones o slóganes, podemos subrayar las siguientes:

– Espiritualidad que tiene que ver con la fe sincera en Jesucristo, a quien confiamos nuestra vida como único Señor.

– Espiritualidad que tiene que ver con callar, escuchar, y con silencio contemplativo. Al mismo tiempo tiene que ver con gestos evangélicos y no con silencios de hastío o de huida.

– Espiritualidad de permanecer en fidelidad con los hombres y mujeres que Dios nos ha puesta al lado, en el camino, aun cuando la respuesta de las personas no esté pero sí está el silencio “elocuente” de Dios.

– Espiritualidad escasa en juicios y abundante en misericordia. ¡Basta ya de tiranteces y de posturas egocéntricas y narcisistas!

– Espiritualidad que soporte la escasez de resultados, y todo lo confía al Señor como Abraham y los “anawin” que muestra la Biblia..

– Espiritualidad que nos ayude a ponernos en el lugar adecuado por donde pasa el Señor, como Bartimeo o Zaqueo, para que El nos sea dado y nos invite a su seguimiento.

– Espiritualidad de optimismo teológico que sabe leer la situación social en clave positiva; y descubrir cuanto de positivo ya existe en la parroquia, en el arciprestazgo, y en la diócesis; en clave de fidelidad y de gracia y con posibilidades de futuro.

 

4.2. Anunciar el evangelio (“salir a las periferias existenciales”) y cuidar lo comunitario.

4.2.1. Nuestras gentes tienen derecho a que se les anuncie la  Buena Nueva del Evangelio

El Papa Francisco nos viene repitiendo que a iglesia tiene que salir de sí misma. ¿A dónde? – Hacia las periferias de la existencia, allí donde están las personas que nunca han entrado a la Iglesia o que se fueron un día por la puerta de atrás y sin hacer mucho ruido.

Pensad, dice el Papa, en una habitación cerrada durante un año. Cuando entras, hay olor a humedad, a cerrado, a falta de limpieza; hay demasiados problemas. Con una Iglesia cerrada sucede lo mismo: es una iglesia enferma. Por favor, no os cerréis. Es un gran peligro querer cerrarnos en la parroquia, con los amigos, en el movimiento, o con los que piensan lo mismo que nosotros.

¿Qué sucede si uno sale de sí mismo? – Puede suceder lo que sucede a todos los que salen de casa a la calle cada día: un accidente. Pero, subrayará el Papa, prefiero mil veces una iglesia accidentada, que sufre un accidente, a una Iglesia enferma por cerrazón. ¡Salid fuera, salid!…

Cuando hablamos de anunciar la Buena Noticia del Evangelio hoy, no se trata de “imposición confesional o dogmática”, sino de proponer el Evangelio porque sigue siendo camino de esperanza en nuestro pueblo y en nuestra tierra. Equivale a un anuncio explícito y cualificado de Buena Noticia, “lejos de ser profetas de calamidades”, como repetía el Beato Juan XXIII.

Un anuncio convencido que brota de la experiencia de fe y de la comunidad evangelizadora. Ni la retórica ni la estética ni los grandes medios garantizan la eficacia de la evangelización. La Palabra, el Evangelio, tienen fuerza por sí mismos. La fuerza está en creer en la propia Palabra, en creer en Dios mismo. Seguir anunciando el evangelio, “a pesar de” todas las dificultades y de los momentos de cruz, es una prueba de que se confía en Dios.

 

4.2.2. Cuidar lo comunitario.

La comunidad es el lugar de firmeza y de fortaleza de la fe. Una vez más, el modelo paradigmático es la experiencia de Emaús. El abandono de la comunidad va unido a la tristeza y a la desesperanza. Y, a su vez, la vuelta a la comunidad está asociada a la alegría y a la esperanza. Pero en medio de ambas está el Señor Resucitado.

La soledad o la desesperanza, que ha salido o se ha notado en algunos de nosotros, son hermanas gemelas; y el debilitamiento de la comunidad lleva al individualismo y a la devaluación de lo fraterno. Por eso, necesitamos potenciar las prácticas comunitarias que al mismo tiempo nos humanicen y nos hagan verdadera comunidad del Señor.

Algunas indicaciones en este sentido:

– Necesitamos una relación directa y personal entre nosotros, sin marcar las diferencias, sin hacer acepción de personas, sin discriminación; y relacionándonos también con los que no cuentan.

– Necesitamos que nuestros objetivos de pastorales no sean fríos, sino que cuenten las personas y que, por decirlo de una manera sencilla, dejen lugar para el corazón.

– Necesitamos recuperar o avivar la dimensión comunitaria de la vivencia de la fe, la dimensión comunitaria de la confesión de la fe, la dimensión comunitaria de la celebración de la fe y la dimensión comunitaria del compromiso cristiano.

– Necesitamos, además de buscar personalmente la voluntad de Dios, que en comunidad se discierna la voluntad de Dios, se disciernan los signos de los tiempos, se tome aliento y coraje para el seguimiento y para el compromiso.

– La comunidad también es lugar para procesar y compartir las crisis de fe, donde el hermano fuerte pueda confirmar al débil.

– La comunidad ha de ser lugar de reconciliación, de perdón, y e misericordia que abran de nuevo las puertas al futuro

– Así nuestra Iglesia hará palpables al hombre y mujer de hoy experiencias y prácticas comunitarias y el dinamismo del evangelio del Señor.

 

Para la oración personal, la profundización y el diálogo:

1.- ¿Por qué es importante la espiritualidad en tu vida personal?…

2.- ¿Qué actitudes favorecen más y cuáles obstaculizan la experiencia comunitaria?…

 

5.- palabras finales

Estamos finalizando en Año de la Fe y, en nuestra Diócesis, entraremos a celebrar el 800 año franciscano, recordando el paso del Poverello de Asís por nuestras queridas Tierras. Tal vez para que nuestra iglesia sea de verdad “de sinodalidad y samaritana”, de profunda espiritualidad y de comunidades vivas, tengamos que pedir con fe al Espíritu Santo que se haga realidad, en esta tierra y entre nuestras gentes, la conocida oración que compuso el santo y con la que concluyo esta carta pastoral:

Oh, Señor, haz de mí un instrumento de Tu Paz.

Donde haya odio, que lleve el Amor.

Donde haya ofensa, que lleve el Perdón.

Donde haya discordia, que lleve la Unión.

Donde haya duda, que lleve la Fe.

Donde haya error, que lleve la Verdad.

Donde haya desesperación, que lleve la Alegría.

Donde haya tinieblas, que lleve la Luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque

tanto ser consolado como consolar;

ser comprendido como comprender;

ser amado como amar.

Porque es dando  como se recibe;

perdonando como se es perdonado;

muriendo como se resucita a la Vida Eterna.

 

Que la Virgen María, Estrella de la nueva evangelización, y todos los santos, hermanos mayores nuestros, intercedan por esta Iglesia que peregrina en Ciudad Rodrigo. Así sea. Amén.

 

 

+ Raúl Berzosa, Obispo de Ciudad Rodrigo

 

Ciudad Rodrigo, 15 de Agosto 2013:

Solemnidad de la Asunción de nuestra Señora