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Mons. Cecilio Raúl
Berzosa Martínez

Mons. Francisco Gil Hellín.

Administrador Apostólico

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Raúl Berzosa: “Tantas horas gastadas en silencio y oración en el templo de Las Carmelitas, ante el sagrario, le prepararon para encontrarse, con familiaridad, con naturalidad, con el Amado”

Querido hermano y obispo, D. José; queridos hermanos Sacerdotes, especialmente D. Rafael, párroco de San Cristóbal; muy querida familia de D. César: Luisa, su hermana, Pedro, hermano político, Ana, Javier, Ani, Bea, y otros miembros de la misma; queridas consagradas; queridos todos:

Desde que operaron, en esta última ocasión, a D. César, además de mantener contacto diário con su familia, lo visité en tres ocasiones. En las dos primeras, lo encontré muy débil. Sin embargo, en la última visita, me llamó la atención su palpable mejoría y lucidez. En realidad, estaba luchando una batalla final entre la vida y la muerte.

En las tres ocasiones recé, brevemente, “en él y por él”, y le impartí mi bendición en forma de cruz sobre su frente. Me alegró el comprobar que siempre estaba rodeado de sus familiares.

El sábado, muy temprano, me llamó por teléfono el Sr. Vicario General, D. Tomás, para comunicarme la triste noticia: D. César había fallecido en la noche. Había subido al cielo en un día mariano, justamente cuando me encontraba en Zaragoza, participando como ponente en unas Jornadas Mariológicas. Ese mismo día, a las 9,00 horas, presidí la Eucaristía en la Basílica del Pilar; todos los presentes rezamos por D. César, y me atreví a decirle a la Pilarica: “Realmente, para algunos, la noche no es tiempo de oscuridad y tristeza, sino de salvación y de gloria, como así habrá sido para nuestro querido D. César”. La Virgen Santísima, de la que era tan devoto y amante, aquel mismo sábado le presentaría a su hijo para que le diera el premio como sacerdote y siervo fiel y cumplidor.

En esa misma mañana, llamé a su queridísima hermana, doña Luisa, y aunque muy nerviosa, en presencia de D. Tomás y de su familia, me expresó: “Ya le decía a mi hermano que estuviera tranquilo; que iba camino del cielo. Y que allí nos tenía que esperar a todos”. Palabras muy sencillas, como es ella, pero llenas de fe y de ternura.

Es verdad que morimos como vivimos. En el caso de D. César fue pasar de un umbral a otro, de una puerta a otra. ¡No podía ser de otra manera!: tantas horas gastadas en silencio y oración en el templo de Las Carmelitas, ante el sagrario, le prepararon para encontrarse, con familiaridad, con naturalidad, con el Amado, con el Único y Eterno Buen Pastor y Sacerdote: Jesucristo, nuestro Señor. En la más pura tradición teresiana, D. César, experimento aquello de “muero porque no muero sino porque tengo que morir”… y, “véanme tus ojos, dulce Jesús mío” véanme tus ojos, mientras vivo, y muera yo luego”, ¡para un vivir Contigo, Señor, para siempre!

  1. César, como veterano capellán de las Madres Carmelitas, ha experimentado, particularmente en sus últimos momentos, lo mismo que los grandes místicos: la subida al Monte y la kénosis o bajada. Días y noches de mucho consuelo; y días y noches de dolor y tristeza. Larga y fecunda experiencia, acompañado siempre de sus queridas monjas de clausura y de su familia de sangre.

¿Qué podemos decir, además y en resumen, de la larga biografía de D. César?… Nació en Ciudad Rodrigo, en 1927, y realizó sus estudios en el Seminario Diocesano. Se ordenó presbítero en 1951. Ejerció como Párroco en Serradilla del Llano y fue Encargado de Guadapero, en los años 1951-1960. En 1960 fue nombrado Capellán de las Madres Carmelitas Descalzas. Y desde 1960, en Ciudad Rodrigo, sirvió como Profesor, Director Espiritual, y Vicerrector del Seminario Diocesano; Profesor de Religión en las Escuela de Magisterio y en el Colegio de las Teresianas; Confesor de Monasterios y diversos Institutos y Congregaciones de Religiosas; Delegado Diocesano de Pastoral Vocacional y Animador de Ejercicios Espirituales; y Delegado de Arpu y Adscrito a la Parroquia de San Andrés. En la Curia Diocesana ejerció como Notario y Delegado de Fundaciones y Capellanías. En sus últimos días, me pidió la gracia de poder celebrar la Eucaristía en su casa, al no poder acudir al templo carmelitano. Se lo concedí con mucho gusto.

