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«Las Unidades Parroquiales

en una Iglesia Evangelizadora»

 

(Objetivo Pastoral del curso 2011-2012)

 

 

SALUDO E INTRODUCCIÓN

 

A los presbíteros, religiosas y laicos

de la Diócesis de Ciudad Rodrigo

 

Las Unidades Parroquiales son una necesidad sentida tanto en nuestra Diócesis como en muchas otras Diócesis españolas. Nuestro querido D. Atilano, antes de marchar a otro destino, así me lo expuso también con claridad. Incluso él venía ya trabajando un material que sirviera de referencia para la programación del curso 2011-2012 y del cual me he servido.

Cuando hablamos de Unidades Parroquiales, no se trata sólo de “hacer de la necesidad virtud”, sino de apostar por el futuro de nuestras Iglesias en clave evangelizadora, como nos ha vuelto a solicitar el Papa Benedicto XVI para hacer de nuestras comunidades “escuelas de santidad, de comunión y de misión”.

Las Unidades Parroquiales no son “fines en sí mismas” ni soluciones definitivas, sino mediaciones evangelizadoras y pastorales. Gracias a ellas, y si sabemos asumirlas, se puede afirmar que estaremos en un momento histórico y privilegiado (“Kairós”) para realizar, entre otras realidades, una adecuada redistribución del clero; para favorecer fraternidades sacerdotales y apostólicas (presbíteros-laicos-religiosos); para despertar vocaciones, ministerios, y funciones en todo el Pueblo de Dios (y hacer real el funcionamiento de las Juntas y Consejos pastorales y económicos); y para desarrollar una oportuna y razonable redistribución de recursos materiales (templos, casas y centros parroquiales…).

Como se subrayó en el Consejo de Pastoral, del día 25 de Junio de 2011, y en el Consejo Presbiteral, del 27 de Junio, sobre este tema de las Unidades Parroquiales se reflexionó hace ya cinco años en los diversos arciprestazgos de nuestra Diócesis, con materiales elaborados, principalmente, por el arciprestazgo de Águeda, y, había sido anteriormente estudiado, en Villagarcía de Campos, en el XXI Encuentro de Arciprestes del año 2002.

No es necesario reiterar que sigue siendo válido el mapa-diseño de Unidades Parroquiales aprobado hace años y desde donde se ha venido trabajando pastoralmente en los últimos años con resultados muy desiguales. Sigue siendo punto de partida, lugar de referencia imprescindible y motivo inevitable de revisión.

Sólo me resta añadir que las Unidades Parroquiales se enmarcan, como no podía ser de otra manera, dentro de la urgencia de la nueva evangelización a la que estamos llamados.

Esta Carta Pastoral se divide en tres partes. En la primera, asumiendo material de Mons. Atilano Rodríguez, haremos una breve y sucinta valoración de la andadura diocesana de los últimos cinco años. En una segunda parte, abordaremos el tema de las Unidades Parroquiales, dentro del marco más amplio de la nueva evangelización. Y, finalmente, señalaremos algunas propuestas pastorales, concretas para el curso 2011-2012, inspiradas también en el legado de Mons. Atilano Rodríguez.

Apelo a vuestra generosidad y disponibilidad, especialmente de los presbíteros, y agradezco de antemano los desvelos y servicios en favor de esta Iglesia civitatense.

Que Santa María, y nuestros patronos San Sebastián y San Isidoro, nos sigan ayudando y acompañando para renovar nuestra ilusión y nuestra alegría cotidianas.

Con afecto, en Jesucristo,

+ Raúl Berzosa,

Obispo de Ciudad Rodrigo

 

15 de Agosto de 2011

 

A.- MEMORIA PARA LA ESPERANZA,

por Mons. D. Atilano Rodríguez.

 

Recordando una andadura…

En la carta pastoral “Alegres en la esperanza” (2005-06) y, pensando en la necesidad de sensibilizar a todos los miembros de nuestra Iglesia diocesana sobre las Unidades Pastorales, señalaba que era preciso no olvidar los objetivos pastorales de años anteriores como gran marco de actuación, y añadía que en la puesta en práctica del objetivo pastoral contamos siempre con la gracia de Dios y con la acción constante del Espíritu. Por lo tanto cualquier proyecto pastoral, como puede ser la constitución de las Unidades Pastorales, no debe ser nunca para los cristianos una imposición, sino el fruto maduro de una convicción nacida y reflexionada en la contemplación de la comunión Trinitaria, en la escucha de la Palabra de Dios y en la oración. Solo de este modo podremos progresar en la conversión para impulsar cualquier proyecto pastoral, superando el miedo a lo desconocido.

Durante este mismo curso pastoral, al plantearnos la sensibilización sobre las Unidades Pastorales, veíamos que estas no son un invento moderno, sino que todos las Iglesias de Europa llevan más de veinte años trabajando sobre el tema y dando pasos para la constitución de estas Unidades Pastorales con el fin de seguir evangelizando ante una nueva realidad social y cultural, ante la despoblación del mundo rural y ante el descenso en el número de sacerdotes. Pero, sobre todo, se ve la necesidad de la constitución de las Unidades Pastorales como una concreción de las enseñanzas eclesiológicas del Concilio Vaticano II, del nuevo Código de Derecho Canónico y de los posteriores documentos pontificios sobre la eclesiología de comunión.

Breve evolución del trabajo pastoral en los últimos cinco años

Sin entrar en muchas profundidades, podemos decir que durante los cinco últimos años siempre se planificó la actividad pastoral teniendo como horizonte el objetivo de las Unidades Pastorales. Para la consecución de este objetivo veíamos que, aunque la constitución de las Unidades Pastorales requiere una organización a partir de unos presupuestos jurídicos, lo más urgente era la conversión al Señor de todos los miembros de la comunidad diocesana, para que asumiesen con gozo la misión evangelizadora, desde la vivencia de la fraternidad: “Sin mí nada podéis hacer”.

Partiendo de aquí, y pensando en llenar de contenido espiritual, eclesial y apostólico el trabajo pastoral de los años siguientes, el curso pastoral 2006-07, después de reflexionar en el Consejo del Presbiterio y en la reunión de Delegados Diocesanos, así como en el Consejo Pastoral Diocesano con la mirada siempre puesta en la constitución e impulso de las Unidades Pastorales, tomamos la decisión de fijar nuestra atención y nuestro trabajo durante los años siguientes en algunos aspectos básicos y prioritarios de la espiritualidad cristiana.

Concretamente nos propusimos un trabajo pastoral para cinco años, teniendo en cuenta los siguientes objetivos a trabajar y programar en los años siguientes:

-Profundizar en el conocimiento de la persona de Jesucristo, como fundamento de la vida cristiana y de la evangelización

-Ahondar en la misión de la Iglesia concebida como misterio de comunión

-Dar un nuevo impulso a la transmisión de la fe y a la formación cristiana de adultos

-Cuidar las celebraciones litúrgicas en las que el Señor viene a nosotros para avivar la fe, la esperanza y el amor

-Repensar la dimensión social y caritativa de la fe cristiana teniendo especialmente en cuenta a los hermanos más necesitados

Estos fueron los cinco objetivos pastorales, a los que hemos dedicado especial atención en la programación pastoral de los cinco últimos años. Con este planteamiento pensábamos que sería posible llegar a descubrir que las Unidades Pastorales no son un simple deseo del obispo o de un grupo de presbíteros, sino un proyecto querido por Dios, que debemos construir entre todos desde la vivencia de la comunión eclesial, renovando nuestra fe y nuestra respuesta a Dios desde la espiritualidad y la formación, celebrando la fe en los sacramentos y concretándola en el amor incondicional a todos nuestros hermanos, especialmente a los más pobres.

Por todo lo expuesto anteriormente, se impone de nuevo una conclusión: Durante el Curso 2011-2012 pongamos nuevamente la mirada en las Unidades Parroquiales, con el fin de consolidar lo que sea válido, de rectificar lo necesario y de abrir nuevos caminos de esperanza.

 

B.- “LAS UNIDADES PARROQUIALES EN UNA IGLESIA EVANGELIZADORA”,

por Mons. Cecilio Raúl Berzosa

 

Cuando se cumplen más de 40 años del Vaticano II, y de la publicación de la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes”, comienzo esta exposición con alguna frases lacerantes como dardos:

• “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas” (Mario Benedetti).

• “Hacer una y otra vez lo mismo esperando respuestas diferentes, es una locura” (Einstein).

• “En el Evangelio no se dice tanto cómo deben ser las ovejas (que se las acepta tal y como son) sino cómo deben ser los pastores” (Carmen Pellicer).

 

Y en el horizonte, una frase del Apóstol San Pablo: “Fui hallado por quienes no me buscaban; me manifesté a quienes no preguntaban por mí” (Rm, 10,20). Todo un reto y una esperanza.

