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Mons. Cecilio Raúl
Berzosa Martínez

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 Objetivo Pastoral, para el curso 2014-15:

“Ser ante sus ojos, para dejar que el Señor vuelva a tocar nuestra existencia”.

 En el objetivo general pastoral de este curso, 2014-2015, queremos estar muy atentos a dos miradas: por un lado, la de la Exhortación EvangeliiGaudium y, por otro lado, las “Propuestas” de la Asamblea Diocesana 2013-14. Debemos  poner, sobre la misma mesa, las dos y, al lado, el Evangelio para saber leer debidamente los dos documentos; en este sentido, la lectura de la Asamblea ha de hacerse a la luz de EvangeliiGaudium y, ésta, a la luz del Evangelio.

El objetivo general pastoral de este curso está inspirado en la llamada del Papa Francisco a la “conversión”, que comprende  tres momentos: conversión espiritual; conversión pastoral y conversión de las estructuras. El objetivo pastoral de este curso lo situamos prioritariamente en ese primer momento: “la conversión espiritual”. Subrayamos algunas claves.

A.- “Dios estaba ya”…

El Señor ya estaba “ahí”, antes que nosotros llegáramos. En el cristianismo, lo primero, es el don. Luego, viene la respuesta. Dios, el que toma la iniciativa primero, quiere ser descubierto y acogido; necesitamos dejarnos encontrar y tocar por Él, que nos busca y va a nuestro encuentro, si nosotros nos dejamos encontrar (Cf. Lc 24;Jn 20,11; Jn 20,19).

Además, al humanarse Dios en su Hijo (Flp 2,6-9), asumió todo lo humano y se compadeció de nuestras flaquezas (Heb 5,2). Y se alegra de las conquistas de la humanidad y de nuestros éxitos, porque Dios nos quiere plenos y realizados. Se nos desveló a Dios como “Abbá” (papá); así, su Hijo nos enseñó a relacionarnos con Él. Nos dejó ver que Dios está cerca y que su amor siempre es fiel (Lc 15,11s) y no deja que se “le compre” con méritos o derechos adquiridos. Las palabras de Jesús siempre hablan del Padre de la misericordia, de la ternura y de la bondad.

Muchas veces nos resistimos a acoger a Dios y nuestros ojos están como “vueltos” y “entenebrecidos”; como si no alcanzáramos a ver que Dios es la fuente de la vida, que Él hace brotar la vida nueva, que es el Dios que cumple las promesas, que es el Dios de la Vida y el que resucita. Las dudas de los testigos de la resurrección, y sus miedos, quedaron despejados cuando vieron a Jesús resucitado. Porque Dios cumple sus promesas, es digno y merece la confianza absoluta.

Si a Dios lo buscamos en otras plazas o lugares, es posible que hagamos nuestros propios dioses, en vez de adorar al verdadero Dios. La seguridad está en buscar en la dirección correcta, que no es otra que Jesucristo, el Señor.

 B.- Superar el “déficit de espiritualidad” en nuestra Iglesia Diocesana.

La fe es un regalo que nos remite al Señor pero es también respuesta: “creo y confío”. Así la fe, la experiencia teologal, van tomando cuerpo en nosotros. Uno de los primeros pasos que debe y puede dar la Iglesia Diocesana es cubrir el déficit de espiritualidad de forma que Dios sea el centro, el absoluto, lo único necesario. Asi se pudo escuchar con nitidez en los grupos de trabajo de la Asamblea Diocesana. Esto implica mucho más que cambios de lenguaje, o la renovación de rituales (que también será necesario)… implica ir a la “fuente”, a la experiencia fundante, a adentrarse en la experiencia teologal por los caminos de la contemplación.

Hace algunos años se arrojaron sospechas hacia la espiritualidad o, al menos, hacia algunas formas de vivir la espiritualidad cristiana. Hoy, la humanidad se siente pobre en recursos espirituales dentro y fuera de la Iglesia. Es hora de asociar la espiritualidad con la forma más densa y más intensa, de “ser” y “estar” en el mundo. Para San Lucas, Jesús en el Espíritu es “fuego” que transforma; para el evangelio de San Juan, Jesús es la “luz” en la que debemos caminar, con la que debemos ser iluminados y circundados. En la iconografía rusa, San Juan es el teólogo del silencio. El evangelista figura con los dedos índice y medio de la mano derecha en la boca, en señal de silencio y de meditación. El pasaje final del cuarto evangelio (Jn 21,25) cierra el libro para, de alguna forma, decir que ahora queda el silencio.

