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Homilías

Raúl Berzosa: “Sí, queremos poner tu diaconado en manos de San José y, de alguna manera, celebrar con mayor solemnidad el Día del Seminario”

        Querido D. José, hermano y amigo obispo; muy queridos miembros de este presbiterio de Ciudad Rodrigo y los llegados de otras partes; queridos diáconos y seminaristas; queridos señores rectores y formadores de nuestros seminarios; querida familia de D. José Efraín; queridas consagradas; queridos todos:

Hace unos días recibí una invitación de D. José Efraín, que, entre otras cosas, decía así: “Con gran alegría os comunico que recibiré el sagrado Orden del Diaconado… En este momento tan importante de mi camino vocacional, me gustaría contar con vuestra oración y, si es posible, también con vuestra presencia”.

        Querido José Efraín, aquí nos tienes, con nuestra oración y con nuestra presencia, para lo que tú nos pedías: acompañarte en esta meta importante de tu camino vocacional, si Dios quiere, hacia el presbiterado. Estamos muy contentos y nos unimos a tu canto del Magnificat.

Es Cuaresma; muy cercanos ya a la Semana Santa. Podíamos haber esperado a celebrar esta ordenación en tiempo pascual, pero el secreto y justificación de hacerlo hoy lo señalabas en tu misma invitación: la imagen de San José. Sí, queremos poner tu diaconado en manos de San José y, de alguna manera, celebrar con mayor solemnidad el Día del Seminario, siempre colocado bajo la advocación de tan entrañable y querido santo. Sabes que cuentas con su especial protección; y sé que eres muy devoto de él. No lo dejes; no te fallará nunca.

Me centro en las lecturas litúrgicas de este quinto domingo de Cuaresma. En la primera, el profeta Jeremías mira hacia el futuro y anuncia lo que se cumplirá como historia de salvación. Esta lectura forma parte del llamado “libro de la consolación de Israel”, tras la caída de Samaría y. más tarde, de Judá. El profeta anuncia que todo será reconstruido y que el Dios Vivo sellará una alianza en el interior de cada corazón. Esa misma alianza será la fuerza para cumplirla. Lo aplico, querido José Efraín, sin mayores detalles ni pretensiones a tu misma persona: para ti, este camino vocacional, no ha resultado fácil, humanamente hablando. Muchas veces, por diversas circunstancias, has estado tentado de desánimo y de cierta desesperanza y, sin embargo, en el corazón, el Señor de la llamada te ha seguido otorgando siempre consuelo y fuerza para seguir caminando.

Con el Salmo 50 todos, también tú, querido José Efraín, hemos reconocido que somos pecadores y que necesitamos ir trasformando “nuestro corazón de piedra en corazón de carne” para hacer siempre la voluntad de Dios y para una entrega sincera a los demás.

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Raúl Berzosa: “Estamos aquí para dar gracias a Dios por los 85 años de la existencia de un hombre bueno y sencillo, creyente y trabajador, familiar y sociable”

Muy queridos hermanos sacerdotes, especialmente, D. Gabi; querida familia de D. Tomás: Isabel, esposa, e hijos: Antonio, Inmaculada, Jesús Andrés; queridos familiares todos; queridas consagradas, especialmente las Hermanitas de los Ancianos Desamparados; queridos feligreses de esta parroquia del Salvador y de aquellas que os habéis querido unir a esta familia en este día tan señalado.

Desde que D. Tomás sufrió el grave accidente cardio-vascular, este Obispo que os habla, como tantos otros sacerdotes y feligreses civitatenses, hemos estado rezando con fe por él; conscientes de lo que nuestro querido D. Gabi nos informaba día a día: “La situación es extremadamente grave”. La noche del lunes, finalmente, nos llegaba la triste noticia: “Mi padre ha subido al cielo”. Gracias, D. Gabi, por tu fortaleza, en medio de tanto dolor, y por la información puntual durante este último recorrido de tu padre.