Después de cinco años de programación pastoral, hemos hecho un necesario alto en el camino. No para instalarnos como los viejos, cansados y resignados. Ni siquiera para comenzar de cero como los adolescentes. Sí para compartir, y para ser lúcidos en nuestra revisión, haciendo realidad el salmo 136: no es tiempo de llorar con nostalgia del pasado, ni de colgar las cítaras en señal de protesta, ni de despeñar a los niños como signo de fanatismo o fundamentalismo, ni siquiera de limitarnos a cantar lo políticamente correcto, domesticando la fuerza del Evangelio. Conscientes, además, que no existen recetas o fórmulas mágicas en pastoral, sino orientaciones para una nueva evangelización, buscando caminos de misión.

En cualquier caso, tenemos que realizarnos una triple pregunta para seguir caminando: “¿Dónde estamos?”… “¿Qué caminos queremos seguir recorriendo?”… “¿Qué llevar en nuestra mochila de viaje?”…

 

1.- ¿DÓNDE ESTAMOS?…

Respondemos, sin dudarlo, en un cambio de época y en una nueva cultura emergente, que viene adjetivada como “postcristiana, postmoderna-ultramoderna, neoliberal-globalizadora”. No me detengo, ya que existe amplia literatura sobre ello. Un subrayado: se viene afirmando como un dato cierto que España es ya “tierra de misión e incluso neo-pagana. Las preguntas se multiplican:

1.-Ante el reto del cambio cultural, ¿seremos Pentecostés o Sinagoga?…

2.-Ante el reto de la comunidad misma, ¿qué forma organizativa? ¿Qué rol asumirán las diversas vocaciones y estados de vida? ¿Qué ministerios y funciones dentro de ella?…

3. Ante el reto de ser, sentirnos y hacer como cristianos, ¿qué fraternidades, qué equipos apostólicos, qué evangelización?…

4.-Ante el reto de la realización personal y comunitaria, ¿qué proyecto vital y cristiano?… ¿Qué comunidad parroquial?…

5.-Ante el reto de una nueva espiritualidad, ¿qué rostro debe ofrecer el cristianismo de hoy?… ¿Qué claves de espiritualidad de encarnación?…

6.- Ante los nuevos retos pastorales y evangelizadores, ¿seremos “residuo o resto” del Señor?… ¿El pueblo de la memoria o el pueblo del olvido de Dios?…

1.1. Algunos retos pastorales en nuestras comunidades y en nuestra diócesis…

1) En general, tenemos la certeza de haber pasado de una sociedad tradicional, “cristiana” y articulada desde cierta estabilidad familiar, a una nueva sociedad más concentrada en la zonas urbanas, plural, secularizada, en la que la transmisión de fe ya no viene garantizada por la familia ni favorecida por el ambiente, tan permeable a nuevas ideologías y costumbres de matriz ambiguo, ecléctico y hasta abiertamente no cristiano.

2) Escasez de vocaciones al ministerio pastoral y progresivo envejecimiento del clero. Se escuchan con frecuencia que los pastores se sienten “viejos y cansados”. Existen algunos intentos débiles de fraternidades sacerdotales y de corresponsabilidad en forma de equipos apostólicos entre presbíteros-laicos-religiosos.

3) En general, aunque se abren pasos a esquemas más evangelizadores y de misión, seguimos primando acciones de “mantenimiento”, en el mejor sentido de la palabra (atención a los fieles más practicantes, cultivo de la religiosidad popular, etc.). Los jóvenes y adultos de edades medias son los grandes “ausentes” de nuestros entornos eclesiales. Se necesita redescubrir el sentido de una pastoral “integral”.

4) Es cierto que ha crecido la sensibilidad de una Iglesia más samaritana y de opción por los más pobres, pero en general no existe una adecuada vertebración diocesana de la pastoral social. Cáritas sigue sin verse como el organismo eclesial privilegiado para la articulación de la pastoral social y de la caridad, y la Iglesia en conjunto (bases e institución) ha perdido peso y presencia pública y social. Son necesarios análisis lúcidos para un verdadero anuncio y, en su caso, denuncia proféticos.

5) En cuanto a las actitudes de los pastores, los catequistas y los agentes de pastoral, viejos y cansados y cada vez en menor número, ante la nueva situación, buscan un complejo equilibrio entre “benevolencia pastoral y acogida entrañable a todos” y una “sana exigencia y coherencia de vida cristiana” (militancia y compromiso). Es necesario unir exigencia y misericordia, atender a la masa y a la élite cualificada. Se habla de no caer en la “escatología benévola”: si existe el cielo, todos estamos salvados (Olegario G. de Cardedal).

6) En el mundo rural, de manera tímida, y sin cuajar en fórmulas jurídicas más radicales, comienzan a diseñarse las “Unidades parroquiales” con dos objetivos principales, al menos: dar respuesta más adecuada a la creciente despoblación y falta de presbíteros, y un favorecer los equipos apostólicos y fraternidades sacerdotales. En el mundo urbano también deben reforzarse las “Unidades de Comunión y Misión”.

7) El tema de los nuevos movimientos eclesiales con su compleja inserción en la Iglesia diocesana y en las comunidades parroquiales. Por una parte, se detecta en dichos movimientos, “enfermedades de niñez” (absolutización del movimiento, complejo de superioridad, exuberancias de los neófitos, poca formación, clausura en el propio movimiento, poco compromiso exterior), pero, al mismo tiempo, se detectan en nuestras comunidades “enfermedades de vejez”(instalación y poco esfuerzo de conocimiento profundo y apertura en los pastores, prejuicios, rígida y uniforme concepción de la comunidad parroquial, cuadriculada programación pastoral, desconfianza de los carismas…).

8) La necesidad de colaboración estable y organizada de los fieles laicos y religiosos con el ministerio apostólico. El Vaticano II habló “de cooperación unánime en la obra común” (LG 30).

9) El protagonismo inevitable de las comunidades cristianas de referencia (para realizar una pastoral integral y de conjunto). Todo ello desde una familia como Iglesia doméstica, de una parroquia como comunidad de comunidades, de clásicas formas de vivir la especial consagración (religiosos e institutos laicales), de nuevos movimientos como laboratorios de vida comunitaria, y de los arciprestazgos y zonas para estrechar la comunión y la corresponsabilidad, en y para la misión; equivale, de nuevo, en otras palabras, a vertebrar lo institucional con lo carismático, lo territorial con lo sectorial (atención a personas y a comunidades).

10) Hay que superar los “déficits espirituales” (“vivir como si Dios no existiera”); los del síndrome del “funcionario” (ateísmo y desapego afectivo en lo cotidiano y en el obrar en relación a Dios); los “déficits eclesiales” (desafección eclesial: “Cristo, sí, Iglesia no”); y los déficits pastorales (como si el cristianismo tan sólo fuera una gran ONG de la caridad y los templos sólo sirvieran para actos culturales).

Ante éstas, y otras realidades, necesitamos seguir profundizando en cuatro reestructuraciones “evangelizadoras” en las Diócesis:

1.- La territorial: nuevas parroquias y Unidades Parroquiales, nuevos arciprestazgos.

2.- La pastoral: de conjunto y vertebrada, integral y evangelizadora.

3.- La comunión o de sinodalidad: nuevas comunidades –incluida la familia- y consejos a todos los niveles sin olvidar la integración de los nuevos movimientos eclesiales.

4.- La espiritual-eclesiológica: una mística cristiana, que bebe de las fuentes genuinas de la revelación y en línea con el Vaticano II y con el espíritu y la letra de la nueva evangelización.

 

1.2. ¿De qué hablamos hoy, cuando hablamos de evangelización?…

Al hablar de Evangelización, el Vaticano II y “Evangelii Nuntiandi” manifestaron con claridad que la iglesia no es para ella misma, sino para evangelizar; y que debería implicarse activamente en la lucha por la justicia, la paz y el desarrollo integral de las personas y de los pueblos, desde las claves del Evangelio.

Juan Pablo II y Benedicto XVI, sin olvidar lo anterior, hablan hoy, como se ha querido titular el reciente Sínodo convocado, de “La nueva evangelización para la transmisión de la fe”; es decir, llevar a los hombres y mujeres de hoy a Dios, especialmente a los más alejados, porque vivimos “como si Dios no existiera”. Con una advertencia: sólo los hombres y mujeres “tocados” por Dios serán capaces de abrir el corazón y la mente de nuestros contemporáneos a Dios. En resumen, “la nueva evangelización, en el nuevo contexto, exige que la Iglesia sepa discernir los signos de la acción del Espíritu, orientando y educando sus expresiones, en vista de una fe adulta y consciente hasta alcanzar la plena madurez en Cristo” (Ef 4,13) (Lineamenta Sínodo NE, 21).

1.3. Presupuestos irrenunciables y fundamentación teológico-eclesial-pastoral.

Para una nueva evangelización y para situar las Unidades Parroquiales, hablamos de tres realidades inseparables: Cristo (desde donde se es); el Reino-Iglesia (en donde se es); la sociedad de hoy que debe ser evangelizada (para donde se es).

Hablar de Jesucristo (desde donde somos) es afirmar que nuestra identidad y misión profundas consisten en hacer presente, aquí y ahora, el misterio total de Jesucristo, que remite a la Comunión Trinitaria, en cuanto es el Hijo de Dios y no un simple fundador de una religión; remite al Reinado de Dios, como invitación a vivir, personal y comunitariamente, el Amor, la Vida y la Comunión; remite, finalmente, a vivir los cuatro munus o realidades del mismo Jesucristo: Sacerdote, profeta, rey y sanador-salvador.