Pero no basta transitar por caminos del silencio o de la soledad; también hay que dejarse encontrar por el Señor en las calles. No basta hablar con Dios; es necesario dialogar con los hombres y mujeres de nuestro tiempo y con la humanidad; entonces la espiritualidad sonará con otra música, brotará con nuevos contenidos. Aunque sin experiencia de interioridad y de silencio, no se podrá escuchar a Dios en la calle; se requiere recuperar el silencio, experimentar momentos fuertes de retiro, momentos de contemplar la realidad desde “la distancia de la divinidad”.

Uno de los más notables “déficits personales y comunitarios” de nuestras comunidades cristianas es, en general, la falta de espiritualidad. Cuando la tomamos en serio, y buscamos vivirla a fondo, nos facilita el poner al Señor en el centro y el vivir en pura gratuidad, por puro amor. La conversión interior, la espiritualidad, nos puede hacer caer en la cuenta de que estamos en tiempos de necesidad de creer en Dios, simplemente porque es Dios, y no sólo porque nos ayuda y consuela. Hay que dejar a Dios ser Dios, en mi vida y en todo lo que me rodea.

 C.- La conversión interior se hace realidad cuando nos dejamos “tocar” por Dios.

Según lo expresado, no debemos tener miedo al silencio, a la interioridad; es necesario “bajar” al hondón, al centro de nuestra persona y dejarnos “tocar” por Dios.

Hay interioridad “habitada” e interioridad “deshabitada”. Sobre la primera, se ha escrito mucho como el lugar de resonancia de Dios o de la experiencia de Dios. Aunque la modernidad y postmodernidad nos han llamado a convertirnos en individuos aislados y solitarios, la soledad habitada nos ha posibilitado volver a “escuchar” a Dios.

No podemos olvidar, sin embargo, que esta experiencia teologal no es sólo un estado gratificante: los grandes contemplativos nos hablan de “noche oscura”, de cruz, de conversión profunda.

Los que nos movemos en ámbitos de creencia, corremos el riesgo de volvernos insensibles al “paso” de Dios, a los “sonidos” de Dios. Hay momentos existenciales que no podemos dejar pasar a Dios, porque son momentos de gracia, de lucidez, de conversión. No es posible la conversión interior, si Dios no ilumina nuestra interioridad. La conversión, evangélicamente hablando, es ante todo una experiencia de luz (Mc 10,52; He 9,18). La conversión interior invita a…:

⁕ Ir al fondo…

Al ir al fondo, quizá sintamos que no hacemos pie; si es así, es el momento favorable de tomar conciencia, de tener fe y confiar, de construir sobre roca. Es entrar en una experiencia de presencia de Dios donde Él ocupe todo y Él sea la primera y última palabra en nuestra vida; es dejar que Dios se adueñe del hondón de nuestra existencia y se convierta en el punto de apoyo más firme, en  nuestra consistencia y solidez; es, en resumen, la experiencia de hacer pie porque el Señor es “mi roca”, “mi refugio”, “mi baluarte”…

Esta experiencia nos hace comprender que somos imagen de Dios (Gen 1,27). Por eso, ahondar en nuestra humanidad, en nuestra interioridad, es aproximarnos a Dios, cuya imagen dejó en nosotros. San Agustín habla de Dios que está en el fondo de nuestro ser: “Intimior intimo meo” (más íntimo a mí que yo mismo”).

