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Pascua y  elecciones

         Los ciudadanos españoles, a partir del mes de marzo de 2015, estamos convocados a diferentes elecciones. Como pastor, y con honestidad, me atrevo a resumir en cuatro puntos principales lo que se puede afirmar. Lo primero, la obligación moral de votar. La política es cosa de todos. En las democracias, el voto ciudadano es insustituible, aunque no sea la única forma de participación. No votar por dejadez, comodidad o simple negatividad, no es justificable. No hay que identificar, sin más, “democracia” con “partidos”; ni partidos con corrupción generalizada. La política, y el ser político, es una “altísima vocación” que busca el bien común (Evangelii Gaudium, n. 205).

Lo segundo, la iglesia católica que peregrina en España, ya desde la llamada “transición”, no apuesta por un partido concreto y determinado. En este sentido, los católicos militan en diversos partidos y votan, pluralmente, en conciencia y libertad.

En tercer lugar, ningún partido político, con sus programas, agota las exigencias del Evangelio ni de la Doctrina Social de la Iglesia. Por dicha razón, en cada momento histórico, y en cada elección (municipal, autonómica, general), los católicos deben leer y meditar los programas políticos y, al mismo tiempo, valorar a los políticos que los representan.

Y, finalmente, los obispos españoles siempre han recordado a los católicos cuáles son algunos de los principios y valores a los que no renunciamos: así, la defensa de la vida, desde su concepción hasta su final; la defensa del matrimonio, entre hombre y mujer, y de la familia; el derecho de los padres católicos a elegir formación religiosa, en la escuela, para sus hijos; la defensa de todos los derechos humanos, incluido el de sana libertad religiosa, en sus manifestaciones privadas y públicas; la búsqueda de la paz entre pueblos y del bien común; el diálogo y la reconciliación social; la lucha contra el fraude y la corrupción; la solidaridad entre las naciones ricas y pobres; y, el desarrollo integral de los más pobres y necesitados, aquí y fuera de nuestras fronteras, a los que el Papa Francisco se atreve a calificar de “sobrantes, invisibles y descartados sociales”. Una doble anotación final: por un lado, la iglesia no emite juicios políticos sino morales. Por otro lado, cuando firma Acuerdos con los Estados, no busca privilegios para sí, sino los medios y las maneras para mejor servir a la sociedad. Cuando se ataca o se ningunea el cristianismo, salimos perdiendo todos.

Tras la Semana Santa, entraremos en tiempo Pascual. Se nos regala un bello mensaje: ni el sufrimiento, ni el pecado, ni la muerte tienen la última palabra: es posible una sociedad nueva de hombres y mujeres nuevos. Dejemos que el Espíritu de Pentecostés nos renueve. Algunos de los frutos de dicho Espíritu son la paz, la concordia, la libertad, la alegría, la esperanza. La solidaridad y la fraternidad. Necesarios más que nunca. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo.

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