No cabe duda que, para nuestro presbiterio civitatense, es una gran pérdida física; nos dice adiós un sacerdote de “cuerpo entero”, cualificado y excelente servidor; pero nos consuela, al mismo tiempo, una divina ganancia: tenemos un intercesor más, que seguirá trabajando, para que el Dueño de la Mies no deje de enviarnos nuevas y santas vocaciones sacerdotales, para servir a esta tierra y a este Pueblo fiel que peregrina en unos momentos históricos nuevos.

Vienen en nuestra ayuda las lecturas de este día, fiesta de San Matías, en el que un servidor celebra el aniversario de su ordenación episcopal: 13 años. En la Primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se cuenta precisamente la elección de Matías. Con el Salmo 112 hemos cantado que Dios lo sentó con los príncipes de su pueblo. Y, el bello pasaje evangélico de San Juan, nos recuerda que “nosotros no hemos elegido a Jesucristo; Él nos ha elegido a nosotros”. Todo ello, por real y justa analogía, es aplicable a la vida y ministerio de nuestro querido D. César. En este sentido, y en nombre de D. César, y ante la Virgen del Carmen y de La Peña, me atrevo a parafrasear el Magnificat de María, reconvirtiéndolo, hoy, en Magnificat de D. César:

Proclama todo mi ser sacerdotal la grandeza del Señor.

Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la pequeñez y humildad de este pobre siervo sacerdote.

Desde ahora, y por siempre, mi vida agradecerá todos los dones. Nunca han sido méritos míos, sino regalos del Señor de la Providencia, quien me llamó a ser Sacerdote eternamente, en su Hijo.

El Poderoso, sin merecerlo por mi parte, siempre ha hecho obras grandes en mí. ¡Bendito y alabado sea su Santo Nombre!

Derribó todas mis pretensiones humanas y ensalzó tan sólo sus proyectos, aunque parecieran más pequeños y más humildes que los míos.

Ante el Sagrario, colmó, con la oración, mi hambre y sed cotidianas de Él.

Y, como derroche de misericordia recibida, y respuesta a la misma, me hizo indigno instrumento y mediación del Sacramento del Perdón y de la Reconciliación, especialmente, en tantas comunidades consagradas.

Siempre el Señor auxilió a su humilde siervo, como lo vio patente en otros ejemplares hermanos sacerdotes.

Gracias, Señor, porque mi vida, como la de María, Madre y Siempre Virgen, sólo ha sido un constante e incesante canto del Madgnificat”.

En el obligado capítulo de agradecimientos humanos, el primero para su familia de sangre, que tanto han querido y arropado a D. César; y, el segundo, para su segunda familia: las Madres Carmelitas; agradecimiento que se alarga hacia todas las comunidades de consagradas de nuestra Diócesis, de quienes fue confesor y guía espiritual; Gracias, D. Vicente, co-capellán de las Madres Carmelitas, por el trato cariñoso y tus cuidados exquisitos otorgados a D. César en estos últimos tiempos; gracias al Seminario y a la Curia, donde D. César gastó gran parte de su vida; gracias al personal sanitario que le atendió durante su vida y, especialmente, en estos últimos días; y gracias a todos los presentes por vuestras muestras de afecto sincero hacia D. César y por el testimonio sincero de vuestra fe. Recemos por él, por si necesitara nuestros sufragios y oraciones dirigidos al Dios de la Vida; seguros de que, si no los necesitara, volverán a nosotros con creces y en mayor abundancia.

Que el Espíritu de la Pascua que estamos viviendo con tanta fuerza, transforme un día más el Pan y el Vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, y nos ayude a vivir una existencia tan rica y fecunda como la de D. César. Que así sea y que en el cielo nos veamos un día todos los presentes. Así sea.

+ Cecilio Raúl, Obispo

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