Nuestra vocación personal y comunitaria es la de configurarnos con Jesucristo y ser Buena Nueva del Reino; ni Reino sin Rey; ni Rey sin Reino.

En este mismo sentido la Iglesia crece en las mismas dimensiones del misterio de Cristo: comunión, evangelización o anuncio, celebración y compromiso.

Cuando nos referimos a la sociedad (para donde somos), nos situamos en nuestra tierra, con una población decreciente y envejecida, mayoritariamente rural, con comunidades sin presencia permanente del sacerdote y con movilidad geográfico-social, tanto en forma de éxodo rural y exigencia laboral, como de retorno puntual-estacional para “recuperar las raíces” en diversas estaciones y eventos festivos puntuales.

Al referirnos a la Iglesia (en donde somos), recordamos que estamos en una realidad eclesial Trinitaria. En efecto, la Iglesia, desde el Padre, es Pueblo de Dios; desde el Hijo, Cuerpo y Esposa de Cristo; y desde el Espíritu Santo, templo y presencia salvífica de Dios. El Vaticano II definió la Iglesia como Sacramento de comunión para la misión, con un reconocimiento y potenciación de los ministerios, carismas, funciones, estados y vocaciones con los que el Espíritu enriquece a su Iglesia y la edifica. En el postconcilio, se ha redescubierto el carácter de Iglesia-Sinodal, traducido en comunión-corresponsabilidad y misión-evangelización. Finalmente, en Iglesia en Castilla, se subraya que la Iglesia es Escuela, donde todos aprendemos de todos, es Hogar, donde todos nos sentimos a gusto; y es Taller de proyectos y evangelización.

Con los presupuestos eclesiológicos anteriores, nuestras Diócesis desea seguir promoviendo una pastoral de conjunto y vertebrada, de comunión y misión.

Pastoral de conjunto no equivale a un conjunto de pastorales realizadas, de forma yuxtapuesta e individual, sino vertebrada. Más que métodos o técnicas (que son necesarios) indica un espíritu de comunión y de misión, sin miedo a afrontar los nuevos retos y a abrir, con fidelidad y creatividad, caminos nuevos.

Supone, también, una pastoral profunda y renovada: ni sólo de mantenimiento-conservación (nostalgia-seguridades); ni sólo intimista o espiritualista (escapismo fideísta); ni sólo popular-horizontalista (como si se tratase de una ONG religiosa); ni sólo de apariencia o de cirugía estética (“de marketing”).

La pastoral de conjunto tampoco es: una complicación innecesaria; ni ahogar personalidades o sana creatividad; ni es una simple moda; ni mucho menos distorsiona o trata de suplir al Espíritu Santo o la “realidad y misión sobrenatural” de la Iglesia.

Sí es, sobre todo, un modo de trabajo responsable, serio y organizado; un trabajo pastoral y evangelizador que, con la ayuda del Espíritu Santo, quiere ser eficaz para responder a los nuevos retos de hoy; un medio permanente de renovación eclesial para salir de individualismos; es como “un espoleo” para reciclarnos y formarnos constantemente; y ayuda a un crecimiento personal y comunitario; y debe traducirse en un plan concreto, con objetivos y acciones programadas, seguidas y evaluadas. Con unas leyes pastorales siempre actuales (deducidas, en algún modo, de “Gaudium et Spes”): gratuidad (“sembrar sin esperar recompensa”), gradualidad (por etapas o procesos), contradicción o paradoja (todo es don y esfuerzo), y sabernos siempre “siervos inútiles”.

Además de ser una verdadera pastoral de conjunto y renovada (donde nos sentimos implicados todo los miembros del Pueblo de Dios), debe ser:

– Integral: para todo hombre y para todas las dimensiones del hombre.

– Orgánica+vertebrada: Diocesana, en el mejor sentido de la palabra.

– De sectores (personas) y de ambientes (sociológicos).

– De presencia (institucional o comunitaria) y de mediación (testigos).

– Evangelizadora: que se traduce en un proceso dinámico, rico, complejo, que se desarrolla gradualmente y se estructura en tres grandes etapas o acciones: misionera, catequética y pastoral.

Acción misionera: es el punto de arranque de la evangelización. Se sitúa en el mundo de los no creyentes y de los alejados (bautizados que han perdido el sentido vivo de la fe o su pertenencia a la Iglesia, (Redemptoris Missio, 33). Presenta dos modalidades principales: Por un lado, acción misionera con los más alejados o, sencillamente, de primer anuncio. El anuncio viene, ante todo, por el testimonio de la vida y por un lenguaje vivo y creíble (Cate. Adultos, 41). Por otro lado, acción misionera con los “otros alejados de la fe”, los que tienen un rescoldo o fondo religioso que alimentan ocasionalmente. Se deben aprovechar las experiencias nucleares, provocar explícitamente el kerigma, y suscitar adhesión inicial. ¿Qué requiere la acción misionera? – Una mentalización o sensibilización; una apuesta e inversión en recursos humanos y materiales; en las Diócesis, potenciar dicha acción misionera o de primer anuncio; y, lo más decisivo, desarrollar una pedagogía adecuada.

Acción catequética: es un proceso continuado de Iniciación cristiana, con una catequesis en forma de catecumenado y de formación permanente, para poner en contacto y en intimidad con el misterio de Cristo, e insertarnos cada vez más activamente en la Iglesia y en su misión (DGC 80; 85;88).

Acción pastoral: “La acción misionera es la voluntad y deseo de edificación de una iglesia comunión y comunitaria. En resumen, la acción catequética es como el esqueleto o cimiento del edificio; la acción pastoral es la consolidación y edificación del edificio. La acción pastoral se denomina también comunitario-pastoral, dirigida a los fieles cristianos que han sido ya iniciados en la fe y los convierte en evangelizadores” (Cate. Adultos, 38).

 

2.- ¿QUÉ SEGUIR LLEVANDO EN LA MALETA?…

Valiéndome de algunas imágenes, en nuestra mochila o maleta de viaje no deben faltar:

– Una Silla con cuatro patas: comunidad, anuncio, celebración y compromiso.

– Una Medalla, con dos caras: Rey + Reino.

– Una Brújula, bien orientada:

Norte: amor apasionado a Jesucristo

Sur: eclesialidad

Este: formación+oración

Oeste: compromiso y presencia pública

Y un mapa o GPS, que comporta, ante todo, una eclesiología “sana”; no “deficitaria”. En este sentido, hay que superar “los déficits eclesiológicos”, que es lo más contrario a la absolutización de una postura o a la contraposición de posturas. Denunciamos algunas posturas no correctas:

La de quienes quieren contraponer una iglesia evangelizadora (del anuncio) frente a una Iglesia sacramentalizadora. Anuncio y sacramento se complementan y necesitan. Tampoco podemos enfrentar una iglesia denominada democrática frente a otra autocrática. La comunión eclesial exige mucho más que cualquier forma democrática: exige fraternidad y rompe los moldes autoritarios.

No tiene sentido tampoco contraponer una Iglesia carismática (también llamada popular y de pequeños grupos o comunidades) frente a Iglesia institucional (o jerárquica y de masa). La única Iglesia sabe potenciar ministerios y carismas, vocaciones y funciones, al servicio y edificación común.

Finalmente, ¿qué sentido tiene contraponer una iglesia profética frente a una iglesia cultual? El profeta, cuando lo es de verdad, sabe que la transformación de la realidad viene desde el proyecto de Dios, no sólo humano. Y el sacerdote, cuando lo es de verdad, sabe que el culto que ofrece no es algo separado de la vida y de la realidad social, sino desde dentro de ella para transformarla.

La Iglesia es Una, Santa, Católica, Apostólica, Romana. Y, a la vez, misterio de comunión para la misión en permanente estado sinodal y martirial, porque “tener la verdad es comenzar a sufrir; defenderla, comenzar a morir” (Peguy). Por ser la Eucaristía el corazón de la iglesia, por eso mismo la Iglesia ofrece dos caras o dos dimensiones inseparables: la visible y la invisible. Es una paradoja. Y, por ser visible, en su relación con la sociedad, muestra siempre “un equilibrio inestable”. Tan pronto el Estado se convierte en perseguidor como ciertos hombres de Iglesia tratan de usurpar derechos al Estado. Con una advertencia: la Iglesia no es una potencia humana o material ni sus objetivos son los de este mundo. Porque “aunque vive en la carne, no combate según la carne” (Henri De Lubac).

Será el Espíritu quien marque una vez más las grandes y cotidianas sendas por donde caminaremos en el nuevo milenio. A nosotros, como dice el Evangelio, nos toca ser sencillos y dóciles como palomas, pero astutos y arriesgados como serpientes, para saber y poder discernir lo que es adelantar y ayudar el Reino de lo que son simplemente intereses personales o de grupos con deseos de enfermizo protagonismo o insano poder. También en la Iglesia es una tentación.

