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Escritos pastorales

Raúl Berzosa: “Amar de todo corazón, para un presbítero, significa hacerlo sin reservas y sin dobleces, sin intereses espurios y sin buscarse a sí mismo en el éxito personal”

Queridos hermanos sacerdotes, queridas consagradas, queridos todos:

En verdad, un año más, ¡cuánto he deseado poder celebrar con vosotros esta Misa Crismal!… Dejando la riqueza de las lecturas de hoy, de las oraciones y de los signos litúrgicos, me centraré, brevemente, en tres aspectos: un mensaje para mis hermanos sacerdotes; un recuerdo especial al cumplirse el quinto año de pontificado del papa Francisco; y una invitación a preparar el Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes.

En primer lugar, a vosotros, queridos hermanos y amigos presbíteros, os recuerdo, a la luz de la reciente Ratio Fundamentalis para la formación de los futuros los sacerdotes, que la atención pastoral a los fieles exige que el presbítero posea una sólida formación y una madurez interior; no podemos limitarnos a mostrar “simple apariencia de hábitos virtuosos”. Debemos vivir el hombre interior, fruto del Espíritu, que nos llevará a una continua y personal configuración y amistad con Jesucristo, Buen y único Pastor. No podemos instalarnos, tengamos la edad que tengamos, en lo que el Papa Francisco denomina “mundanidad espiritual”, es decir, la obsesión por la apariencia, por una presuntuosa seguridad doctrinal o disciplinar, por el narcisismo y el autoritarismo, por la pretensión de imponernos siempre a los demás, por el cultivo sólo externo y ostentoso de la acción litúrgica, por la vanagloria, por el individualismo, por la incapacidad de escucha de los demás y por cualquier clase de “carrerismo”. Debemos ser y vivir, como se subraya en la nueva Ratio, de forma sobria, practicando siempre un diálogo sereno, y viviendo siempre, como discípulos del Maestro, sin cansarnos experimentar el heroísmo de la caridad pastoral (1 Cor 4,1). La transformación de nuestro “hombre viejo en hombre interior nuevo” nunca se puede dar por concluida; es una tarea que sabe juzgar los movimientos de la conciencia y de los impulsos interiores que motivan nuestra acción pastoral. ¡Qué sugestiva y bellamente nos llama el Papa Francisco, a los presbíteros, los “hombres del discernimiento”, capaces de interpretar la vida humana cotidiana a la luz del Espíritu para así escoger, decidir y actuar conforme a la voluntad divina! (Cf. Ratio, n. 42). Todo lo expresado anteriormente, sin detenerme más en ello, son el núcleo de las promesas que, como sacerdotes de esta Diócesis, haremos dentro de esta celebración eucarística. Al realizar nuestra renovación, tenemos que acercarnos con humildad al Señor y preguntarle: “¿Cuál es tu voluntad, hoy y aquí, para este siervo?… ¿Qué quieres de mí?”… Como también nos recordó el Papa Francisco, en su Visita al Colegio Español de Roma, el día 1 de abril, ya sabemos la respuesta: son las tres palabras del Shemá con las que Jesús respondió al Levita: «amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Mc 12,30). Amar de todo corazón, para un presbítero, significa hacerlo sin reservas y sin dobleces, sin intereses espurios y sin buscarse a sí mismo en el éxito personal. Amar con toda el alma, es estar dispuestos a ofrecer la vida desde el heroísmo de la caridad cotidiana. Finalmente, amar con todas las fuerzas, nos recuerda que allí donde está nuestro tesoro está también nuestro corazón (cf. Mt 6,21); en nuestras pequeñas cosas, seguridades y afectos, es donde nos jugamos el ser capaces de decir “sí” al Señor o, por el contrario, darle la espalda como el joven rico del Evangelio.

