EL COMENTARIO DE ÁNGEL MARTÍN CARBALLO: «La mesa no es premio para perfectos , sino don que perdona y transforma»

Un saludo muy cordial a todos los oyentes de la Cadena COPE.

Celebramos el domingo vigésimo octavo del tiempo ordinario, y el Evangelio nos propone la parábola de los invitados al reino (Capítulo 22 del Evangelio de San Mate).

El reino de Dios Dios predicado por Jesús salta de una etapa de privilegios concedidos al pueblo judío hacia la etapa definitiva de la universalidad indiscriminada. Desde entonces ningún pueblo, cultura o civilización, tendría derecho a monopolizar para sí el adjetivo cristiano.

El evangelio recoge la imagen del banquete y le añade la urgencia de una respuesta. El reino de los cielos dice Jesús se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir.

Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran, tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto: venís a la boda.

El rey celebra la boda de su hijo y todo está preparado con cariño, pero los primeros invitados no quieren acudir. Unos quedan absorbidos por sus campos y negocios, otros reaccionan violentamente contra los criados. El drama está en la ceguera de quien considera más importante su propio mundo y desprecia la alegría ofrecida.

La invitación también se rechaza cuando lo inmediato ocupa todo el corazón . La negativa no detiene la fiesta. Los servidores son enviados a los cruces de los caminos y reúnen malos y buenos. La sala se llena con personas sin méritos previos ni títulos. La llamada es gratuita y universal. El reino no es un círculo reservado a los irreprochables. La Iglesia no puede vigilar la puerta como dueña del banquete. Ha de salir a las encrucijadas y anunciar que hay lugar para todos.

La escena del invitado sin traje de fiesta impide confundir gratuidad con indiferencia. Haber sido recogido en el camino, no autoriza a permanecer interiormente ajeno a la boda.

En la Biblia, el vestido expresa la condición nueva recibida de Dios. Revestirse de Cristo, que dice San Pablo en la carta a los Gálatas, dejar que la misericordia transforme conducta y relaciones.

La tradición bautismal reconocerá aquí la vestidura blanca de la criatura renovada. En cada eucaristía, el Padre convoca a la boda del hijo, la palabra, reúne a quienes estaban dispersos y Cristo se ofrece como alimento.

La mesa no es premio para perfectos , sino don que perdona y transforma. El banquete se abre gracias a la Pascua, el Hijo entregado y resucitado es a la vez anfitrión y alimento. Comulgar significa aceptar ser incorporados a su entrega revestidos de sus sentimientos y enviados a ensanchar la invitación.

Quedan las preguntas. ¿Qué asuntos o rutinas nos hacen desatender la llamada de Dios? ¿Qué ha cambiado de nosotros después de entrar tantas veces en la sala del banquete?

La celebración será verdadera si despierta gratitud, abre sitio al que llega desde los caminos y convierte la alegría recibida en compañía para quien atraviesa una cañada oscura.

Les deseo que pasen un feliz domingo todos. 

Ángel Martín Carballo