 

3.- ¿QUÉ CAMINOS DE MISIÓN A RECORRER?…

Sin duda, dos caminos: Los conocidos (“de mantenimiento renovado”), y los nuevos (“con coraje y con atrevimiento, remando mar adentro”, ¡Duc in altum!, como repetía Juan Pablo II”). Recordamos que “la Nueva Evangelización es sinónimo de misión, de ampliar los horizontes. La NE es lo contrario de la autosuficiencia y el repliegue sobre sí mismo, o de una concepción pastoral que retiene suficiente continuar el hacer las cosas como siempre han sido hechas… La Iglesia llama a las propias comunidades cristianas a una conversión pastoral, en sentido misionero, de sus acciones y de sus estructuras” (Lineamenta, Sínodo NE, 25).

 

3.1. Los caminos conocidos: parroquias y Unidades Parroquiales, comunidades, algunos movimientos, asociaciones y expresiones de piedad popular…

Parroquias y Unidades parroquiales:

Aunque trataremos expresamente sobre el tema de las unidades parroquiales, sí es oportuno recordar que las parroquias, hoy, están llamadas a ser: comunidad de comunidades, donde tenga cabida el número grande y pequeños grupos; donde puedan trabajar equipos de sacerdotes e incluso formar equipos de vida, además de equipos apostólicos, integrados por laicos, consagrados y presbíteros; se debe dar prioridad de la catequesis familiar y a la formación de adultos; que exista la posibilidad de un verdadero catecumenado y de procesos serios de iniciación cristiana; que se conozca el entorno y se posibilite el anuncio del kerigma casa por casa; que se promuevan ministerios y funciones laicales y se facilite la integración de los carismas de especial consagración; que se preste mucha atención a los gestos de micro y macro caridad (lo asistencial y lo promocional). En resumen, una parroquia no “feudal ni clerical”, sino abierta y en contacto permanente con arciprestazgo y diócesis.

En cuanto a los nuevos movimientos, se solicita que estén integrados en las parroquias, evitando los dos extremos, de los que se ha hablado anteriormente: “enfermedades de niñez-adolescencia” (propias de los movimientos) y “enfermedades de vejez” (más propias de las parroquias). Y, en lo referente a las asociaciones y expresiones de piedad popular, que no pierdan su identidad, evitando se conviertan en “religión popular”.

En cuanto a algunas respuestas concretas en la pastoral ordinaria, desde el espíritu de la nueva evangelización, y sin grandes teorías, me atrevo a subrayar algunos problemas cotidianos y concretos:

1. Existe un número creciente de familias que, al no estar presionadas por el ambiente, no sienten ya la necesidad o se descuidan a la hora de pedir el sacramento del Bautismo para sus hijos. Habrá que poner en marcha nuevas iniciativas pastorales para llegar a dichas familias.

2. En cuanto a la disminución de niños bautizados, viene compensado en cierta medida por la inmigración latinoamericana, mayoritariamente católica. Nos reta a una adecuada atención pastoral.

3. La Primera Comunión, para muchos niños, casi resulta la única. Ni siquiera es ya el sacramento de la Confirmación el final del ciclo.

4. La Confirmación se encuentra en plena decadencia. Se interfiere con el reto permanente de la pastoral juvenil.

5. Revalorizar el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación, en varias dimensiones: recuperar el sentido del pecado, preparación comunitaria a dicho sacramento – que no equivale a absolución colectiva- en tiempos litúrgicos fuertes (ejem: Adviento y Cuaresma…), y mayor disponibilidad por parte de los sacerdotes a atender adecuadamente dicho sacramento.

6. En el sacramento del Matrimonio, hacer posible una preparación no sólo suficiente sino adecuada y personalizada. Y no sólo una pastoral inmediata, sino más remota.

7. En el tema de la Unción de Enfermos, atención a los enfermos y mayores (tanto en casa como en las residencias y hospitales) y, llegado el momento, una verdadera pastoral de exequias.

8. Urge, asimismo, la recuperación del Domingo como día del Señor y como día de la comunidad. Y, en este sentido, la atención adecuada a quienes, cada vez más, realizan el éxodo del fin de semana, y durante diversas estaciones del año, a otras parroquias que no son las de su domicilio laboral y ordinario.

9. En el horizonte, una pastoral familiar integral, con verdadero protagonismo de la tres familias y desarrollando los tres grandes momentos de toda acción pastoral: misionera, catecumenal y comunitaria.

10. Por supuesto, sin descuidar una pastoral vocacional auténtica. En el catolicismo, el Sacramento de la Eucaristía es el culmen de la vida cristiana. Si no existen ministros que celebren, nuestras comunidades se convertirán en “comunidades de la Palabra” y, a la larga, se “protestantizan” como puede suceder en algunas tierras de misión o primera evangelización.

Expresado lo anterior, concluimos que, el tema de la transmisión de la fe fragua y desemboca en el cristianismo en el necesario problema de la Iniciación Cristiana (de adultos y de niños). En la Iniciación Cristiana, destacamos “tres dimensiones inseparables y complementarias”: Iniciación en el misterio de Cristo; en el misterio de la Iglesia; y en una vida coherente con la Fe. Hay que tomar como referencia, en la Iniciación, no el “Bautismo de párvulos”, sino el “verdadero y necesario catecumenado”. Esto implica tener muy clara la brújula y saber a qué nos obligamos, como Iglesia, cuando bautizamos a párvulos. No se trata tanto de “rechazar” como de “integrar y acompañar” hasta lograr que lleguen a la madurez cristiana.

 

3.2. Los nuevos caminos de misión:

Antes de señalar nuevos camino de misión, hagamos referencia a los “nuevos escenarios” que deben ser evangelizados (Cf. Redemptoris Missio, nº 37, Lineamenta Sínodo NE, 13-19):

– El escenario de la nueva cultura: donde predomina la secularización; donde se habla de la “muerte de Dios” práxica; y con una mentalidad hedonista, consumista, egocéntrica y laicista.

– El gran fenómeno migratorio en un mundo globalizado, con el desafío real de diálogo con otras culturas, otras confesiones y otras religiones.

– El desafío de los nuevos medios de comunicación planetarios, con la cultura de lo efímero, de lo inmediato, de la apariencia, sin capacidad de memoria ni de futuro.

– En lo económico, una persistente crisis y empobrecimiento de personas y colectivos por un paro prolongado.

– La investigación científica y tecnológica, con sus nuevos desafíos éticos y humanos.

– Y, finalmente, en lo político, la desaparición de grandes bloques ideológicos, que ha dado paso al resurgir del mundo islámico y asiático.

En cuanto a los nuevos caminos de misión, o las mediaciones privilegiadas para la misión, o cómo favorecer la obra del Espíritu Santo, asentamos algunas premisas, sugeridas por los mencionados Lineamenta del nuevo Sínodo:

• “No hay situación eclesial que pueda escapar a la nueva evangelización: las antiguas iglesias cristianas por el problema práctico del abandono de la fe por parte de muchos; las nuevas iglesias, en la búsqueda de caminos de inculturación, exigen continuas verificaciones para lograr no sólo introducir el evangelio en las culturas, purificándolas y elevándolas, sino también para abrir las mismas culturas a la novedad del evangelio” (Lineamenta, Sínodo NE, 24).

• La clave de bóveda se traduce en invertir en recursos humanos y materiales y creer en la eficacia de lo menos visible: la fecundidad de la oración y de la vida espiritual. La Nueva Evangelización es principalmente una tarea y un desafío espiritual: la de los cristianos que desean alcanzar la santidad (Lineamenta, Sínodo NE, 57-58).

• Hay que suscitar testigos que acompañen de forma personalizada. Porque se cree más a los testigos que a los maestros; y uno es maestro, en cuanto es testigo (Evangelii Nuntiandi, 170-171).

• Hay que valorar las comunidades de referencia, de acogida y de sanación. Donde se haga patente la belleza “plasmada” del cristianismo.

• En resumen, debemos saber unir tres realidades: “primer anuncio”, “patio de los gentiles” y “emergencia educativa”, para combinar “proclamación-diálogo-formación” y para hacer posible “una ecología de la persona humana y la regeneración moral global de la sociedad” (Lineamenta, Sínodo NE, 52-55).

A partir de aquí, algunas mediaciones privilegiadas, agrupadas en dichos tres ámbitos de forma “funcional”:

1.- En lo referente al primer anuncio:

– Misión ad gentes, o terrenos donde no está implantado el cristianismo. Novedad: familias misioneras.

– Ecumenismo y diálogo interreligioso. Niveles: de compartir vida, de acciones comunes, de reflexión teológica…)

– Inserción en el Mundo del trabajo, y en su nueva realidad: el masivo paro obrero. Doble Novedad: a) reforma de los llamados movimientos de inserción o especialización. b) Iniciativas cristianas de alternativa social, cultural, económica y política…

– Detectar y atender las nuevas pobrezas: hambre de pan (paro), de falta de cultura, de soledad, de sentido existencial y de Dios… Atención al mundo de la salud, al penitenciario, y al de las residencias… Doble Novedad: a) voluntariado nuevo y más “específico”… b) Potenciar Cáritas, como cauce ordinario y vertebrado de la micro y macro caridad eclesial, con programas concretos y “atrevidos y arriesgados” de asistenciales y de promoción humana, que incluyan bolsas de solidaridad y de trabajo… (“dar peces y enseñar a pescar”, según el espíritu y la letra de NMI 50, Deus Caritas est…).