En segundo lugar, deseo también recordaros que se han cumplido cuatro años de la elección de nuestro querido Papa Francisco. Desde el inicio ha venido insistiendo en hacer realidad una iglesia sinodal y una iglesia del encuentro y de la escucha recíproca: laicos, consagradas, presbíteros, cada uno a la escucha de los demás; y, todos juntos, a la escucha de la voz del Espíritu para discernir lo que dice a esta iglesia civitatense (Ap 2,7). Sinodalidad es reconocer que todo el pueblo participa de la función profética (LG 12), conforme al conocido principio: “Lo que a todos afecta, por todos debe ser tratado”. Porque creemos en la comunión para la misión. Ejercer la sinodalidad, presidida en caridad por el obispo, no es limitar la libertar sino la garantía de comunión y de misión verdaderas. La sinodalidad eclesial, bien vivida, repercutirá también en la sociedad de hoy. En este sentido, en una reciente entrevista a un diario español (Cf. El País, 22-1-2017), el Papa Francisco subrayó: “Pido a los españoles de hoy que ejerciten el diálogo; por favor, dialoguen. No se insulten ni condenen antes de dialogar. Con diálogo se abatir muros y levantar puentes de comunicación, de relación, de unidad. El diálogo requiere respeto mutuo y sano discernimiento para buscar soluciones válidas y fecundas”. Añado: no puede verdadero diálogo sin la luz y la fuerza del Espíritu. Pidámoslo. Y pidamos por los frutos de la Visita Pastoral que, en breve, comenzaremos al Arciprestazgo de Ciudad Rodrigo. Sigue leyendo

 Raúl Berzosa: “En momentos tan únicos y especiales, como los presentes, viene a manifestarse, aún más, la belleza de nuestra fe”

Querido D. José, obispo hermano y amigo; queridos hermanos sacerdotes, y muy especialmente querido D. Celso; queridos Amparo y Manolo, hermanos de D. Celso, y querida familia de doña Felicidad; queridas consagradas; queridos todos:

El sábado, antes de comenzar el Retiro Arciprestal en el Seminario, pregunté, una vez más, a D. Celso por su querida madre. Me mostró gran preocupación. Y, el domingo, muy temprano, me llegaba la llamada de teléfono: “D. Raúl, mi madre ha fallecido”. Pensé que la Virgen se la había llevado en un sábado, a los 91 años de edad.

        Desde que llegué a Ciudad Rodrigo, he tenido muy grabada una estampa entrañable: la de D. Celso, varias veces al día, visitando a su madre en la Residencia San José y ayudando en lo que fuere necesario, principalmente en las horas de las comidas. Han sido años de gran fidelidad de un hijo ejemplar con su madre. No importaba si, en ocasiones, ni siquiera, aparentemente, su madre le conocía. D. Celso sabía perfectamente que ella respondía a sus estímulos y palabras. ¡Gracias D. Celso por este ejemplo impagable e inolvidable! Igualmente, gracias a tu familia que, en la medida de sus posibilidades, ha hecho todo lo que estaba en sus manos.

En momentos tan únicos y especiales, como los presentes, viene a manifestarse, aún más, la belleza de nuestra fe. ¡Qué diferente mirada y trato se da a las personas cuando se hace con los ojos de la fe y con un corazón lleno de amor cristiano y de esperanza! Estoy seguro que Doña Felicidad, en circunstancias muy diversas a las que ha vivido y sin las gentes cristianas que la han tratado, hubiera tenido “un día a día y un final”, muy diferentes. ¡Por todo ello, doy gracias al Dios Bueno que la ha rodeado de testigos cristianos que creían, verdadera y profundamente, en la Vida Eterna. Desde esta creencia, nada ni nadie se pierde. Nos sentimos peregrinos, en este primer mundo, aun cuando nuestras vidas hayan sido muy complejas y difíciles. ¡Y, además de dar gracias a Dios, doy gracias a las hermanitas de la Residencia de San José, al personal sanitario y laboral, y a los residentes, por haber sabido mirar siempre a Doña Felicidad con ojos de fe, de amor misericordioso y de esperanza.

