Queridos escuchantes de COPE, queridos hermanos y hermanas que en esta mañana acogéis otra vez más la Palabra de Dios.
En este domingo de la semana 13 del tiempo ordinario, escuchamos a Mateo que nos dice así.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su paga. Os lo aseguro».
Asistimos al final del discurso de Jesús a sus apóstoles sobre la misión a la que los envía. Es un texto sin duda provocativo y también complicado de entender, uno de los más difíciles del nuevo testamento, porque plantea un problema complicado de entre todos a los que se tuvo que enfrentar la Iglesia naciente, el problema de la familia.
Un problema que es de enorme actualidad en la Iglesia y en antología. Los evangelios enseñan que el amor que se ha de tener a la familia es algo inapelable. Pero también encontramos hechos y hechos de Jesús, que al menos en principio nos pueden parecer lo contrario. Jesús cuando se fue a recibir el bautismo de Juan y se dedicó a anunciar el Reino de Dios, lo primero que hizo fue abandonar a su familia, su casa y su pueblo, para vivir como profeta por los caminos y aldeas de Galilea.
Quizá por eso las relaciones de Jesús con su familia fueron complicadas. Sus parientes decían que no estaba en sus cabales. Y cuando fue por primera vez a Nazaret, su pueblo se dio cuenta que su familia lo despreciaba. Vio que los paisanos no creían en él.
En todo caso, seguro que Jesús anteponía a la comunidad de discípulos a su familia. Recordémoslo cuando dice mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.
Pero sobre todo lo más fuerte es la enseñanza de Jesús cuando afirma que no ha venido a traer paz, sino espadas, hasta enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre.
Es duro escuchar y leer cuando llega a decir que hay que odiar o aborrecer a los parientes ante la decisión de seguirle a Él. ¿Hay que tomar esto tal como suena? ¿Estamos ante un lenguaje extraño que no ha de tomarse demasiado en serio?
Todo esto se complica más si tenemos en cuenta la doctrinidad sobre la familia que hay en las enseñanzas del apóstol Pablo. En cartas de su influencia posteriores a él, como pueden ser Colosenses o Efesios, Pablo recoge la normativa derecho romano y de la sociedad del imperio y la aplica a los cristianos. Ya desde la ley de las 12 tablas, la unidad que interesaba el derecho era la institución familiar.
Pero no se ocupaba de lo que ocurría dentro de la familia. Lo que interesaba no era el amor de la familia, sino el poder del pater familias. Pero sabemos que las ideas y las costumbres han ido evolucionando con el paso del tiempo. La desigualdad económica entre hombres y mujer es una de las causas más determinantes de la violencia. brutal que destroza a las familias y les cuesta la vida a tantas mujeres, una economía que no es igual para todos en la familia, y puede y suele dañar hasta destrozar todo posible amor.
El Evangelio de Jesús nos dice el que recibe a vosotros me recibe a mí y el que me recibe a mí recibe el que me ha enviado. Lo primero en la vida no es mantener el modelo de familia patriarcal de la antigüedad. Lo primero en la vida no es asegurar desde el derecho la vida familiar y los vínculos de sangre.
Lo primero en la vida, y ahí viene el gran mensaje de este domingo, es recibir al otro. ¿Por qué? Porque en el rostro del otro está Dios. El que me recibe a mí recibe el que me ha enviado.
Porque el otro o la otra es cuando recibimos a Jesús. En el otro y en la otra recibimos a Jesús. Recibir es vivir una relación honesta, pura, sencilla, atenta a lo que se puede necesitar y absolutamente respetuoso.
Una relación que se basa en la comunicación de manera que lo esencial es entender el punto de vista del otro. Cuando esto se vive a fondo y de verdad, desde la empatía, entonces la relación humana alcanza su mayor hondura y hace posible la convivencia y ahí encontramos a Jesús.
Escuchantes, escuchantas de COPE, deseo a todos un gran domingo y una buena semana.
Antonio Risueño