Estamos aquí, hoy, para dar gracias a Dios por los 85 años de la existencia de un hombre bueno y sencillo, creyente y trabajador, familiar y sociable.  Y, sobre todo, una persona muy colaboradora y activa en esta parroquia del Salvador. Aquí, permitidme la licencia, tengo incluso que añadir que las parroquias “separaban” al matrimonio: Doña Isabel, tiraba más a San Cristóbal y don Tomás al Salvador. Está bien que se reparta el buen hacer y los ministerios recibidos. Al fin y al cabo, es la misma y única Iglesia del Señor. En otro orden de cosas, y ya más en serio, no importa cómo han discurrido los últimos años de su vida. Hay que hacer, a la luz de Dios, una relectura de toda una existencia. Y, el balance, sin duda, es muy positivo. Además de dar gracias por D. Tomás, recemos por él. Como repetimos, desde la fe en la comunión de los santos, si él necesitara de nuestras oraciones, el Señor se las aplicará generosamente; si no las precisara, repercutirán, no menos generosamente, en todos nosotros. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Tenemos que fortalecer todo aquello que ayude a la comunión y fraternidad presbiteral” 

Queridos Rectores y Formadores de los Seminarios Diocesanos, queridos Seminaristas, queridos todos:

Muchísimas gracias por el esfuerzo grande de participar en este Encuentro de Seminaristas Mayores de la Región. Estamos muy satisfechos de haberos acogido en esta pequeña Diócesis. Sentiros como en casa.

Dejo el comentario a las ricas y sugerentes lecturas de la Liturgia de hoy, no sin antes desear que ojalá se hiciera realidad lo escuchado en la primera lectura: “Nos hemos sentido perdonados y que el Señor ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar”. Para poder cantar como hemos repetido con el salmo 102, “El Señor es compasivo y misericordioso”. Por haber sido perdonados, entendemos mejor y podemos cumplir lo relatado en el Evangelio de San Lucas, puesto en boca del Padre Bueno: “Este hermano tuyo estaba muerto ha revivido”.. En el tema que estáis tratando, el “de las fraternidades apostólicas”, nunca seáis “hermanos mayores, orgullosos y recelesos”, sino “Padres buenos y acogedores” y, si fuere el caso, “hijos menores”.

Vuelvo al tema de la fraternidad sacerdotal. Los últimos Papas han venido subrayando su decisiva importancia para los presbíteros. Por mi parte, os voy a repetir, en lo sustancial, lo que expresé a nuestro querido presbiterio diocesano, en su convivencia navideña, el día 27 del pasado mes de Diciembre.

El fundamento, teológicamente hablando, de la fraternidad sacerdotal se encuentra en una triple e inseparable comunión: comunión viva y real con Jesucristo; comunión afectiva y efectiva con el obispo y el presbiterio; y comunión con todo el Pueblo de Dios que peregrina en cada iglesia particular. Esta comunión no es algo superficial o meramente externo, sino que radica en la misma identidad sacerdotal, en su ser. Así leemos en Presbiterorum Ordinis (n. 8): “Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, se unen entre sí por una íntima fraternidad sacramental; especialmente en las diócesis, a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo, formando un solo presbiterio”. Leemos, igualmente, en Lumen Gentium (n. 28): “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, y esta comunión debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad, tanto en lo espiritual como en lo material, tanto en lo pastoral como en lo personal”.

Aunque lo más decisivo, en la comunión fraterna, es la fundamentación sacramental, esta misma comunión fraterna exige una misión común. Nos recordaba, también, Presbiterorum Ordinis (n.8) que, aunque la actividad pastoral sea diversa y plural, en realidad “ejercemos un solo ministerio sacerdotal en favor de los hombres”. Lo subrayo: la variedad de actividades pastorales, y de circunstancias concretas de la misión de cada presbítero diocesano, no pueden hacernos olvidar ni ocultar que existe una sola comunión y una sola misión con los demás presbíteros.