Lo recordaban las lecturas del día de hoy. En la primera, una vez más San Pablo, nos redescubría el secreto y el misterio de nuestras existencias, largas o cortas: “Si vivimos, vivimos para Dios; si morimos, morimos para Dios. En la vida y en la muerte somos de Dios”. Así lo creyó y vivió Doña Felicidad. Incluso, en sus últimos años, postrada en su lecho, experimentó lo que hemos cantado en el Salmo: “El Señor es mi pastor; nada me falta”. Y, en el pasaje del Evangelio proclamado, recordando de la resurrección de Lázaro, no importa que nos identifiquemos más con María, y con el mismo Jesús, y “lloremos” por la muerte de nuestra hermana Felicidad: no son lágrimas de desesperación o de tristeza sino de “amor y consuelo”, porque nos acompaña y está presente nuestro Señor Jesucristo, muerto y Resucitado. Unidos a Él no podemos temer nada. Unidos a Él ganamos todo. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Pido a San Blas que nos conceda la gracia de usar siempre nuestras gargantas y nuestras lenguas para alabar, bendecir y siempre dar gracias a Dios y a los demás”DSC_0490

Queridos hermanos sacerdotes, queridos Mayordomos y cofrades de San Blas, queridos todos:

Un año más, la Providencia Divina, y San Blas, nos han permitido poder celebrar la Eucaristía en este recinto tan único: el Monasterio de La Caridad. Como la temperatura nos aconseja que seamos breves, permitidme unas palabras centradas en dos núcleos: por un lado, en las lecturas litúrgicas de hoy y, por otro lado, en las palabras del Papa Francisco en su reciente visita a la parroquia romana de Santa María en Seteville.

En la primera lectura de este día, tomada de la Carta a los Hebreos, se nos recordaba que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. El mismo Jesucristo fue el de San Blas, y el de todos los santos, y es el mismo en pleno siglo XXI. Pero de nada sirve creer en Jesucristo si, como hemos recitado en el Salmo 26, no experimentamos que Él, Cristo, “es nuestra luz y Salvación”. Aunque, como hemos proclamado en el Evangelio de Marcos, nos cueste incluso dar la vida, como Juan, por ser sus testigos y discípulos. Así se puede resumir también la vida de San Blas, a la luz de las lecturas de hoy: centró su fe en Jesucristo, en quien creyó como su Señor y su Luz y Salvación, y hasta fue capaz de dar la vida por él.

Me detengo brevemente ahora en otro aspecto central de San Blas: el ser patrono de los operados de garganta y protector de nuestras gargantas. Me permitís que lo haga recordando unas recientes palabras del Papa Francisco. En la visita a la parroquia romana a la que antes he aludido, como un párroco sencillo, improvisó esta homilía que nos viene como anillo al dedo: “Juan dio testimonio de Jesús. Y los discípulos encontraron a Jesús porque antes encontraron un testigo de Jesús; descubrieron que ser cristianos no es tener una filosofía o practicar una moral, sino, ante todo, dar testimonio de Jesús…Testimonio en las cosas pequeñas de la vida y, para algunos, en lo grande hasta incluso dar su vida… Los apóstoles no hicieron un curso para ser testigos de Jesús ni fueron a la Universidad. Tampoco fueron perfectos: los doce eran pecadores, envidiosos, tenían celos entre ellos…Incluso fueron traidores. Cuando prendieron a Jesús, todos escaparon llenos de miedo. Ser testigo no significa ser santo… Pero tuvieron una virtud: los apóstoles no fueron chismosos; no hablaban mal los unos de los otros, no se desplumaban, ni se creían superiores los unos sobre los otros o hablaban mal a sus espaldas… Por el contrario, a veces nuestras parroquias y comunidades son chismosas y, por lo mismo, incapaces de dar verdadero testimonio. Una parroquia de chismosos y chismosas no es la comunidad de Jesús ni la de los Apóstoles… Nada de chismes. Si tienes algo contra alguien díselo a la cara. Este es el signo de que el Espíritu está en una parroquia. Lo que destruye una comunidad son los chismorreos… Que el Señor les conceda esta gracia: no hablar jamás mal unos de los otros. Sigue leyendo

Raúl Berzosa:  “Además de la esperanza, donde hay consagrados, se palpa la alegría”DSC_0402

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Ángel, Delegado Episcopal para la Vida Consagrada; muy queridas consagradas; queridos todos:

Como cada año, en la Fiesta de la Presentación del Señor, celebramos la Jornada de la Vida de especial Consagración. Lo hemos escuchado en el Evangelio: cuarenta días después de la Navidad, Jesús fue presentado en el Templo por sus padres, José y María. Lo que podía parecer un mero cumplimiento de la ley de Moisés, se transformó en un encuentro público con el resto de Yahvé, con el pueblo de la memoria. Un encuentro gozoso y esperanzador. Jesucristo era luz de las naciones y gloria de su pueblo, Israel.

