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Escritos pastorales

Mons. Jesús García Burillo: “Poco a poco has descubierto que Jesús era tu tesoro; y era una perla preciosa la invitación que te hacía para cooperar con Él”

Mi saludo cordial a Don Julián, obispo de León, a Don José, obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara, a Don Julián, obispo de León, Al Vicario general y al colegio de consultores, a los sacerdotes y personas de vida consagrada. Un saludo muy especial a ti, querido Efraín, a tus padres y hermano, a tus compañeros del teologado de Salamanca y a los seminaristas del seminario menor; a todos, hermanos y hermanas; el obispo de Plasencia se excusa por no poder acompañarte.

Nadie podría imaginar cuando nos conocimos en el teologado hace ya nueve años, siendo tú seminarista de Ciudad Rodrigo y yo obispo de Ávila –diócesis a la que llegué, hoy hace precisamente 16 años- que nos encontraríamos de nuevo en el altar de esta catedral para conferirte el sacramento del orden sacerdotal. La divina Providencia tiene estos designios ocultos que nos asombran cuando Él tiene a bien revelarlos.  Pues aquí estamos en medio del presbiterio de la Diócesis y de esta asamblea numerosa, representando a toda la Iglesia que peregrina en Ciudad Rodrigo, llegados de todas partes, algunos incluso desde Roma, para participar en el misterio que acontece en esta tarde del sábado, víspera del VII domingo del tiempo ordinario: la Ordenación sacerdotal de un miembro de esta Iglesia, como un regalo del Señor en el 250 aniversario de la fundación del seminario.

Además, el Señor ha querido que pudiéramos prepararnos ambos, obispo y diácono, después de una convivencia de varias semanas, en que has ejercido tu ministerio diaconal, acompañándome en mi comienzo como Obispo Administrador Apostólico. Ahora, como sucesor de los Apóstoles por el don del Espíritu Santo, puedo conferirte por la imposición de las manos, el sacramento del Orden. Os invito a todos a dar una generosa acción de gracias a Dios por esta ordenación de Efraín y también por la Iglesia de Ciudad Rodrigo en toda su historia.

Para iluminar desde la Palabra de Dios esta liturgia, tú mismo has elegido los textos que acabamos de proclamar y que revelan aspectos esenciales del rito sacramental y de la vida que ahora comienza para ti con el ejercicio del ministerio sacerdotal.

El Evangelio lo has elegido como el marco de la frase con que nos has invitado a tu ordenación: “venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Es la invitación que Jesús hace a sus dos primeros discípulos, Simón y Andrés. El evangelista anuncia que Jesús acababa de iniciar su predicación proclamando el Evangelio de Dios: “se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios, -decía- convertíos y creed en el Evangelio”. Para esto había llegado a Galilea, para esto había dejado su morada junto al Padre y se había encarnado en el seno de su madre, haciéndose uno con nosotros: para anunciar la salvación y la esperanza, porque el amor y la misericordia de Dios había alcanzado a toda la humanidad. Este anuncio lo realizará con su palabra y sus hechos, en su persona y en toda su existencia, con su vida, muerte y resurrección. Ahora nos corresponde a nosotros acogerlo; sin nuestra aceptación, su deseo quedaría baldío.

Y a renglón seguido Marcos relata que Jesús vio a otros dos pescadores, a Santiago y a Juan, y les invitó igualmente a compartir su proyecto de vida y su misión, que era la razón de ser de su presencia entre nosotros. Parece como si Jesús necesitara absolutamente de estas personas para llevar a cabo su plan, como si Él solo no pudiera llevarlo a cabo. Alguno incluso le preguntó: ¿dónde vives? Y Jesús les animó a que se fueran con Él para ser cooperadores necesarios de su Obra.

Hace unos momentos, hemos actualizado esta llamada cuando el diácono te hadicho: Efraín, “acércate”; y el Rector te ha presentado a la asamblea: “La Iglesia pide que ordenes presbítero a este hermano”; y yo he proclamado: “elegimos a este hermano para el orden del presbiterado”. Sigue leyendo

Mons. Jesús García Burillo, Administrador Apostólico: “San Sebastián nos recuerda que quien ama de verdad a Jesucristo, afronta toda clase de retos y dificultades, y está dispuesto a dar su vida por Él y por sus hermanos. ¡Este es nuestro camino, queridos hermanos!”

Mons. García Burillo presidió en la catedral la misa en honor a San Sebastián.

