Muy queridos oyentes de radio COPE.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos pone ante el mismo misterio de Dios. Por tanto, nuestra actitud tiene que ser de contemplación y de alabanza. Tenemos que mantener actitud de los místicos, busquemos esa unión profunda con el amado de la que hablaba Santa Teresa de Ávila; ante Dios experimentamos nuestra pequeñez, nuestra debilidad y solo nos queda la contemplación silenciosa del misterio; y que de nuestros corazones surja la alabanza, el reconocimiento de la grandeza de Dios, expresándolo con todas nuestras facultades y sentidos.
En el Evangelio de hoy, se nos presentaba una clave de interpretación de toda la Sagrada Escritura: tanto ama Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Desde esta guía de lectura todo cobra sentido. Del Antiguo Testamento, Dios revela como uno, pero aparece también como distintas realidades, sabiduría, espíritu, padre, fuerza, guía de Israel.
El Nuevo Testamento ya encontramos una revelación más precisa de quién es Dios y es Jesús el revelador, Jesús nos ha mostrado el rostro del padre amado, se nos ha dado a conocer y Él nos ha dado un nuevo espíritu.
En el Nuevo Testamento, más que hablar de Dios como potencia, se habla de él como presencia verdadera, Dios, para ser amor tiene que ser alguien, y amar a alguien. El objeto del amor del Padre es que el Hijo y el amor entre ambos es el Espíritu Santo.
El amor auténtico solo se da entre personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu. Son personas y una única divinidad. Dios es comunión de personas y eres uno.
Jesús en su mandato misionero ordena bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, en el nombre de Dios.
Esta fiesta de hoy de la Santísima Trinidad es una fiesta de alabanza. No tiene otra finalidad que honrar y dar culto a Dios. No pretende que saquemos conclusiones morales. Nos invita a la alabanza y a la gratitud porque Dios es salvador.
En esta fiesta oramos de una manera especial por todos aquellos que consagran su vida en los monasterios, en las congregaciones, a la alabanza de Dios. Pedimos también por las vocaciones a la vida contemplativa.
Y pidamos al Señor que nos dé el santo temor de Dios, esperanza en su misericordia y hambre del pan de la Eucaristía. Que así sea.
Migue Ángel García