También hoy, la Vida de especial de consagración, es para toda la Iglesia y para toda la humanidad “testimonio de esperanza y de alegría”. Es una familia muy grande compuesta por Órdenes e Institutos Religiosos y Seculares, contemplativos y de vida activa, Sociedades de vida apostólica, Eremitas y Orden de Vírgenes, y otras muchas nuevas formas de vida de especial consagración. Lo repetimos: ¡Son la alegría y la esperanza para la Iglesia y la humanidad entera!

El Papa Francisco nos habla constantemente de esperanza y de alegría. Y, particularmente, anima a los consagrados a abrazar el futuro con esperanza. Sin ocultar las muchas dificultades, como son: disminución de vocaciones, el envejecimiento, la cultura adversa a los compromisos duraderos, la incomprensión e irrelevancia social de la vida consagrada, y otros… Pero en medio de todo ello, se levanta la bandera de nuestra esperanza, fruto de la fe en un Dios que, con su Espíritu, lleva adelante la historia de la humanidad y nos alienta con un grito: “!No tengáis miedo, yo estoy siempre con vosotros!” (Jer 1,8).

Nuestra esperanza no es fruto de nuestras obras sino de la fidelidad de Aquel que nos ha llamado y que nunca nos falla ( 2 Tim 1,12).DSC_0410 Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Su muerte repentina e imprevisible nos volvió a hacer sentir que estamos viviendo como peregrinos y que, a veces, ni siquiera tenemos tiempo para decir “adiós” a nuestros seres más queridos”

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente los de este Arciprestazgo de Abadengo; queridos familiares de D. José: Emilia, Germán, sobrinos y demás familia; queridas consagradas; queridos representantes de la Diócesis de Toledo; queridos todos:

Al poco tiempo de llegar a Ciudad Rodrigo, tras presidir la Misa Funeral por D. José Encinas, en Fuenteliante, recibí la llamada de D. Andrés: “D. Raúl, es el primero al que llamo… No se asuste: hemos encontrado muerto en su casa a D. José”. Las palabras se ahogaban por la tristeza. Inmediatamente llamé a los Vicarios para hacérselo saber, y D. Tomás y un servidor nos pusimos en camino a Lumbrales. Su familia ya estaba avisada y en camino desde Madrid.

Al entrar en la vivienda de D. José encontramos a los hermanos sacerdotes D. Andrés, D. Antonio y D. Martín, en compañía de otras personas. Juntos, ante el cadáver de D. José, rezamos un sentido responso, encomendándole de forma muy especial a la Virgen. Era sábado. A partir de aquí, la noticia se la comunicamos a los presbíteros. Debo decir que para el actual párroco de San Esteban, D. Anselmo, el impacto fue muy acusado. Traté consolé: “Tenemos que estar preparados; nunca sabemos ni el momento ni la hora de partir al cielo. Reza por D. José y hazlo con los fieles de tu parroquia. Se había jubilado y el Señor lo ha tomado en serio: le quería como jubilado para siempre con Él”.

        Es verdad que el fallecimiento de D. José ha sido inesperado y temprano tras su jubilación de párroco: apenas cuatro meses. Pero su vida ha sido, en los 76 años de existencia, muy intensa. Me permito recordar algunos datos. D. José nació en Lumbrales el día 3 de febrero de 1941, y se ordenó sacerdote en la Diócesis de Ciudad Rodrigo el 11 de Julio de 1965. Se incardinó en Toledo. En aquella Diócesis, según palabras del Cardenal Francisco Alvarez, Arzobispo de Toledo, “desempeñó con celo y provechosa dedicación los cargos de Coadjutor de la parroquia de Miguel Esteban y párroco de La Torre de Esteban Hambrán y Madridejos”. Y, también con palabras de D. Rafael Palmero, entonces Obispo Auxiliar de Toledo, “la conducta de D. José fue en todo momento digna y ejemplar y, su apostolado y su ejemplo, verdaderamente edificantes; con cualidades para la catequesis”. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “En él destacó su entrega pastoral y su compromiso, su carácter cercano y cariñoso, su piedad, su generosidad ante los necesitados y su buen sentido del humor”