En este mi primer encuentro con la Diócesis de Ciudad Rodrigo, a la que benignamente me ha enviado el Papa Francisco, saludo cordialmente a Mons. Francisco Gil Hellín, Administrador Apostólico hasta el presente, recordando a Mons Raúl Berzosa, que despidió ayer; al Vicario General, al Colegio de Consultores, a los sacerdotes que ahora están celebrando sus misas repartidos por toda la diócesis; y a los seminaristas, a Efraín, que pronto será ordenado sacerdote; a los religiosos y en especial a las comunidades contemplativas; a todos los fieles laicos y, especialmente en la fiesta de hoy, a los Mayordomos y hermanos de la Cofradía de S. Sebastián; al Ilmo. Sr. Alcalde y a la corporación municipal, a las Autoridades civiles y militares; a todos los reunidos en esta Catedral, Iglesia madre, para celebrar la fiesta de San Sebastián, Patrono de Ciudad Rodrigo. Mi saludo también a las familias y sobre todo a las que andan en dificultades de cualquier tipo, a los ancianos, enfermos y a los más necesitados, de manera especial a los jóvenes que ahora andarán recuperándose de la fiesta de anoche, y a los niños, que son nuestro futuro. ¡Muchas felicidades a todos por vuestra fiesta patronal!

Quiero deciros, ante todo, que me siento feliz por encontrarme con vosotros, cuando acabo de ser nombrado Administrador Apostólico de esta Iglesia que peregrina en Ciudad Rodrigo. Hace un mes que el Papa Francisco aceptaba mi renuncia como obispo de Ávila, y ahora recibo su encargo para serviros como Administrador Apostólico. Doy gracias al Papa Francisco que me ha enviado para compartir vuestra fe y vuestra esperanza, y a participar en la larga y hermosa historia de esta Diócesis. La divina Providencia ha dispuesto que me presente ante vosotros por primera vez, justamente en la fiesta de San Sebastián. Doy gracias a Dios por tan feliz coincidencia. San Sebastián nos recuerda que quien ama de verdad a Jesucristo, afronta toda clase de retos y dificultades, y está dispuesto a dar su vida por Él y por sus hermanos. ¡Este es nuestro camino, queridos hermanos!

Permitidme ahora una pregunta: ¿San Sebastián ha sido un superhombre o un testigo de la fe? En cada mártir, la Iglesia reconoce, por una parte, la intervención de Dios por medio de su gracia, y por otra, en el martirio acontece la confesión de fe más sublime que un cristiano pueda profesar. Del mártir se destaca la gracia que el Señor le otorga y, a la vez, la respuesta en fidelidad del cristiano hasta sus últimas consecuencias.

Sabemos que San Sebastián, según la documentación que nos ofrece la Passio Sancti Sebastiani, sufrió el martirio en Roma durante el siglo III, con ocasión de las persecuciones desatadas contra los cristianos por los emperadores Diocleciano y Maximiano. Sebastián había nacido probablemente en Milán, pero su ardor apostólico le condujo hasta las milicias de Roma. Allí, al descubrir los cuidados que el Santo prodigaba a los cristianos perseguidos y hacinados en las cárceles, las autoridades desconfiaron de su fidelidad al culto a los dioses y le condenaron a muerte, los mismos que previamente, por sus cualidades humanas, le habían confiado la responsabilidad de la guardia imperial. Milagrosamente sobrevivió a las saetas de los verdugos, pero desoyendo el consejo de quienes le invitaban a huir de Roma, el mártir continuó dando público testimonio de Jesucristo, único Dios verdadero, y negando el culto a los dioses paganos. Encolerizados por su actitud, los próceres le dieron finalmente muerte, pero no pudieron borrar el testimonio de su fe, tan fuerte, que ha llegado a impregnar la vida de vuestro pueblo hasta el día de hoy. La sangre de los mártires es semilla de cristianos, reconoce la Iglesia con Tertuliano. Sigue leyendo

Mons. Francisco Gil Hellín: “Tengamos confianza. No pasa nada y la de ahora es una tempestad pasajera. Volverá la calma”

Mons. Gil Hellín durante su homilía.

Celebramos hoy, queridos hermanos, la Solemnidad del nacimiento de san Juan Bautista. Su figura es tan extraordinaria, que es el único santo de que la Iglesia celebra no solo el día de su muerte- como hace con los demás santos- sino también el día de su nacimiento. Ni siquiera lo hace con quienes son las dos columnas de la Iglesia: los Apóstoles san Pedro y san Pablo.