La íntima fraternidad, y la misma y única misión, comportan actitudes concretas en cada presbítero, a saber: sentir como propias las preocupaciones y urgencias pastorales de toda la Iglesia; suscitar vocaciones al sacerdocio ministerial; y acoger y socorrer a los más hermanos más necesitados. Los sacerdotes no trabajamos sólo nuestras “parcelas eclesiales-parroquiales” sino que formamos parte de un todo diocesano, y edificamos  un mismo tejido eclesial amplio y universal. De aquí nacen las fraternidades sacerdotales que nos ayudan a vivir la caridad pastoral.

Por todo lo anteriormente expuesto, la comunión y fraternidad sacerdotal, han de fortalecerse y deben crecer día a día. San Juan Pablo II, en el discurso a los sacerdotes de Quito (año 1985) subrayaba: “No podéis vivir ni actuar de forma aislada. Con la ayuda de todos los sacerdotes, diocesanos y religiosos, debéis construir un único presbiterio, como si fuera una verdadera familia o fraternidad sacramental; un presbiterio como lugar donde cada sacerdote encuentre todos los medios específicos para su santificación y evangelización. Vuestro presbiterio llegará a ser signo eficaz de santificación y evangelización cuando se reproduzcan en él las características del Cenáculo, es decir, la oración y la fraternidad apostólica entre nosotros y con María, la Madre de Jesús”. D. Antonio Ceballos repetía con razón: “volvamos siempre al Cenáculo”. Y me atrevo a añadir: ser y vivir la comunión y fraternidad sacerdotal implican experimentar, entre nosotros, las virtudes y actitudes que nos recuerda también y con tanta claridad, de nuevo, Presbiterorum Ordinis (n. 8): la hospitalidad, la beneficencia, la comunión de bienes, la solidaridad con los enfermos, la ayuda a los afligidos y solitarios…

El pasaje de Mt. 25, en el examen final, también se nos aplicará a los presbíteros en cuanto presbiterio. Y esto conlleva, orar unos por otros, la práctica de la corrección fraterna y fraternal, la ayuda en la dirección espiritual y en el recibir el sacramento de la reconciliación y de la penitencia, los encuentros conjuntos de formación y de convivencia lúdica, y la ayuda concreta en aquellos oficios y encomiendas que el Obispo y la Iglesia nos ha confiado.

Concluyo: fortalecer, corregir y potenciar las fraternidades sacerdotales. Tenemos que fortalecer todo aquello que ayude a la comunión y fraternidad presbiteral; tenemos que corregir lo que rompa o menoscabe dicha comunión y fraternidad; y tenemos que asumir y potenciar, con coraje y creatividad, las nuevas formas cotidianas y diocesanas de comunión y fraternidad. Todo ello, y a su manera, ya desde el Seminario… Así se lo pido al Espíritu que hará posible, un día más, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Santa María Virgen, Madre de los sacerdotes y de los seminaristas, y Santos Presbíteros y seminaristas, rogad e interceded por todos nosotros.

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

Raúl Berzosa:  “Me quedo con su bondad y su generosidad hacia tantas personas, me consta que fue ampliamente correspondido. Dios siempre paga la generosidad directamente, o a través de otras personas”

Querido hermano y amigo obispo, D. José; queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Andrés, párroco; queridos familiares directos de D. Enrique: María Aurora, hermana, y José, Paloma y Yolanda, Jorge y Enrique; queridas consagradas, especialmente las Hermanitas de los Pobres Desamparados, queridos todos, los de aquí y los llegados de fuera: sed bienvenidos.