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Martín (párroco) y D. Fernando (tan cercano siempre a D. José); querida familia de D. José; queridas religiosas de Marta y María; queridos residentes y personal laboral de la Residencia de San José; queridos todos:

Ayer por la noche, recibía la llamada de D. Fernando: “Ha fallecido D. José. Me lo acaba de comunicar su familia”. Debo confesar, como el mismo D. Fernando también me lo hizo notar, que fue una muerte inesperada, al parecer causada por un aneurisma.Precisamente el pasado miércoles celebré la Eucaristía en la Residencia y, al final de la misma, estuve charlando con D. José. Le encontré con buena apariencia y animado; incluso un poco socarrón, como era su carácter.

D. José no era sacerdote incardinado en nuestro presbiterio, pero le sentíamos como uno de los nuestros. Nació en París, en 1930. De padres emigrantes, muy vinculados a Bogajo. Fue ordenado sacerdote en el año 1965. Vivió varios años como Consagrado en los Oblatos de San Francisco de Sales hasta que pasó, por los años 80, al Clero Diocesano. Su labor pastoral se desarrolló sobre todo en San José de Palomares (Madrid), en Marsella, en París, y en Metz. Y, casi siempre, vinculado al mundo de los emigrantes. Cuando últimamente visitabas a D. José, su corazón estaba dividido entre Francia y España. Según me cuentan quienes le conocieron, en él destacó su entrega pastoral y su compromiso (fue expulsado de España en los años 60), su carácter cercano y cariñoso, su piedad, su generosidad ante los necesitados y su buen sentido del humor. Sigue leyendo

Raúl Berzosa; “Carmelo vivió con intensidad y pasión la vida: trabajando, creando, contemplando, exponiendo, escribiendo, y gozando con sus familiares y sus muchos y buenos amigos”

Muy queridos hermanos sacerdotes, querida Florita e hijos (David, Alberto y Samuel), queridos familiares y amigos de Carmelo, queridos todos:

Ayer por la mañana, Memoria de la Conversión de San Pablo, me llegaba la triste y esperada noticia de labios de su mujer, Doña Florita: “Carmelo nos ha dejado”. Ya el pasado sábado 21, cuando llamé para interesarme, una vez más y como hacía cada día, por la salud de nuestro querido Carmelo, Florita me dijo: “Está muy malito; le van a sedar para evitar sufrimientos mayores”. Como siempre, lo expresó con entereza y con fe, y añadió: “A partir de ahora que sea lo que Dios quiera”.

Cuando colgué el teléfono, recé a la Virgen de Las Viñas, como lo habíamos hecho juntos días atrás en el Hospital de Aranda, el propio Carmelo, Florita y un servidor. ¡Gracias Florita, por el ejemplo tan gigante, tan generoso y de tanto amor mostrado día a día y hasta el final por tu querido marido, Carmelo! ¡Tú, y tus hijos, habéis sido un modelo de cómo practicar cristianamente el cuarto mandamiento!… Por eso, ya de antemano os digo que nada, ni siquiera lo más pequeño, que habéis hecho por Carmelo, quedará sin recompensa. Porque él, como todos los familiares y amigos que nos han dejado, no están perdidos ni ha sido el final para ellos: “¡Viven!”. Para nosotros, los creyentes, y no me canso de repetirlo, no hay muertos sino sólo vivos: los que peregrinamos en este mundo, a veces convertido en “valle de lágrimas”, y los que ya están en la casa del Dios Padre, de la Trinidad: de allí salimos y allí volveremos. Nos lo recordaba la primera Lectura que hemos leído en el día de hoy: “Si vivimos, vivimos para Dios; si morimos, morimos para Dios. En la Vida y en la muerte somos de Dios”.

