La Catedral de Ciudad Rodrigo ha acogido esta la tarde de Jueves Santo la celebración de la Misa de la Cena del Señor, presidida por el obispo de la Diócesis, Mons. José Luis Retana, quien ha centrado su homilía en el amor extremo de Jesucristo y su expresión concreta en el servicio y la Eucaristía.
Durante su predicación, el prelado ha afirmado que «Jesús nos amó. Jesús nos ama. Sin límites, siempre, hasta el extremo». Mons. Retana ha insistido en el carácter personal de ese amor. «El amor de Jesús por cada uno de nosotros no tiene límites» y ha añadido que «cada uno puede decir: “Dio la vida por mí”».
El obispo ha explicado que el lavatorio de los pies es un «gesto de este amor extremo». «Jesús se pone de rodillas delante de cada discípulo y se comporta como un servidor, como un esclavo», ha señalado Mons. José Luis Retana, destacando que «la verdadera autoridad se ejerce poniéndose el delantal».
En esta línea, ha invitado a reflexionar sobre el uso del poder en la sociedad. «Estaría bien una sociedad en la que el poder fuera, de verdad, utilizado para el bien de los otros, especialmente de los más frágiles, más vulnerables y más heridos» ha dicho. Para el obispo de Ciudad Rodrigo «al hacer esta afirmación, inmediatamente podemos pensar en los poderosos, hombres y mujeres que ocupan puestos de responsabilidad sólo en provecho propio. Pero también es importante reconocer que todos nosotros somos de algún modo poderosos y a menudo tenemos muchos más recursos y capacidades de los que pensamos y no siempre las utilizamos bien».
El prelado civitante también ha explicado el significado actual del gesto de Jesús: «Cada obra buena hecha en favor del prójimo, especialmente en favor de los que sufren y los que son poco valorados, es un servicio como lavar los pies», animando a vivir «la humildad y la valentía de la bondad».
En la parte final de la homilía, Mons. Retana ha centrado su mensaje en la institución de la Eucaristía, a la que definió como «el sacramento de la fraternidad y el amor que se hace servicio» y «el sacramento de Dios arrodillado delante de los hombres».
Además, ha destacado su dimensión transformadora.«No somos nosotros los que asumimos el cuerpo del Señor, sino que es Él quien nos saca fuera de nosotros mismo y nos incorpora a Él para hacernos Iglesia» ha dicho.











