Muy buenos días a todos. Qué alegría encontrarnos un domingo más al abrigo de la Palabra de Dios, el trigésimo domingo del tiempo ordinario.
El Evangelio de hoy nos pone delante una pregunta antigua y a la vez muy actual: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».
Y Jesús responde sin rodeos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Y añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Dos mandamientos… pero un solo camino: el del amor. Qué fácil es hablar del amor… y qué difícil resulta vivirlo cuando tenemos delante a alguien que nos ha herido, piensa diferente, nos incomoda o que necesita de nosotros. Este Evangelio no es teoría. Es una llamada a convertir nuestra vida.
Jesús nos pregunta hoy: ¿A quién necesitas amar un poco más? ¿A quién necesitas perdonar? ¿Quién está esperando una palabra tuya, una visita, una ayuda? Quizá el prójimo no está lejos, en tu propia casa, sentado a tu lado.
El Evangelio de hoy nos presenta una imagen humana y llena de esperanza, nos habla del orgullo y de la humildad a través de dos hombres que suben al templo a orar: un fariseo y un publicano.
El primero entra erguido, contándole a Dios lo perfecto que es, mirándose a sí mismo. Y el segundo… se queda atrás, a lo lejos. Ni siquiera se atreve a levantar los ojos al cielo.
Qué lección tan buena para la vida cotidiana. En el día a día, nos cargamos de corazas. Nos exigimos, parecer fuertes, perfectos ante los demás y ante nosotros mismos. Nos da miedo mostrar nuestras grietas. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que Dios no busca vidas perfectas, sino que busca corazones sinceros.
Si hoy estás cansado o has fallado, acude a la oración tal y como estás, sin aparentar diciéndole a Dios: «Aquí estoy, me pongo en tus manos». Esta es una gran lección para nuestra vida personal y nuestra familia diocesana. Una comunidad de fe no es un grupo de personas perfectas, es un hogar con las puertas abiertas, una «casa de misericordia”. Caminemos juntos, todos, los que tienen una fe firme o los que avanzan a tropezones. Ninguno es más que otro a los ojos de Dios nuestro Padre. No estamos llamados a juzgar la vida del hermano que se sienta a nuestro lado, sino a sostenerlo y hacerle hueco.
Si estás cansado por los problemas de la semana, recuerda que no caminas solo, en cada rincón de nuestra diócesis, del mundo hay hermanos que rezan por ti, aunque no sepan tu nombre.
Que este domingo sea una oportunidad para perdonarnos recíprocamente y construir una Iglesia más cercana y acogedora. Recemos unos por otros y dejémonos abrazar por el amor de Dios. Hermanos tengamos un feliz, sereno y bendecido domingo en familia.
María Victoria Molina