Justamente ayer, al concluir la primera meditación del Retiro que estaba impartiendo a las Madres Carmelitas de Ciudad Rodrigo, me llegó la triste noticia del fallecimiento de D. Enrique a través de la Madre Superiora de la Residencia de San José. Inmediatamente me presenté en el Centro Médico de Ciudad Rodrigo. Recé la recomendación del alma, delante del cadáver, todavía caliente de D. Enrique; y le impartí la absolución y mi bendición. ¡Descanse en Paz y que el Señor le haya abierto las puertas del cielo, como a siervo fiel y entregado!

Ha fallecido en tiempo de Cuaresma, preparación a la Resurrección Pascual del Señor. Hemos escuchado en las primeras lecturas de este tiempo litúrgico, lo que hicieron los hermanos de José con él, símbolo de lo que harían con el Señor mismo; como Él nos ha narrado en la parábola del Evangelio, según San Mateo: “mataron al heredero”, al que da la Vida. Y, sin embargo, como hemos cantado con el Salmo 104, “siempre recordaremos las maravillas del Señor”, que fue bueno y misericordioso con nosotros. Estas lecturas, se pueden aplicar a caca uno de nosotros y a nuestro querido y admirado hermano D. Enrique. La vida no es fácil ni está exenta de zancadillas y tropiezos. En el caso de D. Enrique todo lo supo superar con fortaleza y con elegancia. Gracias a que era, también, un hombre recio y probado, de mucha fe, y hasta con sano humor. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Vivid de verdad la fraternidad! Esta casa, donde hay tantas hermanas enfermas, será un cielo o un infierno, dependiendo de vosotras” 

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente quienes atendéis esta Comunidad; querido Padre Asistente; querido Sr. Delegado de la Vida Consagrada; querida comunidad de Madres Agustinas, especialmente Sor Fátima Mariene del Sagrario y Sor Escolástica de Jesús Nazareno; queridas madre Presidenta y madre Priora de Jerez; queridas consagradas; queridos padrinos, D. José y Doña Isabel; querida Coral agustiniana; queridos todos:

En verdad, éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Salmo 121). ¡Cristo nos ha llamado, elegido y consagrado. Gocemos y alegrémonos con El! No hace falta subrayar que, como Obispo, estoy muy contento de poder celebrar esta doble profesión solemne de Sor Fátima Mariene del Sagrario y Sor Escolástica de Jesús Nazareno.

Os diría muchas cosas, pero necesariamente tengo que ser breve porque los gestos y las palabras de esta Liturgia ya son muy ricas y elocuentes. Así, como las lecturas que acabamos de escuchar. En la primera, del Libro de Samuel, quisiera aplicar para vosotras, queridas profesas, su misma expresión, que también hemos repetido en el Salmo 39: “Aquí estoy porque me has llamado… Habla que tu siervo escucha”. La segunda lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, resumía vuestra vida en dos caras o dimensiones: por un lado, “dar testimonio de la resurrección del Señor Jesús”; y, por otro lado, “vivir en comunidad teniendo un solo corazón y unas sola alma”. Finalmente, el Evangelio de San Marcos os adelanta el premio a vuestra vida, si permanecéis fieles en ella: “En esta vida recibiréis cien veces más… y, en el futuro, la vida eterna”. ¡Felicidades hermanas! Vuestra mejor respuesta a esta Palabra de Dios la encuentro en vuestra invitación, asumiendo palabras de San Agustín: “El corazón del que ama ya no es suyo; lo dio al Amado”.

Además del rico mensaje de la Sagrada Escritura, ¿qué más os diría con mis pobres palabras?… En primer lugar, y sinceramente, os quiero dar las gracias por haberos decidido a dar este paso tan decisivo en vuestras vidas, lejos incluso de vuestras familias de sangre. Amparadas, eso sí, por vuestra comunidad, por vuestros padrinos y por tantos bienhechores de esta casa. ¡Es la riqueza y la belleza de la catolicidad de la Iglesia!

