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Mons. Cecilio Raúl
Berzosa Martínez

Mons. Francisco Gil Hellín.

Administrador Apostólico

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Raúl Berzosa: “El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo, una iniciativa y una llamada de Dios mismo”

Querido P. Antonio; queridos Padre Provincial y Padre Superior Local; queridos consagrados y consagradas, de Alba y los llegados de otras comunidades; queridos padres, hermanos, sobrina, abuelo y familiares del P. Antonio; queridos sacerdotes, especialmente los párrocos de este lugar y de las parroquias anejos; queridos profesores, alumnos y trabajadores del colegio; queridos todos.

Un saludo muy cordial y muy cercano, sobre todo, a los que habéis venido de lejos. Sentiros como en vuestra casa. El Señor nos ha concedido hoy un gran y bello regalo: la ordenación presbiteral del P. Antonio. Y la Providencia ha permitido, en nombre de D. Carlos, nuestro querido Obispo de Salamanca, que este humilde siervo presida esta hermosa celebración.  Porque, en verdad, “El sacerdote, no es sólo un don de Dios para una comunidad, ni siquiera para la Iglesia, sino para toda la humanidad”. El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo,  una iniciativa y una llamada de Dios mismo. Y, además,  como el P. Antonio, nos ha escrito en su invitación, copiando una frase del Fundador Leon Dehon, tiene que tener “un corazón de Padre, de Madre y de Pastor”…

No me detengo en las lecturas que acabamos de escuchar. Tan sólo subrayo, de la Primera, tomada del Libro de Jeremías, que un sacerdote ha sido escogido “desde el útero materno… y que Dios siempre pone su Palabra en sus labios y en su corazón”. De la segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, como Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, “hay que aprender a obedecer, sufriendo… y que somos sacerdotes para toda la eternidad”. Y, finalmente, del Evangelio de San Juan, que el Sacerdote es la presencia misma de Jesucristo Resucitado para repartir “el pan y los peces”, es decir, la Eucaristía; que es el don más preciado y precioso que nos legó el Señor y seguridad de su presencia entre nosotros para siempre.

Permíteme, P. Antonio, que en este día, no te hable de altas teologías, y ni siquiera de lo que supone el sacerdocio en la vida de un consagrado. Te haré un regalo muy especial: la homilía que en Valencia, un 8 de noviembre del año 1982, pronunció el Santo Papa Juan Pablo II, en mi propia ordenación sacerdotal. Allí estábamos 150 diáconos, tanto del clero secular como de diversos Institutos y Órdenes de consagrados. Verdaderamente es una homilía que no ha perdido actualidad.

Primero, nos preguntó el Papa Juan Pablo II: ¿En qué consiste la gracia del sacerdocio que hoy  vais a recibir?”… Y respondía: -El sacramento del orden está profundamente enraizado en el misterio de una llamada personal que Dios hace al hombre. Nos revela el profeta Isaías: “El Espíritu Santo está sobre mí porque el Señor me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Nueva”. Es necesario, meditar con el corazón este diálogo único y personal entre Dios y el llamado. Este diálogo tendrá que continuar, ininterrumpido, durante toda nuestra existencia a través de la oración y del trato íntimo con el Señor de la llamada.

En segundo lugar, nos insistió el Papa: ¿Cuál será vuestra identidad sacerdotal?… – La identidad sacerdotal encuentra tres rasgos: llamados mediante una elección; consagrados con una unción; y enviados para una misión. Hemos sido llamados por Dios en Jesucristo; consagrados por El, con la unción de su Espíritu;  y enviados para realizar su misión en la Iglesia y en el mundo.

La Carta a los Hebreos, recuerda que Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote, y el punto de referencia de nuestro ejercicio ministerial. De este único sacerdocio participamos los obispos, los presbíteros y los diáconos, cada cual en su orden y grado, para continuar en el mundo la consagración y la misión de Cristo. Actuamos “in persona Christi”; más aún: estamos llamados a configurarnos con Cristo y a expresar con nuestra vida lo que leemos en Gálatas 2,2: “Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí”.

Continuó el Papa San Juan Pablo: “¿Qué implica existencialmente ser llamados, consagrados, y enviados?… –Que nos tendríamos que dedicar plena y enteramente a la obra que se nos iba a confiar. La consagración que recibimos nos absorberá totalmente, nos expropia radical y existencialmente, y hará de vosotros instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, y prolongación de su misión para gloria del Padre. Nuestra vida es un don total al Señor y, en Él, a los demás. Es un don total que comporta un compromiso de santidad, expresado en la frase que escucharemos: “Tenemos que imitar y vivir los misterios que administraremos”.

Desde este sentido de entrega total, de configuración con Cristo y de dedicación exclusiva y definitiva a la obra del Padre, se entiende el compromiso del celibato. No es una limitación, ni una frustración. Es la expresión de una donación plena, de una consagración peculiar, de una disponibilidad absoluta. Al don que Dios otorga en el sacerdocio, se responde con la entrega del elegido con todo su ser, con todo su corazón y con todo su cuerpo; en otras palabras, con el significado “esponsal” que tiene dicha entrega a Cristo y a su Iglesia. Todo en clave de amor porque con el celibato no se renuncia al amor y a la fecundidad. Se vive un amor de ágape y de gratuidad y una fecundidad espiritual. Esta dimensión de esponsalidad, querido P. Antonio, en ti se reduplica por tu voto de castidad, como consagrado.