– Inserción en asociaciones civiles, partidos, sindicatos… Novedad: militantes con nuevo ardor, nuevas expresiones, nuevas iniciativas…

– Presencia pública del cristianismo, con sus dos dimensiones: personas (pastoral de la mediación) e instituciones (pastoral de presencia). Novedad: volver a creer en los movimientos clásicos y dar cabida a los nuevos movimientos eclesiales para la evangelización…

2.- En cuanto a la llamada “emergencia educativa”:

– Mucha atención a niños y jóvenes. Doble Novedad: a) salir a su encuentro… incluso en la noche… y en la educación “no reglada” (tiempo libre y animación socio-cultural).b) Tomar en serio la llamada “emergencia educativa”…

– Atención a las Familias jóvenes. Novedad: acogida personalizada de otros matrimonios y equipos-comunidades pequeñas cristianas…

– Evangelizar desde-en-por los Medios de Comunicación social y las nuevas redes de comunicación y sociales… Novedad: el aula de cultura parroquial y el animador cultural. Todo ello para conseguir una mayor y más cualificada presencia mediática y en las redes y autopistas de la información: “Los testigos de la NE para ser creíbles deben saber hablar en los lenguajes de su tiempo, anunciando así, desde dentro, las razones de la esperanza que los anima (1 Pedro 3,15). Esta tarea no puede ser imaginada de modo espontáneo; exige atención, educación y cuidado (Lineamenta, Sínodo NE, 58).

– Procesos de iniciación serios y completos… Doble Novedad: a) Catequesis continuada y de verdadero catecumenado… b) Crear espacios “orantes” para iniciar en la oración personal y litúrgica…

– Evangelizar con el patrimonio, con la literatura, con la música, con el arte dramático y el cine… Novedad: potenciar artistas cristianos y nuevas iniciativas cristianas…

3.- En cuanto al llamado “patio de los gentiles”:

– Para los alejados y no creyentes: Novedad: dos caras de una misma momeda: a) Espacios de acogida y diálogo (ejem. “La casa o El Lugar de Jesús” en Villares). b) “El patio de los gentiles” o la audacia de no renunciar jamás a buscar positivamente todos los caminos de diálogo con los hombres de nuestro tiempo (Lineamenta Sínodo NE, 13)… Sin olvidar “el patio de los científicos” (encuentros con el mundo de la ciencia, particularmente desde la ética)…

– Pastoral en la Universidad-enseñanza… y Evangelizar en el Mundo de la cultura y del arte… Novedad: “Patio de los intelectuales”…

 

3.3. Los “Frutos de la Nueva Evangelización” (según Lineamenta, Sínodo NE, 43): “Por los frutos los conoceréis”…

– Familias como verdaderos y reales signos de amor y coparticipación, capaces de dar esperanza por estar abiertas a la vida;

– comunidades que posean un auténtico espíritu ecuménico y capaces de un diálogo con las otras religiones;

– iniciativas de justicia social y solidaridad, que coloquen a los pobres en el centro de interés de la Iglesia;

– vocaciones consagradas desde la alegría de la donación de vida.

– denuncia de infidelidades y escándalos en las comunidades como signo de fatiga y de cansancio;

– coraje para reconocer las propias culpas y debilidades en un Cristo que nos salva (Cor 12,9) por caminos de purificación y con voluntad de reparar los errores;

– sólida confianza en la esperanza que nunca falla, derramada en nuestros corazones (Rm 5,5);

– una Iglesia, en resumen, capaz de mostrar en todos los ámbitos que el Espíritu es quien la guía y quien transfigura la historia de esa misma Iglesia, de los cristianos, de los hombres y de sus culturas.

3.4. Un aliento final:

– ¡No tengáis miedo: abrid vuestro corazón a Jesucristo (Juan Pablo II) ¡Quien se encuentra con Jesucristo, no sólo no pierde nada sino que gana todo! (Benedicto XVI)

Doble colofón necesario:

a) “En un tiempo en el que las personas viven la propia vida como una verdadera experiencia de desierto, de oscuridad de Dios, de vacío del alma, sin conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre… la Iglesia debe ponerse en camino como Cristo para rescatar a los hombres de ese desierto y vacío y conducirlos al lugar de la Vida, a la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida; una vida en plenitud” (Lineamenta, Sínodo NE, 41-42).

b) Como estilo de vida concreto, sigue siendo válido el señalado en la conocida Carta a Diogneto (V, 1-10), fechada en los ss.II-III: “Los cristianos no son distintos de los demás ni por la patria, ni por la lengua, ni por otras costumbres. De hecho no habitan ciudades propias, ni usan una lengua propia, ni llevan un estilo de vida separado del resto. Su doctrina no se debe al descubrimiento de hombres particularmente intelectuales, ni se basa en un pensamiento inventado por los hombres. Viven en ciudades griegas y extranjeras, según le haya tocado en suerte a cada uno, y se adaptan a las costumbres del lugar en el vestir, en la comida y en las demás cosas, aunque testimonian una forma de vida social admirable y paradójica: ya que viven en su patria como forasteros; participan en todo como ciudadanos y se distancian de todo como extranjeros. Se casan como todos y generan hijos, pero no los asesinan. Ponen en común la mesa, pero no el lecho matrimonial. Están en el mundo, pero no son mundanos. Habitan en la Tierra, pero su ciudadanía es el cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero con el testimonio de su vida las superan”.

Regalo final: tres vitaminas para el camino: humor hasta para reírnos de nosotros mismos; amor, en forma de ternura, que es lo único que transforma a las personas, y paciencia para sembrar sin esperar recompensa o frutos inmediatos.

Como broche de oro, unas lúcidas palabras del entonces cardenal J.Ratzinger, hoy Benedicto XVI: “Evangelizar significa enseñar el arte de vivir… Existe la tentación de la impaciencia, de buscar inmediatamente el éxito. Dios no cuenta con los grandes números; el poder exterior no es necesariamente signo de su presencia…El Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe. Dios vive. Dios actúa”(Citado en: “Revista Católicos del S.XXI” (9-7-2001) 7-9).

Desde el anterior contexto de una Iglesia en estado de misión y evangelizadora, abordamos ya el tema de las Unidades Parroquiales. De otra manera no se entendería cuando afirmamos que son “medios” y no “fines”.

 

4.- APROXIMACIÓN A LA REALIDAD DE LAS UNIDADES PARROQUIALES.

 

4.1.- Hacia una justificación: ¿Sólo hacer de la “necesidad” una “virtud”?:

No hay duda de que estamos en un “momento histórico privilegiado y urgente”. Se impone una primera afirmación que repetiremos: Las Unidades Parroquiales, en principio, no son obligatorias jurídicamente, pero pastoralmente sí son muy necesarias. Se insiste en una triple justificación:

– Pastoral: para potenciar una pastoral de conjunto, más allá de parroquialismos, y poder atender y evangelizar aquellos sectores y ambientes donde la parroquia no puede llegar;

– sociológica: para dar una respuesta adecuada a necesidades pastorales afines;

– eclesiológica: como expresión de una Iglesia de comunión y misión, donde todo el Pueblo de Dios es corresponsable en la misión evangelizadora.

O, en otras palabras, esta nueva realidad se justifica desde varios aspectos o dimensiones:

– Aspecto sociológico: colaboración entre parroquias para afrontar los nuevos aspectos demográficos y administrativos de la vida eclesial y civil.

– Aspectos eclesiales: colaboración entre parroquias para responder a los nuevos retos de la evangelización; a la escasez y envejecimiento del clero; a la promoción del laicado; y a una nueva y necesaria configuración del mapa diocesano.

– Aspectos de renovación y de esperanza para una nueva evangelización.

Quede claro, desde el inicio, que la Unidad Parroquial no es un “ente jurídico intermedio” entre las parroquias y la Diócesis; ni superpuesta o yuxtapuesta al Arciprestazgo.

Ni siquiera, en principio, tiene que ser un Arciprestazgo reducido. Son las mismas parroquias configuradas de otra manera y reclamadas para una nueva “pastoral en tierra de misión”.

Es, en resumen, una necesaria realidad pastoral, en la que se conjugan o entrelazan, como hemos apuntado anteriormente, tres realidades:

• Hogar: hermanos que alimentan y tejen la fraternidad apostólica y presbiteral como comunión y encuentro. Y se comparten vocaciones-carismas-ministerios-funciones.

• Escuela de formación permanente y de programación de todo el pueblo de Dios y no sólo los sacerdotes.

• Taller para favorecer la pastoral de conjunto y articulada. Así como el análisis e intercambio de experiencias transformadoras.

 

4.2.- En principio, no hay configuración ni definición unívocas.

