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Mons. Cecilio Raúl
Berzosa Martínez

Mons. Francisco Gil Hellín.

Administrador Apostólico

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Raúl Berzosa: “Si importante fue la impronta dejada como intelectual y teólogo, mayor aún fue, sin duda, su testimonio profético que tanto marcó a decenas de sacerdotes de nuestras diócesis castellanas”

Querido hermano D. José, Obispo y amigo; queridos Vicarios y hermanos sacerdotes de la Diócesis de Salamanca y de otras aquí representadas; queridos familiares y amigos de D. Marcelino; queridos consagrados y consagradas; queridos todos:

Ayer, por la mañana, a través de D. José Manuel Vidriales, mi Vicario de Pastoral y discípulo y amigo personal del finado, me llegaba la triste noticia: ha fallecido D. Marcelino. Inmediatamente llamé a D. Florentino y me ofrecí a presidir esta Eucaristía, en ausencia de D. Carlos y otros hermanos obispos que se encuentran participando en la JMJ, en Polonia. Vaya por delante mi agradecimiento más sincero al Obispo de Salamanca por dejarme presidir esta celebración. Para mí es una verdadera gracia.

Al mismo tiempo que rezamos por D. Marcelino y damos gracias por su longeva vida, estamos siendo testigos de un evento histórico no sólo para la Diócesis de Salamanca sino para la sociedad y la cultura de hoy; porque se nos ha ido al cielo uno de los grandes pensadores salmantinos del siglo XX y uno de los más cualificados testigos y profetas del cristianismo de nuestros días; fue pastor vocacionado y místico agraciado. Con qué pasión gritaba: “¡Cristo! Cristo, nuestro principio; Cristo, nuestra vida y nuestra guía; Cristo, nuestra esperanza y nuestro término. Él solo. Ninguna otra luz. Ninguna otra verdad. Ninguna otra aspiración. Ninguna otra esperanza. Solo él. Exclusivamente él. Totalmente él”.

Recordamos que Don Marcelino nació el 9 de enero de 1935, en  San Esteban de Zapardiel (Ávila), y fue ordenado sacerdote el 19 de junio de 1966. Sirvió como párroco en varios pueblos de la Diócesis de Salamanca: Cubo de Don Sancho, Traguntía, Peralejos de Abajo, Peralejos de Arriba y Torrejón de Alba.

Las Lecturas litúrgicas de este domingo parecían estar escogidas para él. Como en la primera, tomada del libro del Génesis, D. Marcelino habló muchas veces al Señor, igual que Abraham, intercediendo por los suyos y repitiendo: “No se enfade, mi Señor, si sigo hablando”… Por eso, con toda justeza, D. Marcelino pudo exclamar en su vida lo cantado en el Salmo 137: “Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste”. La segunda lectura, de la Carta a los Colosenses, nos ha redescubierto la otra cara de D. Marcelino: no sólo su pasión por Dios, sino, al mismo tiempo, por los hombres sus hermanos. Con el Apóstol pudo repetir: “·Os doy la vida en Cristo y os perdono en su nombre”. Finalmente, ¡qué acertadamente le vienen a D. Marcelino, a modo de lema presbiteral, las palabras proclamadas hoy en el Evangelio según San Lucas: “Pedid y se os dará”. Me atrevo a añadir, parafraseando la Escritura y pensado en su vida: “Pedid con fe para los más pobres, y se os dará”.

Sin panegíricos innecesarios, recordamos que D. Marcelino destacó, antes de ser ordenado presbítero, como profesor de la Universidad de Salamanca, entre los años 1960 y 1970. De ese tiempo son sus trabajos sobre la antropología en Miguel de Unamuno, sobre X. Zubiri, y sobre tres temas de la filosofía griega: “Bien, Dios, y hombre”, como reflejan sus escritos de entonces y una reciente publicación de la Universidad de Salamanca, del año 2014. Su sobresaliente tesis doctoral versó sobre “El problema de Dios en Platón. La Teología del Demiurgo”, publicada por el CSIC, en 1963.

