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Raúl Berzosa: “San Sebastián nos muestra con su vida, y es el segundo mensaje para todos los presentes, que quienes hemos descubierto la alegría de la fe, del amor cristiano y de la esperanza, no podemos permanecer de brazos cruzados ante nuestros hermanos sufrientes”

El obispo en el momento de pronunciar la homilía

Queridos hermanos sacerdotes, estimado Sr. Alcalde y autoridades políticas y sociales, queridos mayordomos y Cofrades de San Sebastián, queridos todos:

Un año más nos reúne en este templo catedralicio la memoria viva de San Sebastián. Y, un año más deseo, a la luz de su vida recobrar y subrayar, brevemente, un mensaje válido y actual que nos sirva para todos los mirobrigenses; un mensaje de fe y de esperanza en nuestro futuro.

Durante los años anteriores he venido subrayando que estamos en un cambio de época social, y que necesitamos nuevas actitudes y nuevas claves para resituarnos, como cristianos y como ciudadanos, en el momento presente. San Sebastián nos enseña, en primer lugar, que una verdadera y fecunda transformación tiene que comenzar cambiando en profundidad el corazón humano. Algunas revoluciones intentaron dar la vuelta a sistemas socio-políticos y económicos, pero fracasaron porque no cambiaron realmente el corazón del hombre. La verdadera transformación, personal y social, comienza en el corazón de cada uno, como nos enseñó e hizo posible Jesucristo y su Buena Noticia del Evangelio.

Esta fue también la experiencia que vivió San Sebastián; sólo un corazón nuevo, regenerado por el Espíritu, crea un mundo nuevo, porque es un corazón que sabe valorar la vida con horizontes, sin dejarse atrapar por lo inmediato; es un corazón que ama, sufre y se alegra con los demás; y es un corazón lleno de ternura y de misericordia para quienes están en las periferias y en los últimos lugares de nuestra sociedad. Un corazón lleno de amor de Dios, es la fuerza más grande de transformación de la realidad, capaz de hacer hombres y mujeres nuevos, de derrumbar las murallas del egoísmo y de la violencia, y capaz de rellenar las zanjas y separaciones que nos alejan  los unos de los otros.

No hay que ir muy lejos. También aquí, en Ciudad Rodrigo, hay personas que viven diferentes  pobrezas: culturales, de vulnerabilidad y marginación social, económicas, espirituales y, por desgracia y a veces, sin esperanza; otras están inmersas en la soledad y en la tristeza; otras, sufriendo una ruptura matrimonial o la división familiar; otras, sumidas en una profunda crisis de sentido vital y de desencanto, de los que intentan salir infructuosamente por el alcohol, las drogas, los juegos de azar, engañosa relaciones, o una sexualidad sin ética… Son corazones fríos, desencantados y paralizados, “infartados existencialmente”, muertos prematuramente. ¿Qué podemos hacer?…

La procesión a su paso por la plaza Mayor.

San Sebastián nos muestra con su vida, y es el segundo mensaje para todos los presentes, que quienes hemos descubierto la alegría de la fe, del amor cristiano y de la esperanza, no podemos permanecer de brazos cruzados ante nuestros hermanos sufrientes. ¡No solamente somos ciudadanos; somos cristianos y somos discípulos de Jesús, no para encerrarnos en nosotros mismos, sino para estar abiertos a los demás, para ayudarnos, para dar no sólo de lo que nos sobra sino incluso de lo que necesitamos y, cómo no, para llevarnos unos a otros a Cristo, sentido y plenitud de nuestras vidas!

San Sebastián fue consciente de que Jesús – como indica su nombre – es el “Salvador de toda la humanidad”, no sólo de los hombres de una determinada época, de una limitada área geográfica, o de un concreto status social y económico… Jesús y su Evangelio son muy actuales y lo son para todos y para todos los tiempos. La sabiduría y el buen hacer que provienen de Jesucristo no sólo no se oponen a lo humano o están desfasados, sino que por el contrario, lo purifican, lo elevan y lo plenifican.

