El obispo dirige a la comunidad diocesana un mensaje de Navidad en el que recuerda el sentido profundo del nacimiento de Jesús y anima a vivir estas fiestas desde la fe, la esperanza y la paz

Queridos diocesanos:
Estamos envueltos por el ambiente de unos días muy especiales que crean en todos nosotros una actitud de agradecimiento y de bondad. Aunque seguramente los viviremos de modos diferentes, en todos nosotros se da esa especie de milagro de estar distintos, y para bien, en estas fechas. Es una especie de tregua que nos concedemos unos y otros para poder serenar nuestras particulares guerras. La magia de estos días tiene un Nombre y un Acontecimiento que llevan la fecha de nuestra salvación: hace más de dos mil años, Jesús, el Mesías esperado, el Hijo de Dios, se hizo hombre, igual en todo a nosotros, menos en el pecado. Dios no quiso enviarnos ya más mensajeros, sino que Él mismo quiso hacerse hombre para decirnos lo mucho que somos amados por Dios.
Aquello que sucedió hace veinte siglos en Belén, no ha dejado de suceder en la historia de los hombres cada vez que hemos abierto la puerta a Dios para que pasase a nuestra vida. La Palabra de Dios se ha hecho carne humana, se ha hecho historia de hombre, se ha hecho niño pequeño. Y así nos ha contado lo mucho que le importamos a Dios.
Lo que vivimos estos días no es la historia lejana de algo que sucedió hace muchos siglos, sino la narración de algo que sigue sucediendo en nosotros y entre nosotros: que Dios es cercano, que es amigo del hombre, que desea nuestro bien. Él ha venido para abrazar las preguntas que cada uno tiene en su corazón, preguntas tantas veces disimuladas o censuradas, pero que siguen estando ahí como el desafío de nuestra propia felicidad. Por esta razón hacemos fiesta, engalanamos las calles y nos disponemos al sincero afecto y a la verdadera paz.
Estas son nuestras Navidades cristianas. Es cierto que el comercio se ha apoderado de esta fiesta, convirtiéndola en una carrera vertiginosa de compras, adornos, regalos y comidas, y la ha privado de su verdadero sentido. Vemos cómo hay quienes, llenos de prejuicios, quieren encubrirlas; quienes se han empeñado en vaciarlas de su verdadero contenido religioso para hacer de estas fechas tan sólo unos días de serpentina y cotillón, haciendo una calculada omisión al nacimiento del Señor, del acontecimiento cristiano como tal. Que el nacimiento del Señor no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente Jesús.
Nosotros, que sabemos el porqué de estas fiestas, que nos deseamos con sencillez unas felices navidades recordando el hecho del nacimiento de Dios entre nosotros, también sabemos festejarlo y desear a todo el mundo la gracia y de la paz. Porque nuestro corazón, no sólo en este día, sino siempre, tiene una sed infinita de estrenar una felicidad para la que ha sido creado.
Por eso es tan importante que nuestras comunidades cristianas hagan un esfuerzo para no sumergirse en unas “navidades celebradas por lo civil”, y celebren la auténtica fiesta de la Navidad. De ahí mi invitación a celebrar juntos el mayor acontecimiento de la historia: la ENCARNACIÓN DE DIOS. Dios se hace hombre en la historia sin dejar de ser Dios. Dios se desborda en amor hacia el hombre. La Navidad es la fiesta de la humildad amante de Dios. Dios se hace cercano en la carne de un niño pequeño para que podamos abrazarle y acercarnos a Él.
“Pero a cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Afortunadamente hay quienes lo acogen. Si somos capaces de ser como los pastores (sencillos) o sabios (inquietos), su luz y su mensaje nos llamarán a ponernos en camino, a salir de nuestra cerrazón para ir al encuentro del Señor, ponernos de rodillas y adorarlo.
En esta Navidad os deseo a todos vosotros, queridos mirobrigenses, que podáis experimentar en vuestra propia vida el fruto del nacimiento de ese príncipe de la Paz que se hizo niño para nuestra salvación. Pero dejemos nacer a ese divino Niño en nosotros y entre nosotros: que la Navidad no sea una navidad de unos días, sino que continúe como luz durante todo el año.
Que María, la Madre, nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad o el sufrimiento. Que la Virgen nos dé a todos fortaleza y consuelo.
Os deseo de corazón, una Feliz y Santa Navidad cristiana.
+ José Luis Retana, obispo de la Diócesis de Ciudad Rodrigo