Al hablar de Unidades Parroquiales, se habla y se insiste en los siguientes términos: colaboración entre parroquias para afrontar aspectos de la vida civil; colaboración entre parroquias para la pastoral ordinaria; varias parroquias pastoralmente unidas bajo la guía de uno o más sacerdotes; unión de parroquias que giran en torno a una más grande; o, incluso, fusión de toda la acción pastoral sobre la base de un territorio homogéneo.

Expresado lo anterior, añadamos que el nombre también importa:

– No parece adecuado denominar a esta realidad “Unidad Pastoral” sin más, porque no especifica “suficientemente la realidad”; ya que “unidades pastorales” son las parroquias, los arciprestazgos y hasta la propia Diócesis.

– No parece tampoco el nombre más apropiado el de “Unidad de Atención Pastoral”, porque tal vez denota un cierto “clericalismo” y como si fuese una realidad contemplada “desde fuera de ella misma”.

– Tampoco parece lo más completo, desde el punto de vista jurídico-pastoral, hablar de “Unidades Parroquiales de Acción Pastoral”, porque si son “parroquiales” ya son de Acción Pastoral. Y lo mismo cabe para el Arciprestazgo.

– ¿Tal vez sea, entonces, más adecuado llamarlas “Unidades Parroquiales”?… Creemos que sí y tendremos suficientes motivos para justificarlo.

 

4.3.- Avisos de lo que “no deben ser” las Unidades Parroquiales:

– En lugar de poner el acento en la comunidad y en la pastoral integral y evangelizadora, se ponga el acento sobre la redistribución del clero con el fin de garantizar unos mínimos servicios sacramentales. En este sentido se trata al mismo clero en sentido “funcionalista” y como “funcionariado”.

– Exceso de “burocratización”, o que dichas Unidades Parroquiales que se convertirían en una especie de puesto de socorro al que recurrir en las necesidades urgentes.

– Intento de “feudalizar” una estructura, diluyendo la pertenencia eclesial global y el sentido comunitario diocesano

– Tentación de “clericalizar” a los laicos-colaboradores, como suplencia.

– Y, finalmente, una paradoja o tensión permanente: es cierto que no hay que sacrificar “la pastoral territorial” en aras de abstractas y volátiles “dimensiones” teológico-pastorales, pero al mismo tiempo hay que ir superando la concepción de territorialidad “cerrada” por otra en la que prime la comunidad creyente (el hábitat humano y social) y el servicio a las personas.

Expresado lo anterior, lo que debe dar identidad y “peso específico” a la Unidades Parroquiales es el hecho de que sean verdaderas “comunidades parroquiales”, con las notas que hemos destacado anteriormente en cuanto a la identidad de una parroquia. Por eso, toda unidad parroquial debe garantizar:

– el servicio de la palabra (catequesis, formación de agentes, etc…);

– el servicio de la celebración (litúrgica y dimensión oracional-familiar…);

– el servicio de la caridad (atención a enfermos, ancianos, inmigrantes, necesitados en las nuevas pobrezas, etc…);

– la comunión y comunitariedad eclesial (equipos de trabajo y de vida abiertos a lo diocesano y a lo universal);

En resumen, se debe caminar en una pastoral de nueva evangelización.

 

4.4.- ¿Dónde encajan y se fundamentan en el nuevo Código de Derecho Canónico las Unidades Parroquiales?

Jurídica y pastoralmente, podemos justificarlas desde el conjunto de todas estas realidades que pasamos a enumerar:

1.- Se enmarcan dentro de lo que se refiere a las parroquias, teniendo en cuenta dos modalidades posibles:

a) encomienda “in solidum” de una o más parroquias a un grupo de sacerdotes (c.5171);

b) encomienda a un mismo párroco de algunas parroquias vecinas.

2.- También se enmarcan en lo que se refiere a los Arciprestazgos (c.374, 2), en cuanto son diversas parroquias que favorecen una pastoral de conjunto, como es tarea e identidad de dicho Arciprestazgo.

3.- Se pueden añadir dos realidades más:

a) el sacerdote encargado de áreas interparroquiales específicas (c. 545, 2);

b) la participación de no-presbíteros en el ejercicio de la cura pastoral (c. 517, 2).

 

4.5.- Buscando una definición “suficientemente amparada en lo jurídico”:

En principio cabe la misma definición de parroquia:

Contemplada pastoralmente, como “unidad básica diocesana para vivir, alimentar, celebrar la fe y comprometerse, personal y comunitariamente”.

O, con una mirada jurídica: “Determinada comunidad de fieles constituída de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco como su pastor propio” (c. 515, 1).

O, si se prefiere, en una definición más integral: “Determinadas comunidades parroquiales con cierta homogeneidad que, en signo de comunión, permiten realizar una pastoral de misión con pluralidad y diversidad de ministerios, carismas, vocaciones y funciones, encomendada por el obispo a un presbítero o a un equipo de presbíteros, capaces de fomentar fraternidades sacerdotales y equipos apostólicos”.

De la definición precedente se desprende que no puede existir un único modelo o tipología de unidad parroquial. Señalamos algunos posibles:

– agrupación de pequeñas comunidades parroquiales rurales más o menos de las mismas dimensiones, y en igualdad de condiciones pastorales y de estatuto jurídico (“modelo quasi-federativo”);

– agrupación de comunidades parroquiales rurales alrededor de una parroquia mayor, o de mayor “consistencia”, que hace de punto de referencia para las demás, incluso jurídicamente, y favorece la integración y potenciación de recursos materiales y humanos (“modelo tierra de misión”);

– agrupación de comunidades parroquiales urbanas o semiurbanas, allí donde los límites geográficos son de hecho borrados por la cercanía geográfica de las mismas, por el número de habitantes o por sus características socio-culturales peculiares y homogéneas (“modelo urbano”);

Incluso, cabe hablar de Unidad Parroquial como equivalente al Arciprestazgo, en realidades rurales de pequeñas dimensiones, como pueden ser las nuestras.

En cuanto a las formas de atención ministerial a dichas unidades pastorales pueden, a su vez, ser variadas:

– Unidad o unidades confiadas a un presbítero, con posibilidad de ayuda corresponsable de otros presbíteros de apoyo, de laicos con ministerios, de un diácono, de un consagrado o de una comunidad de consagrados o de un grupo de laicos militantes (ejem. de un movimiento). Todos ellos con una presencia articulada y estable, formando “un equipo apostólico”, y no sólo puntual, y por lo tanto integrados en la unidad pastoral y en el arciprestazgo.

– Unidad o unidades confiadas a varios sacerdotes “in solidum” (c. 517, 1), con posibilidad de los mismos apoyos corresponsables expresados en el apartado precedente.

– Sencillamente, el equipo de sacerdotes que conforman un arciprestazgo.

Naturalmente, corresponderá al Obispo diocesano, oído el Consejo Presbiteral, y teniendo en cuenta el parecer de otros organismos (Consejo Presbiteral, Consejo Pastoral, Colegio Arciprestes,) erigir, suprimir o cambiar dichas unidades de atención pastoral (c. 515,2).

 

4.6.- Tres grandes “modelos” de Unidad Parroquial en la Iglesia que peregrina en España:

Al parecer, y basándonos en algunos escritores, se estarían dando los siguientes modelos de unidades parroquiales:

1.- Modelo “funcional” (ejem. diócesis de Bilbao): priman la escasez de clero y empobrecimiento humano de las comunidades. Se pone el acento en las posibilidades de presbíteros, apostando por la reorganización territorial, los equipos apostólicos y desarrollo de ministerios.

2.- Modelo “orgánico” (ejem. Oviedo o Burgos): prima la realidad territorial, apuesta por un estilo nuevo de evangelización: acción misionera; acción catecumenal; acción pastoral. Incluye reorganización del territorio y fomento de equipos apostólicos, fraternidades sacerdotales, desarrollo de ministerios.

3.- Modelo “selectivo y de reorganización total” (ejem. Pamplona): no sólo prima lo territorial, sino que estarían naciendo las “parroquias quasi-personales” (centradas en los movimientos, las comunidades de base, las poblaciones de fin de semana, etc…)

En cualquier caso, los cometidos principales de las Unidades Parroquiales, y los frutos que se piden, serían los siguientes:

– Favorecer fraternidades sacerdotales y equipos apostólicos (laicos+Consagrados+Presbíteros).

– Despertar vocaciones, funciones, ministerios en todo el Pueblo de Dios.

– Programación pastoral potenciando lo parroquial, y ampliando donde ella no puede llegar.

– Formación más adecuada a los agentes de pastoral y preparación más cualificada a ciertos sacramentos.

– Compartir recursos materiales y humanos, desde un conocimiento real de la población y del suelo pisado.

– Representación en organismos diocesanos: de ida y vuelta.

– Conservar y difundir el Patrimonio.

– Favorecer escuelas de formación de agentes de pastoral.

– Plataforma privilegiada para una pastoral de misión de alejados y para proyectos de más amplia envergadura sectorial y de ambientes.

– Una presencia y un servicio pastoral más cualificado a las comunidades, más allá de lo “puntual u ocasional”.