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Raúl Berzosa:  “El agradecimiento al Dios de la Llamada por haber suscitado tan buenos ministros en esta pequeña Diócesis civitatense; y, por otro lado, pedir a D. Marcelino que haga de mediador y valedor, ante el Dios de la Mies, para que nazcan nuevos y santos sacerdotes”

 

 

Querido hermano y obispo, D. José; queridos hermanos sacerdotes; queridos familiares de D. Marcelino; queridas monjas del Zarzoso y consagradas; queridos todos:

Justamente hacía una semana, desde el Domingo anterior, que llevaba D. Marcelino en el Hospital Clínico, con una grave enfermedad cardiaca. Ayer, por la mañana, recibí la noticia a través de D. Antonio, vuestro párroco: D. Marcelino había subido al cielo, a celebrar con Jesucristo, el Único y Eterno Sacerdote, esa liturgia que no tendrá fin.

Es lo que hemos escuchado en las lecturas de hoy: en la primera, tomada de la Carta a los Hebreos, se nos habla del sentido que tiene el sacerdocio común cristiano y el específico ministerial, como el de D. Marcelino. Con el Salmo 109 hemos cantado “Tú eres sacerdote para siempre”. Porque un sacerdote lo es para toda la eternidad y, mientras peregrina, o está ya en el seno de la Trinidad, sigue intercediendo por los suyos, por los que siempre amó mientras ejerció su ministerio, como es el caso de D. Marcelino. Finalmente, en el Evangelio de San Marcos, se nos recuerda el misterio profundo del que vive todo sacerdote, también D. Marcelino: de la Eucaristía, de hacer presente y vivo a Jesucristo, hoy y aquí, como alimento y sentido de nuestras existencias.

No me alargo en el rico significado de las lecturas de hoy y vuelvo a D. Marcelino. Os confieso que quise verle la semana pasada en el Clínico pero, tanto D. Isidoro – que me mantenía fiel y puntualmente informado- como su sobrina – con la que hablé por teléfono- me lo desaconsejaron por lo delicado de su situación y por estar con visitas muy restringidas en la UVI. Tuvo, según me informaron, episodios muy graves y, otros, de relativa mejoría, en los que incluso no perdió el humor que le caracterizaba. Y, por supuesto, estaba preparado espiritualmente para todo lo que pudiera suceder. Y lo aceptaba, cumpliendo la voluntad de Dios con ello.

  1. Marcelino ya ha cumplido su peregrinaje y ha llegado al seno de la Trinidad de donde salió. Nosotros, estamos aquí para dar gracias a Dios por un sacerdote muy querido y una larga vida: 83 años. Nació en Fuenteguinaldo en 1935 y fue ordenado sacerdote en 1959. En el Seminario tuvo fama de “piciero y juguetón” y, como siempre lo fue más tarde, de excelente y alegre compañero. En su curriculum he podido leer que fue profesor de religión en el Colegio de La Fuente de San Esteban, ya en 1971; y, desde 1980, profesor de Religión y Moral Católica en la Centro de Formación Profesional también de La Fuente de San Esteban. Amplió su docencia, en 1987, cuando se le nombró, en aquella misma localidad, Profesor de Formación religiosa en el Centro Municipal de Bachillerato.

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Raúl Berzosa: “Tenemos que tener sana la garganta, pero sobre todo la lengua”

Queridos hermanos sacerdotes, queridos Cofrades, queridos todos.

El Señor, con su gracia, nos ha concedido celebrar un año más la memoria de San Blas, muy próxima a la de San Antón, con cuya vida tiene muchos puntos en común.