En 1970 abandonó la cátedra civil de filosofía y comenzó sus estudios de teología en Alemania. Su tesis doctoral, como es conocido, se tituló “La iglesia del Señor: un estudio de eclesiología paulina”, publicada en 1978; sobre el mismo tema aparecieron otros libros: “El evangelio de Pablo: esbozo de la teología paulina” (año 1977); “La Iglesia, familia de Dios en el mundo” (1978), y “Fraternidad en el mundo: un estudio de eclesiología paulina” (1978). En todas estas obras trató de unir el misterio de Cristo con su presencia en los pobres. De dicho compromiso, ya ejerciendo como párroco, nacieron también sus obras “Evangelio a los pobres” (1987); “Misericordia entrañable: historia de la salvación anunciada a los pobres” (1987); y “Luz de los pueblos” (1993). Memorables e irrepetibles también fueron sus tandas de Ejercicios para presbíteros, en Villagarcía de Campos, de las que nacieron libros como Ejercicio del Ministerio Sacerdotal” (1989) y “Aproximación a la Oración de Jesús” (1990).

Si importante fue la impronta dejada como intelectual y teólogo, mayor aún fue, sin duda, su testimonio profético que tanto marcó a decenas de sacerdotes de nuestras diócesis castellanas. Recuerdo haber hablado de ello con D. Joaquín Tapia y José Manuel Vidriales, entre otros.

Igualmente, ¡cuántos fieles laicos “cualificados” redescubrieron el cristianismo a través del testimonio evangélico y radical de D. Marcelino! Entre ellos, el filósofo Carlos Díaz quien, en diversas ocasiones, se ha atrevido a decir: “conocí a D. Marcelino en Munich, cuando estaba elaborando su tesis filosófica sobre Husserl. Recuerdo cómo, ante aquel brillante catedrático de filosofía en la Universidad de Salamanca, Hans Küng, y muchos otros, inclinaban la cabeza y decían Herr Professor. Era un hombre de una gran altura intelectual, que hablaba con fluidez griego clásico y que se hizo cura para servir a Dios y a Cristo en los pobres; en Munich decía misa a los emigrantes entre los cubos de la basura. A mí esa experiencia de la emigración y de los pobres me marcó toda la vida. Mounier y Marcelino Legido fueron decisivos en mi vida”. Y, el propio Carlos Díaz, como resumiendo el sello de D. Marcelino sobre su persona, también ha declarado: “Yo no soy pobre; no puedo ser pobre con la cultura que tengo. Pero ante los pobres me explico de rodillas y esa es la forma de implicarme, sin que esto quiera decir que tenga una actitud hagiográfica o pauperófila. Estar con los pobres significa compartir con ellos tu vida… El pensamiento hebreo es desde el corazón, desde la vida, desde el dolor: «me dueles luego existo». Es un cambio del paradigma ilustrado europeo, como ha enseñado y vive Marcelino Legido; y supone un estar aferrado a lo eterno: «Todo amor quiere eternidad, profunda eternidad”, decía Nietzsche:

Volviendo a D. Marcelino, recuerdo que, precisamente en este año, 2016, celebró sus bodas de oro sacerdotales. ¡Qué belleza de mensaje nos regalaron, en conjunto los homenajeados, cuando escribieron el 10 de Mayo lo que también, sin duda, hizo suyo D. Marcelino: “… A lo largo de los años transcurridos, hemos experimentado gozos y fatigas, noches oscuras y días iluminados, que nos han acercado más al verdadero significado del ministerio apostólico… El mar en el que echamos las redes primeras era muy distinto al que nos toca hoy seguir faenando. Seguramente que aquellas redes están tan gastadas que no valen para recoger la cosecha de esta hora, pero el encargo sigue siendo el mismo aunque tengamos la dura experiencia de haber estado toda la noche sin recoger ni un solo pez. La invitación sigue actualizada y con apremio: ‘Remad mar adentro y echad la redes para pescar’ (Lc 5,4). La victoria de la Resurrección del Señor, nos impulsa a poner nuestra vida, nuestro presente y nuestro futuro, en las manos del que como Buen Pastor nos sigue susurrando al oído: ‘No me elegisteis vosotros a mí. Soy yo el que os he elegido a vosotros. Y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante y duradero… Lo que os mando es esto: que os améis unos a los otros’… Y, ‘pastoread mis ovejas’ (Jn 15,16-17 y 21, 17)”.