– Un estilo de pastoral corresponsable y evangelizador.

– El fijar los talleres y centros de formación de los agentes de pastoral.

– El delimitar el lugar de residencia de los presbíteros, individualmente y “en equipo” (con la repercusión que este dato comporta para los futuros nombramientos).

– El discernir cuáles son las prioridades a la hora de invertir en bienes inmuebles (léase templos y casas parroquiales).

– El establecer ciertas obligaciones jurídicas y eclesiales (celebraciones dominicales, custodia y anotaciones de libros sacramentales, etc.).

– Se aprende a trabajar en comisiones y en equipo.

– Se gana en mentalidad arciprestal y diocesana.

– Se asegurará “una mejor atención a los sacerdotes”, al poder contratar “servicios” comunes, cuando varios vivan en un mismo lugar de residencia.

¿Podemos concretar aún más, según diversos niveles? – Lo intentamos, sin ser exhaustivos:

1.- En el nivel jurídico y patrimonial, se equipara a la parroquia:

– fijar Celebraciones dominicales y ordinarias (distinción entre celebración del “Día del Señor” – Domingos- y del “Día de la comunidad”- Ferias-),

– Custodia de los libros de sacramentos y de los objetos de culto,

– conservación del patrimonio, en cuanto a bienes muebles e inmuebles,

– y, representatividad civil.

2.- Nivel de acción pastoral:

– Calidad en la atención pastoral individual y comunitaria,

– programación para una pastoral integral (cuatro dimensiones de la Iglesia particular), articulada o de conjunto (todo el pueblo de Dios: ministerios, vocaciones y carismas), sectorial (edades) y ambiental (todos los ámbitos sociológicos),

– promover Consejos (en parroquias y unidades parroquiales mayores de 500 habitantes) y/o Juntas de pastoral y de economía,

– participación activa en los Arciprestazgos.

3.- Nivel de recursos humanos:

– favorecer equipos de sacerdotes (de trabajo y/o vida -fraternidades sacerdotales),

– consolidar sacerdotes “estables-residentes” y de apoyo, pero siempre “integrados” en la Unidad,

– promover agentes de pastoral cualificados estables y de apoyo equipo apostólico: laicos, consagrados, presbíteros.

4.- Nivel de recursos materiales:

– adecuada administración de bienes (colectas, fundaciones, rentas…) y obligada rendición de cuentas anuales en la Administración Diocesana,

– delimitar templos que deben cuidarse y viviendas de presbíteros,

– favorecer espacios de reunión y trabajo (dotación de recursos en centros parroquiales).

5.- Nivel económico:

– Mantenimiento de los presbíteros y “gratificación” a agentes de pastoral cualificados (kms, etc…),

– presupuesto de gastos de funcionamiento de actividades pastorales ordinarias,

– determinar los gastos de mantenimiento de recursos materiales,

– aportación a arciprestazgo, Diócesis, y campañas de Jornadas Nacionales…

 

4.7.-Pasos realistas y operativos para su implantación y, en su caso, su consolidación:

Genéricamente, sensibilizar a todo el Pueblo de Dios en orden a “favorecer” esta posibilidad. Se debe realizar un estudio concreto y realista de toda la Diócesis y unificar los criterios de territorialidad y de comunidad socio-cultural y humana. ¿Se puede denominar a esta tarea una especie de “biografía diocesana?

Además, impulsar experiencias pastorales y jurídicas ya existentes. No puede olvidarse que las Unidades Parroquiales deben consolidarse mediante equipos apostólicos (sacerdotes-religiosos-laicos). Finalmente, hay que subrayar que las Unidades Parroquiales afectan, como hemos repetido, no sólo al mundo rural sino también al urbano. Jurídicamente no sirve sólo una fórmula. Una urgencia: que se favorezcan realmente los carismas-ministerios-funciones de los laicos; no sólo por la escasez de presbíteros.

Concretando aún más, ¿qué actitudes y dinámica de trabajo se debe seguir para delimitar o consolidar dichas unidades parroquiales? Al menos, éstas:

1) Debe ser un proceso respetuoso con situaciones personales y comunitarias, pero al mismo tiempo incisivo y firme. La prudencia y el diálogo se deben conjugar con la eficacia, la responsabilidad y la visión de futuro.

2) Corresponderá, en primera instancia, al Colegio de Arciprestes – junto al Consejo Pastoral y al Consejo Presbiteral- consolidar, revisar y, en su caso, volver a delimitar el mapa concreto de dichas Unidades Parroquiales. Posteriormente, el Obispo, asesorado por el Consejo de Gobierno, emitirá su oportuno y necesario juicio valorativo, discernirá y sancionará lo determinado.

3) Tal vez no se pueda pedir que todos avancemos al mismo ritmo, pero sí se pide que caminemos en la misma dirección. El diálogo y mentalización con nuestras comunidades de origen debe ser transparente y continuado. En la plasmación de las unidades parroquiales hay que sensibilizar a los fieles (laicos y religiosas) para que venzan sus resistencias y poder abrir nuevos espacios a la corresponsabilidad de todos. A los presbíteros se les pide que no se desalienten ante las incomprensiones y la nueva forma de presencia y trabajo corresponsable con laicos y religiosas (equipos apostólicos).

4) Ya desde el Seminario se debe trabajar, en la formación de los seminaristas, en esta línea y mentalidad. El trabajo en equipo, la disponibilidad y nuestra identidad como “servidores de la caridad” son presupuestos básicos de las Unidades Parroquiales y de toda pastoral.

 

4.8. Algunos puntos “negros o de alerta” en las experiencias concretas:

Dichos puntos negros se detectan, en primer lugar, cuando algunos miembros de los equipos se olvidan de la responsabilidad global y se centran casi exclusivamente en los ámbitos de su competencia.

También, cuando existen “resistencias” de los responsables pastorales del territorio (celosos de su autonomía) y de los propios parroquianos (que quieren a “su” párroco). O cuando existe peligro de monopolización de los presbíteros en relación a todos los carismas y funciones.

Existe peligro, igualmente, de pérdida de la identidad comunitaria parroquial en aras de lo funcional y de lo urgente. Y, finalmente, el cansancio y desencanto en los animadores al no ver con rapidez los frutos o ante los inevitables problemas de consolidación.

Una advertencia honesta: cuando se insiste en que la unidad parroquial comporta la supresión de las parroquias unificándolas, sin más, en una sola, hay que llamar la atención sobre algunos inconvenientes no pequeños:

* Jurídicos: a) pérdida de personalidad jurídica y por lo tanto de titularidad, posesión, registro, patrimonio, fundaciones… Peligra la dotación económica de la Conferencia Episcopal. Estos aspectos son problemáticos incluso para las parroquias sin habitantes…

b) Alteración de títulos en varios registros de la administración civil: ministerio de Justicia, registros de la propiedad, ayuntamientos, Catastro de Hacienda, inventarios oficiales, contratos de alquiler, fundaciones, herencias, cuentas bancarias, número de CIF…

* Pastorales: sentimientos encontrados y adversos entre los parroquianos a quienes les afecte esta pérdida de personalidad jurídica o de modificación de status parroquial.

* Patrimoniales: particularmente afecta a los templos declarados como BIC. Mucha precaución con el traslado de bienes culturales (las leyes civiles son muy restringidas)…

 

4.9.- A modo de aviso final para navegantes:

Las Unidades Parroquiales, repetimos una y otra vez, no son fines; son mediaciones para vivir la comunión y la evangelización. Si no posibilitan una forma diferente de hacer pastoral, el resultado será frustrante o caeremos en el “gatopardismo pastoral”, es decir, cambiar todo para que todo siga como antes.

En cualquier caso, es un tema al que no se puede “dar largas” y al que hay que afrontar con coraje y decisión. Pero de nada servirán las estructuras pastorales si no van acompañadas de una conversión interior y sincera en los agentes de pastoral. La Iglesia siempre ha promovido la conversión de personas y la reforma de estructuras para trasparentar lo mejor que hay en ella: el misterio de Jesucristo y, en Él, la Trinidad. Estamos llamados a experimentar, personal y comunitariamente, el Amor y la Vida de Dios. Esto es la Santidad.

 

Nota final: Lo aquí expuesto se pueden complementar en:    R. BERZOSA, Unidades de Atención pastoral: “Diccionario de Pastoral y Evangelización”, Monte Carmelo, Burgos 2001, 1064-1067; ID:, Para comprender y vivir la Iglesia Diocesana, Burgos 1998; XXI ENCUENTRO DE ARCIPRESTES. Las unidades parroquiales y/o de Atención Pastoral, Villagarcía de Campos 2002.

 

C.- OBJETIVOS “OPERATIVOS” PARA EL TRABAJO PASTORAL DURANTE EL PRÓXIMO CURSO,

sugeridos por Mons. Atilano Rodríguez.

 

Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, para el próximo curso se propone un trabajo pastoral diversificado. En el primer trimestre se invita a hacer una revisión sobre el grado de aplicación de los objetivos pastorales propuestos durante los últimos cinco años para tomar conciencia de dónde estamos y qué pasos hemos dado.

