La Catedral de Ciudad Rodrigo acogió la eucaristía de clausura, culminando un Año Santo vivido como proceso pastoral, con amplia participación y un fuerte acento en la comunión, la misericordia y la misión
DELEGACIÓN DE MEDIOS
La Catedral de Santa María de Ciudad Rodrigo acogió en la tarde de este martes, 30 de diciembre, la eucaristía de clausura del Jubileo de la Esperanza, una celebración de carácter diocesano que puso el broche final a un Año Santo vivido intensamente por la Iglesia local. La misa estuvo presidida por el obispo, Mons. José Luis Retana, y reunió a sacerdotes, consagradas y numerosos fieles procedentes de los distintos puntos de la diócesis.
La celebración comenzó con el canto del Himno del Jubileo, compuesto por Pierangelo Sequeri y traducido por la Conferencia Episcopal Española, una melodía que ha acompañado a la diócesis a lo largo de todo este Año Santo en las distintas celebraciones jubilares. Sus versos, que presentan a Cristo como “llama viva” de la esperanza y guía segura para el pueblo de Dios en el camino de la fe, resonaron una vez más en la catedral como síntesis del espíritu jubilar que se ha vivido durante estos meses: una Iglesia que avanza confiada hacia el futuro, sostenida por la Palabra de Dios y abierta a la acción del Espíritu.
En su homilía, el prelado subrayó que el Jubileo ha recordado a la Iglesia diocesana que la esperanza cristiana «no es un sentimiento abstracto», sino una fuerza real y transformadora que tiene su fundamento en una persona concreta: Jesucristo. En un contexto marcado por el cansancio, las divisiones y la falta de sentido, insistió en que solo desde el encuentro con Cristo «es posible mirar al futuro sin miedo y ofrecer una esperanza auténtica al mundo».
A la luz de la primera lectura, el obispo recordó que una Iglesia que se sabe perdonada es una Iglesia capaz de anunciar misericordia. Reconoció que, en ocasiones, el desánimo, el peso de las estructuras o la tentación del juicio pueden debilitar la vida eclesial, pero señaló que la esperanza comienza siempre en el perdón recibido y ofrecido. «No podemos ser profetas de esperanza —afirmó— si vivimos anclados en la culpa o en la desconfianza».
Tomando como referencia la figura evangélica de Ana, la profetisa, destacó el valor del testimonio fiel y perseverante, especialmente el de los mayores que sostienen la vida de las comunidades con su oración silenciosa. Como Ana, señaló, la Iglesia está llamada no solo a esperar, «sino a anunciar con sencillez y alegría«, saliendo al encuentro de quienes siguen aguardando una liberación, convencida de que la esperanza cristiana no se guarda, sino que se comparte.
Al término de la celebración, la imagen del Cristo del Silencio que ha presidido el altar durante todo el Año Jubilar, fue traslada de nuevo a su sede habitual en la iglesia de san Pedro-San Isidoro, portada por hermanos de la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración. Un gesto sencillo y cargado de simbolismo, que cerró el Jubileo tal y como lo había comenzado: poniendo a Cristo en el centro del camino diocesano, como origen y meta de la esperanza que permanece.
Un camino iniciado en enero de 2025
Con esta celebración culminó un camino iniciado el 11 de enero de 2025, cuando la comunidad civitatense —laicos, religiosas y presbíteros— abrió el Jubileo con una peregrinación desde la iglesia de El Sagrario hasta la Catedral, encabezada por el evangeliario y la imagen del Cristo del Silencio, elegida por el Consejo Presbiteral conforme a las orientaciones litúrgicas que pedían una cruz o imagen de Cristo significativa para la Iglesia diocesana, destinada a acompañar al Pueblo de Dios todo el Año Santo. Aquel gesto sencillo y comunitario marcó el tono de un Jubileo concebido no como una sucesión de actos, sino como un auténtico proceso eclesial.
A lo largo del curso, el espíritu jubilar recorrió toda la diócesis a través de los siete arciprestazgos, protagonistas de celebraciones que combinaron la peregrinación, el sacramento de la Penitencia, la eucaristía y el encuentro fraterno. La participación numerosa, el cuidado de los signos y el clima de comunión fueron una constante en estos encuentros, donde cada zona aportó su identidad propia, reflejando la riqueza de una Iglesia diversa que camina en unidad.
Junto a los jubileos arciprestales, se celebraron también jubileos sectoriales —del clero, de los enfermos y de los niños—, así como actos jubilares en lugares significativos como el colegio de las Misioneras de la Providencia, la Casa Sacerdotal y la Residencia de ancianos San José. Todo ello contribuyó a acercar la experiencia jubilar a distintos ámbitos de la vida diocesana.

Templos jubilares de oración y misericordia
Además de la Catedral como templo jubilar, otros espacios acompañaron de manera especial este camino de fe. El Santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia y los conventos de clausura de la diócesis —la Sagrada Familia, en Ciudad Rodrigo; La Pasión, en San Felices de los Gallegos; y Porta Coeli, en El Zarzoso— se consolidaron como lugares privilegiados para la oración, la reconciliación y el encuentro con la misericordia de Dios.
La diócesis vivió también el Jubileo en comunión con la Iglesia universal, participando en diversas celebraciones jubilares en Roma y en la peregrinación diocesana a la Ciudad Eterna, en la que un grupo de laicos, acompañados por presbíteros y encabezados por el obispo, compartieron esta experiencia junto a cristianos de todo el mundo.
El balance del Jubileo, realizado días antes por el vicario de Pastoral, Antonio Risueño, incidió en esa dimensión de proceso. Más allá de los actos celebrativos, el Año Santo ha sido una oportunidad para caminar juntos, escucharse como Iglesia y fortalecer la comunión. Un Jubileo que deja tareas abiertas, como subrayó el obispo en la celebración de clausura: seguir construyendo una Iglesia de puertas abiertas, poner en el centro a los más vulnerables y vivir la misión con alegría y confianza en la acción del Espíritu.