¡Qué regalo tan amorosamente providencial hizo el Señor a la Diócesis de Salamanca, y a toda nuestra Iglesia, con la vida, la obra y el magisterio de D. Marcelino Legido! El “Sólo Jesucristo y su Evangelio”, las fraternidades presbiterales y apostólicas, la Iglesia como familia, y el servicio a los pobres, han quedado como legado y reto, al mismo tiempo. ¡Qué bien encajan con el magisterio de nuestro querido Papa Francisco, que vuelve tan actual el mensaje profundo de D. Marcelino! Particularmente llega al corazón, y se adelantó a Evangelii Gaudium, cuando D. Marcelino hablaba de vivir el cristianismo en “pequeñas fraternidades en el mundo de los pobres… Porque, pesar de las diferencias, en las pequeñas fraternidades somos todos uno. Todos nos sentimos unidos como hijos y hermanos en una misma familia y en una misma casa. Con la fuerza del amor cristiano, encontrado y compartido, marcharemos después al mundo para transformarlo, mientras esperamos al Señor. Necesitamos ahondar en esta vida de fraternidad para la misión en lo pequeño y entre los pobres”.

De todos las comunidades que fueron testigos de la vida de D. Marcelino, destaco dos: el Cubo de Don Sancho y el Monasterio franciscano del Zarzoso, como las dos caras inseparables de su experiencia: acción y contemplación. Estoy seguro que el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Dios de la Misericordia Entrañable, le habrá perdonado todos sus pecados y culpas y le habrá dicho: “Ven siervo humilde y fiel”.

Finalmente, porque creo en la comunión de los santos, y como una especie de herencia imperecedera, me atrevo a resumir y formular el testamento espiritual de D. Marcelino, basándome en su propio testimonio, recogido en la Revista “Acontecimiento”, en el año1994. ¡Que D. Marcelino me perdone esta osadía! Así enseñaba a las gentes sencillas:

De la filosofía griega hemos aprendido que hay que “serse para darse”. Ser uno mismo para poder darse… El individualismo y el mercantilismo destruyen la persona. Estamos asistiendo a algo terrible: el hemisferio sur de la humanidad se mancha cada vez más de sangre y el hemisferio norte, de basuras… La multinacionales, con el endiosamiento del capital, han cambiado la filosofía griega: ya no es “serse para darse” sino “darse para serse”. Uno es lo que tiene y la felicidad se pretende comprar con dinero… Los dueños del capital ya tienen solución para la sangre derramada del sur y para las basuras del norte: que no se tengan hijos, en un caso, y que los basureros estén bajo tierra, en el otro… En nuestro pueblecillos llega el momento de experimentar una nueva existencia, una nueva comunidad y familia, una nueva tierra: “el no serse para darse”, la nada, al estilo de Hijo de Dios que no se hizo para darse, sino que se vació, se perdió y se entregó. Es la kénosis. En la Carta a los Corintios leemos que el Padre ha elegido la nada de este mundo, para que aparezca la “gracia”, y ha elegido a la gente que no vale, que no tiene poder ni dinero, sin cultura y marginada. En la nada, en el no-ser, en los basureros existenciales crecen las flores… Es algo extraordinario: el no-serse, el desvivirse para pasarse a otro y para que otros se sean y se pasen. ¡Lo que más vale es la nada de este mundo!… Lo escribió San Pablo: “Si alguno es en Cristo, si alguno tiene la mano sobre la suya abierta, herida y encendida, entonces es ya un hombre nuevo; lo viejo pasó, todo ha llegado a ser nuevo”. Esto sería como una brecha en el muro, como la siembra del grano de trigo, sin portazos ni desplantes, sin golpes y sin violencias, sino sembrándose uno mismo. Esto es precioso: la humanidad, como la tierra, está llena de vida, pero si el grano no muere no habrá pan. Al sembrarse, al romperse, toda la fuerza de la tierra pasa al grano de trigo, y el grano la acoge y la transforma y se convierte en un puñado de granos. Esto es sobrecogedor, es una caricia y una nueva primavera… Las grandes transformaciones de la historia, los grandes cambios, han venido así… ¿Se podría sembrar en los pueblecillos, en el corazón de su historia esta nueva manera de ser hombre y de vivir en comunidad; esta nueva manera de trabajar y pensar y de descubrirse a uno mismo? – Claro que sí. Hay varias maneras de sembrarse: si el grano lo dejo en la panera nunca se convertirá en pan blanco… Si el grano queda en la superficie de la tierra, tampoco es manera de sembrar… Si me siembro en un envoltorio de plástico, que pueden ser mis libros o mi mundo, tampoco acojo el latido vivo de la tierra y no me transformo en pan blanco porque sólo germino en los míos, en mi propio ambiente… ¿Y si me siembro en la tierra desnuda?- Me tengo que morir. Los escrituristas dicen que entre el grano de trigo que se pudre y la espiga no hay continuidad: es algo nuevo, inesperado y milagroso, como la vida misma… Para que la vida germine hay que empequeñecerse al máximo… ¿Y qué sucede si un grano de trigo se junta con otro un poco mayor que tiene heridas abiertas?… ¿Y si uno se siembra en las heridas de Jesús?… – Entonces puede acoger los gritos y esperanzas, los latidos de la historia de la humanidad en sus heridas… Las grandes brechas se han abierto con un puñado de vidas… ¿Y si hubiera en nuestros pueblos una o dos personas sembradas en las heridas de Jesús?- Cada cual tiene que tomar sus decisiones y sus caminos, sabiendo que el camino de Jesús está abierto… Que nadie tenga miedo… No estamos siguiendo el camino de las reivindicaciones o del poder… En el abismo de la nada tiene que darse una creación nueva. En un texto de San Marcos se cuenta la parábola de semilla que crece sola; se siembra y crece sola. Y, de la tradición sinóptica, me encanta la parábola del grano de mostaza. De una semilla pequeña crece un arbusto para que cualquier ave en vuelo hacia los nuevos cielos y la nueva tierra se cobije en la noche y tenga un trozo de pan, un cancionero y un libro… Intento apasionadamente buscar una senda donde la gente no tenga que morirse de hambre ni avergonzarse de ser hombre”.

¡Qué fuerza y qué frescura transmiten las palabras de D. Marcelino, el militante místico y el espiritual comprometido! Cuántas veces he escuchado: “Es admirable pero no imitable”. Ahora afirmo que es “admirable e imitable” con la fuerza del Espíritu; el mismo que le sostenía y animaba como evangelizador itinerante de este Pueblo y de esta Tierra.

Muchas gracias a quienes tanto quisísteis a D. Marcelino y tanto cuidásteis de él, especialmente en los últimos años en esta casa sacerdotal. El Señor os pague lo que ni sabemos ni podemos hacer.

Concluyo como no podía ser de otra manera: pidiendo a D. Marcelino que ruegue al Dueño de la Mies que nos envíe nuevas y apasionadas vocaciones al ministerio sacerdotal.

Y, para quienes quedamos peregrinando en este nuevo siglo casi recién estrenado, con la fuerza del Espíritu y la intercesión de los santos, nuestros hermanos mayores, y de María, Estrella de la Evangelización, pedimos que no nos falten la dimensión mística de D. Marcelino, su sentido de fraternidad, su amor sano y sincero a la Iglesia, y su compromiso por los más pobres. Serán como una brújula segura para caminar en este cambio de época y así favorecer la conversión personal-institucional-pastoral a la que nos invita el Papa Francisco; y nos servirá para sembrar de “futuro y esperanza” la Asamblea Diocesana en la que estáis embarcados en esta querida Diócesis de Salamanca.

Seguimos encomendando a D. Marcelino y nos encomendamos a él, en Jesucristo, a Quien tanto amó, Quien dio sentido a la enfermedad y a las noches oscuras de sus últimos años, y por Quien gastó toda su vida. ¡Que un día en el Reino Eterno volvamos a encontrarnos todos los presentes! Amén.

 

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

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