En el segundo trimestre se trataría de volver sobre el sentido, finalidad y necesidad de las Unidades Parroquiales, teniendo en cuenta que en nuestra diócesis se abre el paso, en algunos casos, a coincidir con los mismos arciprestazgos.

Finalmente, para el tercer trimestre, deberíamos dar algún paso para seguir impulsando y dinamizando las Unidades Parroquiales, “en concreto”, teniendo en cuenta el análisis de la realidad, de la programación pastoral y de la constitución o dinamización de los consejos pastorales. Lo especificamos un poco más.

 

Objetivo general del Curso Pastoral 2011-2012: “Compartir la alegría del camino hecho en la acción pastoral durante los últimos cinco años”.

 

Primer trimestre:

Revisar y asumir la vida pastoral de nuestra iglesia diocesana

Se trata de hacer una reflexión sobre la actividad evangelizadora de la Iglesia Diocesana durante estos cinco últimos años, teniendo especialmente en cuenta a los cristianos practicantes y a los grupos parroquiales. En este primer trimestre habría que trabajar: LAS ACTIVIDADES QUE SE HAN PUESTO EN MARCHA A LA LUZ DE LOS OBJETIVOS PASTORALES DE CADA CURSO PASTORAL.

Se concretan algunas “mediaciones” para el desarrollo de los encuentros de este primer trimestre:

 

1.- Elaborar un “esquema de trabajo-revisión”:

El Vicario de Pastoral y el Arcipreste, en cada arciprestazgo, deben proponer para cada reunión un “esquema de trabajo-revisión” donde aparezcan las PROPUESTAS que en su día se hicieron para cada año. Los participantes en el retiro-encuentro han de enumerar y concretar lo más posible los pasos dados.

 

2.- Dividir los objetivos para trabajarlos en las tres reuniones del trimestre:

Primera reunión: Objetivos año 1º y 2º curso pastoral

Segunda reunión: Objetivos 3º y 4º curso pastoral

Tercera reunión: Objetivo del curso 2010-11

3.- Preguntas para orientar la revisión:

1) ¿En qué hemos avanzado en la espiritualidad y en la formación a nivel de encuentro arciprestal?

• ¿Qué repercusiones han tenido en la vida de la Comunidad Parroquial? ¿A qué deberíamos dedicar especial atención en el futuro?

2) ¿En qué hemos avanzado en la COMUNIÓN: corresponsabilidad y participación en el arciprestazgo?

• ¿Qué repercusiones ha tenido en la vida de la Comunidad Parroquial? ¿Qué deberíamos cuidar especialmente en el futuro?

3) ¿En qué hemos avanzado en la acción caritativa y social en nuestro arciprestazgo?

• ¿Qué repercusiones ha tenido en la vida de la comunidad parroquial? ¿Qué pasos hemos de dar en el futuro?

 

 

Segundo trimestre

Potenciar y consolidar las Unidades Parroquiales

En primer lugar, es una mirada de esperanza para nuestras comunidades, desde la andadura de años atrás. Es nuestra historia real.

En segundo lugar, es una oportunidad para tomar conciencia de lo que son las Unidades Parroquiales, su necesidad, su valor, su posibilidad y su coherencia con el ideal de “COMUNIÓN PARA LA MISIÓN” que ha de atravesar la vida de toda la iglesia Diocesana y las Comunidades Parroquiales.

Y, en tercer lugar, debe quedar en evidencia la vinculación de las Unidades PARROQUIALES y el ARCIPRESTAZGO (dadas las particularidades de nuestra Diócesis), en una apuesta decidida por una Pastoral de Conjunto.

En cuanto a posibles “mediaciones”, sugerimos releer despacio, y comentando, la segunda parte de este documento. Posteriormente, nos pueden servir, a modo de ejemplo, éstas u otras preguntas equivalentes:

 

1.- ¿En qué sentido son necesarias, sociológica y eclesiológicamente, las UPAS?

2.- De todas las dimensiones que implica la implantación de una UPA (jurídica, pastoral, recursos humanos, recursos materiales, economía), ¿cuál/es te parecen las más difíciles? ¿Por qué?

3.- Os atreveríais a señalar, con realismo, algunas actitudes en los pastores y agentes de pastoral para poder hacer realidad la implantación de una UPA?

4.- ¿Qué sensibilización y formación estamos recibiendo en orden a hacer posible lo que significa una UPA en todos los niveles?

 

Finalmente, es necesaria una reflexión en lo referente a la relación entre las Unidades Parroquiales y el Arciprestazgo. Nos servimos de la ponencia de hace cinco años sobre este tema elaborada por el Arciprestazgo de Águeda. O del documento “Semillas de una Iglesia de piedras vivas” (de la Diócesis de Oviedo). O bien del documento “El Arciprestazgo: Hogar, escuela y taller” (de Iglesia en Castilla).

 

 

Tercer trimestre

Damos pasos “consolidados” hacia las Unidades Parroquiales

Las reuniones pueden tener tres momentos:

En primer lugar, una apuesta para delimitar y consolidar las futuras unidades parroquiales. No se trata de acercarnos a la realidad para analizarla solamente de forma sociológica y distante, o para repetir lo existente, sino para implicarnos existencialmente desde la fe y para descubrir los retos y las posibilidades de servir el Evangelio en este mundo real con un estilo de renovación eclesial propia del Vaticano II. Materiales de apoyo: la necesidad de un esquema sencillo, creyente (“lectura creyente”) elaborado por personas técnicas.

En segundo lugar, una insistencia en la programación necesaria para las unidades parroquiales, donde se propongan orientaciones y metas comunes que alienten la comunión y la misión. La programación ha de llevar a la coordinación de las tareas pastorales. En esta coordinación el primer nivel correspondería al equipo de presbíteros, el segundo nivel sería el del Consejo Pastoral y el tercero sería la Asamblea parroquial de toda la comunidad.

La programación invita a no trabajar solo. Al contrario, la programación impulsa a formar y promocionar grupos de base, variados y plurales; es decir, fomentar el desarrollo de células vivas dentro de cada Comunidad Parroquial.

La programación no debe consistir simplemente en poner fechas y actividades, manteniendo una pastoral de “conservación” para quedarnos en el mismo sitio. La programación ayuda a planificar, a realizar lo programado y a revisar; y esto es necesario para poner en pie las UP.

Materiales de apoyo para esta reunión: un pequeño trabajo sobre la programación reseñando su razón de ser, su sentido eclesial y su eficacia pastoral. Y presentar un modelo (un formato) de cómo se puede programar. Un modelo que haga factible una programación arciprestal y parroquial.

En tercer lugar, insistir en el consejo pastoral, y en los equipos apostólicos, como organismos dinamizadores de la pastoral que ha de llevarse a cabo en la unidad parroquial. El Consejo Pastoral –y sirve para los equipos apostólicos- es un organismo dinamizador de la pastoral; es algo necesario si queremos caminar hacia las UP. Pero debe evitarse dos peligros: que resulte algo ineficaz, decorativo y por eso se vea como algo innecesario. Y, en segundo lugar, que se pida más de lo que puede dar de sí, porque esto lleva también al desencanto. Es decir, no se puede pretender que el Consejo de Pastoral solucione todos los problemas parroquiales y arciprestales (tensiones con la recepción de sacramentos, aunar sensibilidades eclesiales muy opuestas). Los consejos son para abrir horizontes a la evangelización, crear las condiciones para que se vean estos horizontes y procurar la interrelación entre los grupos más comprometidos pastoralmente en el arciprestazgo.

Materiales de apoyo para esta reunión: aportar, desde la realidad, la importancia pastoral (no tanto jurídica) de los Consejos Pastorales y de los equipos apostólicos, así como la oportunidad o no de Consejos Arciprestales y Consejos Parroquiales. Repensar y revisar el funcionamiento de los Consejos y de los equipos apostólicos que ya existen: su función y su cometido. Consolidar dichas realidades.

 

D.- PALABRAS FINALES:

 

La nueva evangelización nos pide nuevos métodos pastorales, nuevas expresiones y nuevo ardor misionero o evangelizador. Tendríamos que profundizar en la importancia de la formación y de la espiritualidad para nosotros y para los miembros de nuestras comunidades.

¿Cómo estamos en nuestra vida espiritual? ¿Hemos caído en la rutina espiritual? ¿Cuánto tiempo dedicamos a nuestra formación y a nuestra espiritualidad para poder ofrecer a otros no lo que sabemos sino lo que vivimos? ¿Qué tendríamos que renovar en el futuro a nivel diocesano, arciprestal y parroquial para impulsar esta espiritualidad y formación?…

Se lo encomendamos a María, Estrella de la Nueva Evangelización, y al Espíritu Santo, recordando una vez más las palabras atribuidas al patriarca Ignacio de Lattaquié:

“Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad dominación, la misión propaganda, el culto evocación y el actuar cristiano una moral de esclavos. Con el Espíritu Santo, el cosmos gime por el alumbramiento del Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación y el actuar humano es divinizado”.

 

Ciudad Rodrigo, 15 de Agosto de 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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