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Raúl Berzosa: “Si vivimos orgullosos y engreídos, “endiosados” terminaremos cansados y agotados y, por lo mismo, frustrados e infelices”

Queridos hermanos  sacerdotes, queridas autoridades, queridas hermanas Agustinas, queridos Residentes y Trabajadores de la residencia Santa Rita, querida Coral Agustiniana, queridos todos:

¡Qué alegría, poder celebrar un año más esta memoria de nuestra Santa! Me fijo en uno de sus títulos: “abogada de los imposibles y de las causas que parecen imposibles”. Para comenzar, vivió los tres principales estados de vida cristiana: casada, viuda y consagrada religiosa. Y, sin contar de nuevo los milagros que el Señor hizo en ella en vida (conversión de su marido, perdón al asesino de su marido, evitar que sus hijos tomaran venganza del asesino, entrada milagrosa en el convento agustino, florecimiento de una rosa y un higo en pleno mes de enero, etc…), me fijo en otros tres milagros “casi imposibles”, atribuidos a su intercesión, una vez que ha subido al cielo: la reconciliación, en Casia, entre Agustinos y Franciscanos; la reconciliación entre clero secular y clero regular; y, en otro orden de cosas, en el terrible terremoto de 1599, la única casa que quedó intacta fue la suya, con una peculiariedad: todavía se pudo ver, en el tejado, la abertura por la que se decía que bajaba un ángel cuando ella estaba orando en dicho inmueble.

Este título de “abogada de los imposibles”, me da pie para resaltar lo que he venido subrayando en el tiempo pascual: el vivir, como signo de santidad, las Bienaventuranzas, como las vivió Santa Rita. Todo ello en la línea de los señalado por el Papa Francisco, en “Gaudete et Exsultate”, nn. 63 al 94. El Papa Francisco afirma, dichas bienaventuranzas, son como el “carnet de identidad” del cristiano y el retrato vital de cómo vivió el mismo Jesús y, añadimos, el estilo y forma de vida de como vivieron los santos y santas durante XXI siglos…

«Felices y santos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Pobre no es tanto quien ama a Dios, sino quien se deja mar por Él, y le cambia la vida. San Lucas también nos habla de ser «pobres» sin más (cf.Lc 6,20), y nos invita a una existencia austera y a compartir todo lo nuestro con los más necesitados.

 

«Felices y santos los mansos, porque heredarán la tierra”. Manso es quien se sabe criatura, arcilla en manos de Dios, quien “deja a Dios ser Dios en todo”: en su vida personal, familiar, social, laboral… Si vivimos orgullosos y engreídos, “endiosados” terminaremos cansados y agotados y, por lo mismo, frustrados e infelices.

 

 «Felices y santos los que lloran, porque serán consolados”. Llorar es ver las cosas como las ve Dios y sentirlas como Él las siente. Es todo menos vivir de forma superficial y frívola. La sociedad nos propone lo contrario: el entretenimiento, el disfrute, la distracción, la diversión…

 

«Felices los que tienen hambre y sed de justicia (de santidad), porque quedarán saciados».  Es implantar en esta vida lo que se vive en el seno de la Trinidad: Vida, Amor y Comunión. Recordemos que se comienza siendo justo en las propias decisiones, y luego se alarga buscando la justicia para los pobres y débiles: «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda » (Is 1,17).

 

«Felices los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia». Es tener entrañas de madre, lo más gratuito de este mundo: acoge vida, la nutre y la a luz. La misericordia tiene dos caras inseparables: por un lado, el dar, el ayudar, el servir a los otros; y, por otro lado, perdonar y comprender.

 

«Felices y santos los de corazón limpio, porque verán a Dios”.  Los que se dejan trabajar en su interior por el Espíritu Santo, los transparentes. Los que hasta en “sueños”, sueñan cosas de Dios (limpio su subconsciente). Esta bienaventuranza habla de quienes tienen un corazón sencillo y sin dobleces. En la Biblia, el corazón hace referencia a nuestras intenciones verdaderas, a lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos. No olvidemos que «el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón » (1 Sab 16,7).

 

«Felices y santos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Pacíficos son los que están al día con Dios, con los demás y con ellos mismos. ¡Qué bien nos sentimos al lado de un hombre o mujer pacífico y pacificado! Recordemos también que el mundo de las habladurías no construye la paz; «procuremos buscar siempre lo que favorece la paz» (Rm 14,19), porque la unidad es superior al conflicto. La difamación y la calumnia son como un acto terrorista: se arroja la bomba, se destruye, y el atacante se queda feliz y orgulloso.

 

«Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Los que son coherentes, van contracorriente y son signo de contradicción. Jesús nos recuerda cuánta gente ha sido, es, y será perseguida por haber luchado por ser coherente con Dios y con los demás.

Comenzábamos diciendo que Santa Rita es abogada de los imposibles; pero el que ayuda a que los imposibles sean “posibles” es el Espìritu Santo. Ese mismo Espíritu que, un día más, realizará el gran milagro de la conversión del Pan y del Vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Pidámosle que nos ayude a vivir las mejores virtudes de Santa Rita, como personas y como comunidades.

 

+ Cecilio Raúl, Obispo

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