Por eso, seguía recordándonos el Papa Juan Pablo, existe una paternidad y una maternidad espiritual, que experimentan los presbíteros y los consagrados. En nuestro caso, el corazón y las facultades quedan impregnados por el amor de Cristo, para ser testigos de un amor nuevo y de una caridad pastoral nueva. El secreto para ser fieles en esta caridad pastoral se encuentra en el diálogo que Cristo mantiene con cada uno de sus elegidos, como lo mantuvo en su día con San Pedro: “¿Me amas?”.  El Señor Resucitado no se dirige a Pedro para amonestarlo o para castigarlo por su debilidad o por el pecado que ha cometido al renegar de él. Le pregunta por su amor. Como a cada uno de nosotros: “¿Me amas?”… ¿Me amas todavía?… ¿Me amas cada vez más?”… Sí. El amor de Dios, fruto del Espíritu Santo, es siempre más grande que la debilidad y que el pecado. Y sólo él, el Amor, descubre continuamente perspectivas de renovación interior y de unión con Dios, incluso en las experiencias de debilidad y de pecado. Nuestra respuesta sólo puede ser la misma de Pedro: – “Sí, Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”.

Pedro no responde: “Sí, te quiero”, sino que remite al corazón del Maestro y al conocimiento que el Señor tiene de él; por eso le dice: “Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo”. Por medio de este amor, confesado tres veces, Jesús Resucitado confía a Pedro sus ovejas. Y del mismo modo te las va a confíar a ti, querido P. Antonio, en el desarollo de tu carisma de Padre Reparador. Es necesario que tu ministerio sacerdotal eche raíces cada vez más hondas en el amor a Jesucristo.

Nos insistió el Papa: “¿A dónde conduce el amor indiviso a Cristo y a su rebaño?… – Ante todo, debemos celebrar dignamente la Eucaristía. Ésta no es un acto más de nuestro ministerio; es la raíz y la razón de ser de nuestro sacerdocio. Seremos sacerdotes, sobre todo, para celebrar y actualizar el sacrificio de Cristo,  y en él su Amor, “siempre vivo y que intercede por nosotros”, según la Carta a los Hebreos. La Eucaristía se convierte así en el misterio que debe confugurar interiormente toda la existencia de un presbítero. Por una parte, ofreceremos sacramentalmente el Cuerpo y la Sangre del Señor. Por otra, unidos a El — “in persona Christi”—, ofreceremos nuestras personas y nuestras propias vidas, para que sean también transfiguradas con El. La Eucaristía será el culmen de nuestro ministerio, la fuerza en la evangelización, el manantial de nuestra vocación, y la fuente de glorificación a Dios y  de intercesión por el mundo.

Además,  insistió el Papa Juan Pablo, como podemos leer en el Evangelio de San Juan, el Señor ha orado por nosotros y en nosotros para “que no seamos del mundo como Él tampoco es del mundo”. No significa que huyamos del mundo sino que seamos guardados del mal. Estamos “puestos aparte”; “segregados”, pero “no separados”. Por eso, no debemos temer el ser diferentes y, sobre todo,  no debemos temer ser sacerdotes “de cuerpo entero”. Subrayaba con énfasis el Santo Papa que el ser “uno más” en una profesión civil, o en el estilo de vida, o en el modo de vestir, o en el compromiso político, no nos ayudará a realizar plenamente nuestra misión; defraudaríamos a nuestros propios fieles que nos quieren sacerdotes de cuerpo entero: es decir, orantes y litúrgicos, maestros y sabios, pastores y caritativos, padres y discípulos, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos cercanos.

Tenemos que hacer de nuestra total disponibilidad a Dios una total disponibilidad a nuestros fieles. Esto supone, igualmente, darles el verdadero pan de la palabra, con fidelidad a la verdad revelada de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia; y facilitarles todo lo posible el acceso a los sacramentos. En este sentido, además de la Eucaristía, particularmente debemos facilitarles el Sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación, signo e instrumento de la misericordia  y del amor de Dios, de la reconciliación obrada por Cristo; para ello, tenemos que ser nosotros mismos asiduos en su recepción. Insistió el Papa en la necesidad de redescubrir el sacramento del perdón, tal y como la Iglesia lo quiere.

Finalmente, el Santo Padre nos subrayó el amor y la dedicación a los enfermos, a los más pobres y a los marginados;  nos pide compromiso firme con todas las causas justas  y para la defensa de la dignidad de la persona humana; que sepamos consolar a los afligidos y, sobre todo, dar esperanza a los más jóvenes. En una palabra: que nos mostremos en todo “como ministros coherentes de Cristo”.

Hasta aquí, las palabras del Papa Juan Pablo II, que tanto han significado en mi vida. No me alargo más, querido P. Antonio. Tan sólo dos  recomendaciones, como una moneda con dos caras: Por un lado, ¡no te separes nunca de Cristo ni de la Iglesia! El signo visible, será la fraternidad y comunión con tu Congregación. Y, por otro lado, que no te acostumbres a los misterios de Dios, para que celebres cada día, tal y como está escrito en muchas de nuestras sacristías, como si esa “Misa fuese la primera, la última o la única”.

Muchas felicidades a tus padres y a tus familiares de sangre; pero sobre todo, muchas felicidades a esa nueva familia de consagrados en la que estás gastando tu vida dede hace años: la Congregación de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús. Gracias por vuestra generosidad y que el Señor os recompense todo lo que, humanamente, ni sabemos ni podemos hacer, en este lago acompañamiento del P. Antonio hasta el día de hoy.

Que la Virgen María, Madre de los sacerdotes y de los consagrados, te custodie con su amor, querido P. Antonio;  y que el Espíritu Pascual nos haga a todos ser fieles discípulos del Señor Resucitado, para que sepamos también exclamar y vivir como Santa María, y como San Juan Pablo II, un “sí”  a Cristo y a su Iglesia, traducido en un “Totus tuus” (todo tuyo, Señor), hoy y siempre.  Que así sea. Amén.

+  Cecilio Raúl, obispo de Ciudad Rodrigo

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