Muy queridos hermanos, oyentes de Radio COPE. Hoy Jesús en su evangelio compara el reino de los cielos con un tesoro escondido bajo la tierra. La reacción del hombre que lo encuentra no parece la más virtuosa porque oculta su hallazgo al dueño del campo, y empeña sus bienes para comprar el terreno y quedarse con el tesoro con añadidura.
Sin embargo, con la ambiciosa reacción del personaje de la parábola, Jesús subraya por contraste el enorme valor que tiene el reino de Dios. Un tesoro cuyo descubrimiento debería llenarnos de alegría y también de un decidido afán por hacerse con él.
En realidad, el tesoro del cristiano por la perla preciosa a la que se refiere la siguiente parábola es Cristo mismo, que nos ofrece su amor y su amistad, por quien vale la pena posponerlo todo en jerarquía de nuestros afectos e intereses.
El tesoro es importante porque es el mismo Señor, el mismo que se abre, el mismo que llega a nuestra vida. Ojalá que al meditar el evangelio de este domingo nos preguntemos qué tengo que vender yo en mi vida para salvaguardar el tesoro que Cristo ha depositado en mi corazón.
Cosas tan sencillas como abandonar, por ejemplo, nuestros egoísmos, nuestras timideces como cristianos, el testimonio silenciado ante las gentes, nuestras vanidades, el mal carácter, la tacañería, las malas palabras, la falta de oración o de comunión con la Iglesia; pueden servir para seguir cultivando el campo de ese gran tesoro de nuestra fe que es Jesús mismo. Yo porque merece la pena intentarlo. Merece la pena intentarlo y que el Señor nos ayude a abrir el corazón para coger el reino que es fuente de alegría y promesa de salvación.
No caigamos en la tentación de quedarnos en lo que es secundario o accesorio o superfluo que no nos permita entrar de lleno en lo que es verdaderamente importante.
Miguel Ángel García