⁕ Mirar “más allá” en los momentos de plenitud…

Cierta espiritualidad tradicional nos acostumbró a buscar a Dios casi siempre en el sufrimiento y en la adversidad. Dios se convertía como un ser necesario para los apuros. El Dios “utilitario”… Pero el Dios que Jesús nos revela es un Dios que permite también sonreír y vivir con algería. Porque hay momentos de luz, de éxito, de satisfacción y de felicidad en nuestras vidas. Son experiencias desbordantes que nos remiten a Dios como a la fuente de toda plenitud, de todo amor, de toda vida… Desde esa misma experiencia nos podemos acercar al Dios de Jesús y a Jesús mismo: el Dios gratuito, el Dios Buena Noticia, en quien merece la pena creer y que abre horizontes de vida y felicidad. Por eso, merece la alabanza, la acción de gracias y toda bendición (Mt 11,25s).

Esta experiencia de plenitud no podemos confundirla con nuestras proyecciones o deseos. Siempre tenemos que preguntar a Jesús y su Evangelio en qué consiste la felicidad y las bienaventuranzas auténticas.

⁕ Ponernos a la “espera” de Dios cuando nos visite el dolor…

Muchas veces no sabemos qué hacer cuando nos visita el dolor; todo nuestro afán es hacerlo desaparecer. El sufrimiento físico y moral (ejems. fracaso en el amor, en la convivencia, en el trabajo…) puede conducirnos a la desesperación o a la depresión; pero también puede llevarnos a reaccionar de otra maneras cuando la persona se pone a la espera de Dios. Es obligado mirar la cruz para tener noticias de Dios que habita en el sufrimiento. Es necesario dejar que nos hable la cruz de Cristo. Y en la cruz se revela y aparece un Dios humanado, un Dios que no se pone al margen del sufrimiento, sino que es compañero de camino; un Dios cuya fuerza es el amor compasivo y solidario.

La fe nos permite aceptar a Dios como el no ausente en el sufrimiento. En la Carta a los Hebreos se pone como ejemplo a Jesucristo y se invita a tener paciencia para encontrarnos con Dios en medio del sufrimiento.

⁕ Las experiencias de comunicación y de comunión nos ponen en camino hacia Dios.

La comunicación es el ámbito del amor y de la comunión. La comunión humana es la experiencia más plenificadora del ser humano. La comunicación es el ámbito del amor; y éste es el ámbito de Dios (1Jn 4,8). La experiencia de comunicación y amor nos ayudan a reconocer a Dios y nos ponen en camino hacia Dios. Él es comunicación de sí mismo hacia fuera:

– La creación como expresión de su amor.

– El Hijo, la encarnación, nos habla de Dios como comunicación y amor.

– Y el Espíritu es esencialmente don, amor, comunión… Es el que nos hace partícipes de “el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones”.

Nada habla más y mejor en nuestra interioridad de Dios que la experiencia humana de amor y de comunión. Y es en la persona de Jesús, donde estas experiencias de interioridad de amor y comunión se convierten en referentes objetivos y noticias seguras sobre Dios.

 D.- María, la Madre de Jesús, primera cristiana en el campo de la apertura a Jesús y de su seguimiento.

Para no desfigurar a María necesitamos retomar el “Evangelio de María” y, así, quede desvirtuada como madre concreta que recorre el camino de fe, en un gesto de admiración, de acogida a Jesús y de sufrimiento. Necesitamos redescubrir a María, la Virgen y Madre de Jesús, y contemplarla como cristiana y mujer que nos conduce hasta la Iglesia.

Este curso pastoral, en el que profundizaremos en la dimensión de “la conversión interior”, queremos situar a María en el campo de la apertura a Jesús y de su seguimiento: “María, evangelio vivido”:

– María es la mujer que ha dialogado con Dios, que ha escuchado y dicho su “sí”, en cuerpo y alma, en el dominio de sí misma y en la transparencia ante los otros (espiritualidad de la absoluta disponibilidad).

– María deja la “vieja familia de este mundo” para hacerse, ella también, familia de Jesús, en una actitud total de desprendimiento (espiritualidad de empequeñecimiento, de “kénosis”).

– María se pone también al servicio del Reino como animadora de las bodas, como hermana y madre de los discípulos (Hech 1,14; Jn 19,25s) (espiritualidad de servidor, de la “diaconía”).

– María se pone en camino e inmediatamente va al encuentro de su prima Isabel y de quien la necesita (espiritualidad de la prontitud).

 

 

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