¿Qué decir a todos los presentes de Carmelo? – He deseado que se proclamara hoy el Evangelio de las Bienaventuranzas, para resaltar: “Bienaventurados los limpios de corazón”, los que buscan la belleza y al Bello. Sí, Carmelo, era sobre todo y ante todo, un artista enamorado de la belleza. Supo crear, de forma autodidacta y con cánones propios, un estilo: el arte fontino. La persona de Carmelo y su arte caminaron siempre unidos: cada golpe de cincel en la chapa, modelaba no sólo una obra sino que forjaba su personalidad, tan rica en dimensiones y matices. Sigue leyendo

IMG_3253Raúl Berzosa:  “No perdamos las ganas de hacer las cosas de cada día un poco mejor, que no perdamos la solidaridad y la fraternidad entre nosotros”

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente miembros del Cabildo; querido Sr. Alcalde y autoridades locales; queridos cofrades y mayordomos de San Sebastián (D. José Ramón, D. José Antonio, D. Nicolás y D. Jacinto; queridas consagradas; queridos seminaristas; queridos todos:

Leyendo el oficio de Lecturas del día de hoy, me he detenido, una vez más, en las palabras de San Ambrosio: “Hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates”… Y, un poco más adelante, escribe también: “San Sebastián nos muestra que, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos… Hay persecuciones no sólo exteriores sino también interiores en el alma de cada uno”.

Tomando pie en este escrito de San Ambrosio me pregunto si los tiempos en los que vivió San Sebastián, en el inicio de la cristiandad, eran más fáciles que los presentes. Mi respuesta es lógica: eran tiempos “diferentes”. Estamos en el S. XXI. Hemos aterrizado en un mundo nuevo. Somos testigos de novedad; del nacimiento de una nueva época que no sabemos aún dónde nos llevará. Nos toca, leyendo los nuevos signos de los tiempos, estar más atentos a lo que surge que a lo que desaparece. Tenemos que practicar la profecía de “estar despiertos y despertar al mundo”. Tenemos que adoptar la actitud de peregrinos, de caminantes. Porque el caminar despeja nuevos horizontes y abre a novedades. Instalarse, por el contrario, es morir. Algo es patente: todo lo que aparecía, en nuestras sociedades tradicionales “como seguro”, ahora son como arenas movedizas. Todo va muy deprisa. Ya no existen casi espacios protegidos. Las nuevas tecnologías y las migraciones, en “tiempos de globalización”, han roto fronteras y han acortado distancias. El mundo se ha convertido en una aldea planetaria. Nunca, al menos virtual y mediáticamente, hemos estado tan cercanos unos de otros.

El mundo de hoy, en clave del Espíritu, nos habla de “Pentecostés”, de salida, de ir más allá de nuestras fronteras (reales o ficticias). Ninguna tierra está vetada al Evangelio. Ninguna frontera puede cerrar el mensaje de la Buena Nueva ni la alegría de evangelizar. El papa Francisco ha acuñado la frase de una “Iglesia en salida misionera”. El horizonte de la misión es la humanidad misma. Antes de ser un país, una cultura, una religión, somos “humanos”, miembros de la única familia humana. Antes de ser del Norte o del Sur, somos ciudadanos del único mundo. Antes de ser blancos o negros, somos habitantes del mismo planeta. Antes de ser cultos o ignorantes, ricos o pobres, vivimos en el mismo continente de las redes sociales y del enjambre mediático. Se impone romper las fronteras “del nosotros mismos y nuestras comunidades” para redescubrir la belleza y la alegría de la catolicidad (comunión universal) y de la conversión misionera, como lo viene haciendo el Papa Francisco. En cierta manera, era la tesis del Papa San Juan Pablo II, desde el inicio de su pontificado: “El camino de la Iglesia es el camino del hombre” (Redemptor Hominis). Ahora, parafraseando la podemos traducir así: “El camino de la misión, es el camino del hombre”. A partir de las anteriores premisas deseo jugar con dos realidades diocesanas: “los de dentro y los de fuera”. Concreto aún más el por qué de este binomio de palabras.IMG_3255 Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Sor Consuelo, en esta casa y en esta Diócesis, era toda una Institución: más de treinta y nueve años sirviendo con personalidad propia” 

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Santiago, capellán de la casa, y D. Tanis y D. Enrique, sacerdotes residentes; querida madre Provincial, madre Superiora y hermanitas; queridos familiares; queridas consagradas; queridos residentes y trabajadores; queridos todos.