Recordamos que San Blas vivió entre los siglos III y IV. Fue un hombre recto y probado en virtudes como la caridad, la mansedumbre, la piedad, o la castidad… Incluso tenía conocimientos médicos. Es elegido obispo de la ciudad de Sebaste (Armenia) y, en lugar de residir en ella, prefiere vivir en la montaña, en eremitorio. Allí lo visitan los animales a los que el santo trata con respeto y hasta cura. Los saldados, que iban de caza,  descubren la cueva y, como eran tiempos de persecución, lo arrestan. En el largo camino, el santo convierte a muchos paganos y realiza sus conocidos milagros. El primero,  un muchacho que tenía una espina clavada en la garganta. A Blas se le reconocen poderes de taumaturgo y se le nombra intercesor en enfermedades de garganta; también en Francia, àra enfermedades de los ojos; y, en Alemania, para enfermedades de vejiga. El segundo milagro, es la restitución de un cerdo a una viuda a quien se lo había arrebatado un lobo. Esta mujer, agradecida, cuando el santo está en la cárcel, le lleva la cabeza y las patas del cerdo, además de otros frutos, semillas y cirios. Blas los acepta pidiendo que en el futuro su memoria se celebre con los mismos objetos. Por eso, también es protector de los animales domésticos y de las cosechas. Curiosamente, el día 3 de Febrero coincidía con la primera siembra y se bendecían las semillas y los campos.

Finalmente, en la cárcel, Blas consuela a quienes van a ser mártires. El gobernador Agrícola le dice: “Ya conoces el dilema: o sacrificar o morir”. Blas responde: “No os canséis; no hay otro Dios que Jesucristo. Los demás son dioses falsos”.

Según las tradicionales Actas de Mártires, Blas sufrió el martirio por decapitación, tras una serie de torturas, entre las que se cuenta la descarnadura con cardas e incluso  el caminar milagrosamente sobre las aguas de un lago en el que Agrícola pretendía ahogarlo. Habría sufrido el martirio junto a siete mujeres y siete niños, hijos de una de éstas

Nuestro Santo Aparece en la iconografía vestido de obispo, a veces con carda de hierro en la mano; otras, con la curación del niño, o incluso con la devolución del cerdo. El más típico signo es el de las “velas cruzadas” en recuerdo del rito instituido por él. Es muy venerado en el mundo rural y, como San Antón, rico en refranes populares: “Por San Blas, la cigüeña verás y, si no la vieres, año de nieves… Por San Blas, una hora más… San Blas cura la garganta al joven que come y no canta… Por San Blas siembra ajos y de ellos comerás…Por San Blas higuera planta e higos comerás… Si hiela por San Blas, treinta días más”…

Al celebrar esta memoria, San Blas nos pide, al menos, cuatro cosas, para imitar las virtudes de su vida: lo primero,  coherencia en nuestra vida hasta al final, aunque vayamos contracorriente y nos cueste el martirio. En segundo lugar, practicar una vida austera y sencilla, guiados por la Palabra de Dios. En tercer lugar, una sincera entrega a los demás para hacerlos el bien y siempre viendo su lado bueno y hablando bien de ellos. Tenemos que tener sana la garganta, pero sobre todo la lengua. Y, finalmente, respeto a la naturaleza y a los animales, que son regalo del Creador.

Nada  más; damos gracias al Dios de todos los dones por este Santo y por todos los regalos que nos hace; encomendamos a nuestros enfermos, particularmente a quienes vamos a regalar la gargantilla bendecida; y pedimos por todos los presentes, para que podamos celebrarlo con salud el próximo año. Muchas gracias a los Mayordomos y Cofrade por mantener viva  la memoria de San Blas.

Que el Santo os siga bendiciendo y pagando lo que, humanamente, ni sabemos ni podemos hacer. Para todos, mi afecto y mi bendición especial en este día.