El tercer mensaje de San Sebastián, hoy y aquí, es el siguiente: La Iglesia, también la nuestra diocesana, siempre ha querido estar presente en dos orillas: por un lado, en los lugares donde se mueve el corazón de la sociedad y donde se crea una cultura propia. Y, por otro lado, con los más necesitados. Nuestra Iglesia no es para ella misma, no vive encerrada en sí misma ni en otro mundo o sociedad, ajenos a los del siglo XXI, o dando la espalda a este pueblo mirobrigense y civitatense. Como Iglesia Diocesana, acompañamos las grandezas y las miserias de nuestras gentes; sus tristezas y sus gozos;  y, a veces sufriendo, como un buen pastor que no sólo ha perdido una oveja sino un buen número de ellas. Nuestra Iglesia, con este pastor que humildemente os habla, es consciente de lo repetido por el Papa Francisco: que en ocasiones, tendremos que ir por delante; la mayor parte de las veces, en medio del rebaño; y, en no pocas ocasiones, detrás, recogiendo y curando a las ovejas heridas y maltratadas. Siempre, proponiendo y no imponiendo, con respeto pero sin complejos, anunciando la Buena Noticia de Jesucristo; con su mismo estilo y el de nuestro San Sebastián.

Como Iglesia Viva y muy de hoy, los cristianos tenemos que desarrollar la audacia de salir de nosotros mismos, y de nuestras comodidades e instalaciones, para ir allí donde se palpan tantas heridas humanas, cercanas y lejanas… Para anunciar, con credibilidad y con hechos, no sólo con palabras, la misericordia del Buen Padre Dios y el perdón y la reconciliación, que se hicieron tan palpables y tangibles en la vida y en el amor Jesús de Nazaret y en tantos santos, como San Sebastián.

En este sentido, apoyamos y nos unimos cordialmente a cualquier iniciativa de verdadera promoción asistencial y social. El Papa Francisco, con motivo del Día Mundial de la Paz, el 1 de Enero, nos invitaba a poner en práctica, con los más necesitados, cuatro verbos: acoger, proteger, promover  e integrar. Los retomamos para nuestra convivencia mirobrigense: acogernos siempre, porque todos tenemos la misma dignidad; proteger, especialmente a los más vulnerables; promover y creer en las capacidades de los demás y darnos siempre una nueva oportunidad, sin cansarnos de confiar unos en otros; y, finalmente, integrar a todos en una única y la misma sociedad, fraterna y solidaria.

Finalmente, San Sebastián nos recuerda que el mal y la violencia siguen existiendo y quieren mantenernos separados de Dios y divididos entre nosotros. Junto a la Gracia de Dios, todos los días, el Maligno y los malignos, siembran en nuestros corazones semillas de pesimismo, de agresividad, de insolidaridad, de rupturas, de críticas despiadadas, de desesperanza y de amargura. Para romper este laberinto diabólico, abrámonos al soplo del Espíritu Santo que no deja de esparcir en nuestros corazones las semillas de la unidad, del perdón, de la esperanza, de la fraternidad, de la solidaridad y de  la confianza.

Como experimentó San Sebastián, el Dios Vivo es mucho más fuerte que el mal y que los malvados; si le dejamos entrar en nuestras vidas nada ni nadie podrá oponerse a su acción. No nos dejemos vencer por las dificultades. ¡Nunca cedamos a la tentación de pensar y sentir que nuestra ciudad y nuestras gentes ya no tienen futuro! A Dios, personal y colectivamente, le importamos mucho: la gloria y la felicidad de Dios es que cada hombre Viva la Vida que realmente merece la pena, la que soñó Dios mismo para cada uno de nosotros, como repetía S. Ireneo. ¡Sintámonos amados por Dios! El nos ama tal y como somos. Experimentar esta realidad hace la vida más bella y más digna de ser vivida! ¡No tengamos miedo al amor de Dios y al de los demás! ¡No tengamos miedo a amar y a ser amados!

Nada más. Que sepamos imitar a Santa María, Madre del Amor y de la ternura, a San Sebastián, ejemplo de resistencia y heroísmo ante las adversidades, y a  nuestros santos patronos, que tanto amor supieron derramar para cambiar la sociedad en la que vivieron. Que así sea, con la Luz y la Fuerza del Espíritu.

 

+ Cecilio Raúl, Obispo

 

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