El día de Reyes, poco antes de las ocho de la mañana, la madre Superiora me comunicaba la triste noticia: la hermana Consuelo, esta noche, se ha ido al cielo. Más tarde, cuando fui a rezar un responso por ella, me ofreció detalles de los últimos momentos de su vida, al parecer con un fulminante fallo cardíaco. Se me quedó grabada una frase: “En lugar de traernos este año los Reyes regalos, nos han llevado el mejor regalo de la casa”. No era un cumplido. Precisamente, ayer, Sor Consuelo estuvo de compras de Reyes para hacer regalos a las hermanas y a otros residentes. Esta vez, Los Reyes Magos han querido que fuera ella el mejor regalo de esta comunidad para el Señor, porque Sor Consuelo, en esta casa y en esta Diócesis, era toda una Institución: más de treinta y nueve años sirviendo con personalidad propia.

Damos gracias a Dios por todo ello, al tiempo que recordamos algunos datos de su vida y de su forma de ser y de hacer. Nació en Villamuriel (Palencia) y, desde muy jovencita, tuvo clara su vocación: ser hermanita de los ancianos. Prácticamente sólo tuvo dos destinos: León y Ciudad Rodrigo. Destacaba en ella su alegría y buenísimo humor; sin dejar de ser muy observante y ejemplar; dotada para animar veladas, para la música y siempre tejiendo comunidad. Con una disponibilidad envidiable, nunca se quejó de los cargos a los que fue destinada y nunca tuvo a menos incluso el mendigar y pedir para sus ancianitos. Últimamente, como ecónoma y encargada de la portería, sabía acoger y acompañar a quien venía o la necesitaba. En sus labios siempre una palabra: “Guapín, guapina”… Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “En ese Niño, Dios nos ofrece la máxima muestra de respeto a lo creado y a la criatura-hombre: respeta la libertad de acogerlo o rechazarlo”

Queridos hermanos sacerdotes, queridas consagradas, queridos todos:

¡Estamos en Navidad! ¿Cómo podemos definirla?… – Sin duda, ¡el regalo más grande que Dios ha hecho a la humanidad! Y, con palabras del teólogo H.U. von Balthasar, “como Dios no es un donante mezquino, nos hizo el regalo más bello posible: el don de un Dios hecho hombre”. El Evangelista San Lucas (2,10-12) nos habla del nacimiento, en la ciudad de David, de un Salvador, que es el Mesías y el Señor. ¡Qué paradoja: un Salvador que es un niño; un Mesías envuelto en pañales; un Señor, nacido en un pesebre! En profunda expresión de Paul Caludel, “la eterna infancia de Dios es la revelación inefable”.

        Nos preguntamos, esta vez con Jacinto Núñez, “¿qué puede significar para los hombres y mujeres de hoy el anuncio del nacimiento de un Mesías como niño?… ¿No sigue siendo una contradicción y un sin-sentido?”…

Los belenes nos dan la clave para entender tan gran misterio: todo el firmamento, toda la humanidad, toda la naturaleza y todos los animales girando en torno a un niño. ¡Ese Niño es una provocación! Representa la debilidad y. al mismo tiempo, el máximo de posibilidades. Fragilidad y potencia. Se ha escrito que “un niño es el padre del hombre”.

Ese Niño ya nos anuncia el misterio pascual: “Será una bandera discutida en Israel” (Lc 2,34-35). El Niño será alegría para unos (los pastores y los magos) y motivo de persecución y hasta de muerte para otros (Herodes). En ese Niño, Dios nos ofrece la máxima muestra de respeto a lo creado y a la criatura-hombre: respeta la libertad de acogerlo o rechazarlo. Ese niño representa el valor de lo pequeño y de lo sencillo para Dios. Dios no actúa de forma grandiosa y ruidosa, como tormenta o terremoto, sino como un Niño. Ese niño, finalmente, representa el don y la gracia de Dios porque no ha sido fabricado o hecho por los hombres… A nosotros sólo nos corresponde acoger el don y el hermoso regalo. Sigue leyendo

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