+ Cecilio Raúl, Obispo

Raúl Berzosa: “Hermanas, vivid cada día más y mejor el testimonio de la fraternidad en vuestras comunidades”

Queridos hermanos sacerdotes, muy queridas consagradas, queridos todos:

Este año, el día de la Vida Consagrada tiene como lema. “Encuentro con el amor de Dios”. El Amor de Dios, que está inseparablemente unido a su manifestación visible y patente en Jesucristo, nuestro Señor, el Esposo. Desde el inicio de esta celebración, tenemos un recuerdo muy especial para la hna. Dolores, de las Misioneras de la Providencia que subió al cielo el pasado día 30 de Enero. Nos dejó un excelente ejemplo de lo que es vivir y trabajar como consagrada. ¡Descanse en paz y sea nuestra mediadora, desde la comunión de los santos!

Narra el Evangelio de hoy que Simeón no sólo pudo ver al Mesías, sino que tuvo el privilegio de abrazarlo y, por eso, se le llenó el corazón de alegría. Su canto, el Benedictus, es el de un hombre de fe que, al final de sus días, proclama que la esperanza en Dios nunca decepciona.

Permitidme que en este día de la Vida Consagrada, comience con un sincero agradecimiento sobre todo a las más mayores y ancianas. En cierta manera, somos herederos de su fe, de su fidelidad y de sus sueños. Ellas nos están diciendo, como Simeón, que la esperanza no defrauda, que merece la pena la entrega de toda una vida en especial consagración. ¡Gracias, hermanas!

Precisamente, a la luz de las consagradas mayores superamos una doble tentación: la de la eficacia y la de la mera supervivencia. La eficacia que nos hace, al ser menos y más débiles, caer en la desesperanza y en la tristeza. Y la mera supervivencia que nos vuelve egocéntricos, reaccionarios y miedosos. Y, lo que es peor, el añorar tiempos pasados que nunca volverán…

Las mayores nos enseñan cuál es el don de la vida de especial consagración: sobre todo, la profecía. Un profeta consagrado siempre tiene el corazón joven y esponjado por el Espíritu y es capaz de convertir las dificultades, y las cruces de la vida, en oportunidades de gracia, de crecimiento y de misión.

Simeón no se miró a sí mismo, ni a los problemas y achaques de su edad: miró al futuro, porque miraba al Mesías y al Pueblo. He aquí también tres claves muy importantes y decisivas para la vida de especial consagración: mirada de futuro o de kairós y gracia, porque el tiempo no es sólo el cronológico sino tiempo de salvación; mirada siempre a Jesús, el Mesías, el Esposo y el Centro de nuestras vidas; y mirada al Pueblo, para servirle y hacerle que palpe la alegría de nuestra misión evangelizadora. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Fue una mujer auténtica, de una gran vida espiritual; Dios era su centro, con una gran entrega a los demás, sobre todo a sus alumnos, escuchando, comprendiendo y tendiendo la mano siempre a quien lo necesitara” 

Queridos hermanos sacerdotes, queridas Hermanas Religiosas Misioneras de la Providencia, queridos familiares de la Hna. Dolores, queridos todos, profesores, alumnos y padres:

Justamente el Domingo pasado, en el Patio del Colegio de Ciudad Rodrigo, antes de emprender la marcha de la Santa Infancia, me comentaron que la Hna. Dolores había empeorado mucho en su salud. Recé en silencio por ella y me atreví a decir esta oración en mi interior: “Nosotros hoy caminaremos hacia Ivanrey y ella, Señor, muy pronto caminará a tu presencia. Ayúdala y acógela como lo que siempre fue: sierva buena y fiel”.

¡Qué suerte, la de la Hna. Dolores, a pesar de la cruz de los últimos años! Desde muy joven, supo elegir el tesoro más precioso y preciado de la Vida: al Señor, como Esposo. Y se consagró a Él y, en Él, a los demás, especialmente con este carisma de la Enseñanza.

Esta misma mañana, sus Hnas. de comunidad me enviaban una breve reseña de la vida de Hna. Dolores, que deseo compartir con todos los presentes:

La Hermana Mª Dolores Acevedo Llopis nació en La Granja (Cáceres), el 18 de marzo de 1932. Muy pequeña se trasladó con su familia a Salamanca donde permaneció toda su infancia y juventud.

Realizó sus estudios en el Colegio de las Siervas de San José hasta comenzar la carrera de Magisterio en la Normal. Perteneció a la Acción Católica femenina, y frecuentaba las reuniones de jóvenes dirigidas por el  Fundador de la Congregación, Don Joaquín Alonso, que era en aquellos momentos el consiliario de la Acción Católica femenina.

En estas reuniones comenzó a sentir la llamada del Señor y, dirigida por Don Joaquín, hizo la opción más importante de su vida: entregarse a Dios por entero en la vida de especial comnsagración. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “La Infancia Misionera es, sobre todo, una escuela de fe y solidaridad”

Tras la marcha se celebró la Eucaristía en Ivanrey.

Queridos hermanos sacerdotes, queridos niños, queridos papás, queridos todos:

Hemos venido caminando desde Ciudad Rodrigo. ¡Y ya es el octavo año que lo hacemos! ¿Por qué? – Porque es La Jornada de Infancia Misionera; la gran fiesta misionera de los niños. En este año, 2018, La Infancia Misionera cumple 175 años de vida. En su origen se llamó “Santa Infancia”, como quiso su fundador, Mons. Forbin-Janson, en 1843.

¿Qué es la Infancia Misionera? – Sobre todo, una escuela de fe y de solidaridad. Nos enseña, a los más pequeños, a dar testimonio de nuestra fe y a ayudar a los misioneros que atienden a los niños más necesitados y que tanto sufren en muchas partes del mundo. ¡

¿Qué se nos pide a los niños cristianos en este día?… – Tres cosas:  lo primero, rezar por los misioneros  para que nunca les falte la fuerza de Dios y, al mismo tiempo, rezar por los niños que ellos atienden con tanto cariño; segundo, donar nuestros pequeños ahorros porque los misioneros necesitan ayuda para poder cumplir sus tareas evangelizadoras y de promoción humana y social; y, lo más importante: ser nosotros mismos pequeños misioneros… Por eso, el lema de este año es muy bonito: “Atrévete a ser misionero”. ¿Qué queremos decir con este lema?…

“Atrévete…”, porque muchas veces los niños “os picáis” unos a otros diciéndoos: “¿A qué no te atreves?”… ¿A qué no te atreves en esta ocasión?… – A lanzarte a la misión, a dar el salto a lo que venimos repitiendo: a ayudar a los misioneros y a los niños que están en las misiones, y a ser tú mismo misionero. Para ello, te tienes que apoyar en un gran Amigo, que nunca falla: Jesús, que fue el primer y gran misionero. Y Jesús Niño, presente en ti desde el día de tu Bautismo, quiere que seas sus ojos, su corazón y sus manos. Ojos, corazón y manos de Niño… ¿Y por qué no soñar que, tal vez algún día, Dios también te quiere como misionero y gastar toda tu vida en la misión?…

¿Sabéis Quién mueve de verdad la Misión y los corazones de los misioneros? – El Espíritu Santo, que es la fuerza más grande de Dios. Este Espíritu nos hace vencer todos los males y todas las dificultades. ¡Nos hace ser muy atrevidos! Y, lo más importante: cambia a las personas por dentro, y nos hace vivir “no para nosotros mismos”, de forma egoísta, sino vivir según lo que Dios quiere de nosotros y poder cambiar el mundo para que sea más humano y más fraternal. Como las dos cosas que estamos celebrando en la Eucaristía de hoy: al mismo tiempo, la presencia de Jesús entre nosotros y el ser comunidad de personas que se quieren de verdad. ¡Qué suerte! Damos gracias a Dios por todas las cosas buenas que en nuestra vida nos ha regalado. Y, sobre todo, le damos gracias ¡porque somos misioneros atrevidos!

+ Cecilio Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

El obispo presidió la Eucaristía.

Reunión Arciprestazgo

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