Toda la grandeza de Juan no procede de su valía personal sino que es prestada. Se debe a que Dios le escogió para que fuera el profeta que anunciara y preparara la venida de su Hijo a la tierra para ser nuestro Salvador. Los plazos de Dios para realizar sus planes no suelen ser de hoy para mañana. Al contrario, Dios tiene la costumbre de mirar a lo lejos y saber esperar. Por eso, muchos siglos antes de que Juan anunciara la venida del Mesías, lo habían hecho otros profetas y otras persona elegidas por él. La primera lectura que hemos escuchado da cuenta de una de esas voces: la del gran profeta Isaías.

Isaías nos contaba que Dios le escogió desde el seno de su madre, es decir, desde antes de nacer, para que anunciara que el Mesía sería luz de las naciones. Isaías fue fiel a su misión y transmitió este mensaje a su pueblo, cuando éste se encontraba en una situación de gran decaimiento y necesitaba una inyección de esperanza. Isaías recordó a este pueblo que, a pesar de sus infidelidades, Dios no le había dejado de su mano y seguía siendo fiel a la Alianza. Israel seguía siendo el pueblo que él se había elegido como pueblo suyo. Esta debía ser la roca de su esperanza en todas las circunstancias y situaciones.

Queridos hermanos: este mensaje es muy consolador para nosotros, dada la situación en que nos encontramos y que ya conocéis por los medios de comunicación y por otros conductos. En efecto, estamos viviendo, a nivel de diócesis, una situación semejante a la que describe el evangelio de este domingo 12 del Tiempo Ordinario, que hubiéramos leídos hoy si no hubiese coincidido con la solemnidad de san Juan Bautista. Allí se narra la tempestad que sufrieron un día los apóstoles, mientras atravesaban el lago de Genesaret. A pesar de que ellos eran pescadores de oficio y conocían el lago como la palma de su mano, tuvieron miedo de naufragar y morir ahogados. Jesús, que estaba rendido por el trabajo del día, dormía profundamente mientras ocurría todo esto. Daba la impresión de que no le interesaban la barca ni quienes iban en ella. Peor no era así: él cuidaba de sus apóstoles. Por eso, cuando estos le gritaron: “¡Sálvanos, que perecemos!”, él mandó al viento que se parase y vino de nuevo una gran calma. Gracias a ello, los apóstoles no solo superaron el peligro sino que tuvieron que hacerse la gran pregunta: “¿Quién es éste?” Daban así un gran paso en su camino de fe en el conocimiento de Jesucristo.

Nuestra diócesis es ahora la barca sometida a prueba. Para fortuna nuestra, Jesucristo va en ella, porque esta Iglesia de Ciudad Rodrigo es su Iglesia. Puede parecernos que no es así y que se despreocupa de nosotros. Tengamos confianza. No pasa nada y la de ahora es una tempestad pasajera. Volverá la calma. Lo que nosotros hemos de hacer es fiarnos plenamente de Dios. Para que cuando vuelva esa calma-que volverá, no lo dudéis- no tengamos que oír el reproche del Señor: “Hombres de poca fe, ¿por qué habéis dudado?”

Decía antes que Dios mira a largo plazo y no tiene prisa. De hecho, desde que Isaías anunció que el futuro Mesías vendría a salvar a su pueblo, pasaron casi siete siglos hasta su cumplimiento. Esa es la distancia entre el gran profeta del AT y el nacimiento de Jesucristo en Belén. Más aún, cuando ya había acontecido ese gran hecho, Dios tampoco tuvo prisa en salir a la plaza pública. Antes quiso que otro profeta, Juan el Bautista, fuera el pregonero y el que preparase esa aparición pública. Esta fue la gran misión de este hombre y la razón por la que Jesús pudo decir de él que “no había nacido de mujer otro superior” a Juan.

Juan cumplió a la perfección la misión que tenía encomendada. Aunque podía haber engañado al pueblo, presentándose como el Mesías, confesó abiertamente que no lo era y que lo suyo era anunciar que el Salvador había llegado y que había que arrepentirse y cambiar de vida para recibirle. No fue fácil cumplir su tarea, porque ella implicaba desenmascarar la mentira y la corrupción de costumbres, aunque se tratase de las más altas instancias. De hecho, sabemos que Juan fue degollado por Herodes, instigado de Herodías, que era la mujer de su hermano y con la que él convivía como si fuese su esposa.

Nosotros vivimos en un momento de la historia en el que se necesitan profetas que den a conocer y preparen el camino del Salvador anunciado por Isaías y el Bautista. Esos profetas somos nosotros. Vosotros y yo. No solo los obispos sino todos y cada uno de los bautizados. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “La procesión del Corpus, es como un homenaje sincero y emotivo a Jesús, de los niños y niñas que este año han recibido su primera Comunión” 

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente los miembros del Cabildo y los párrocos de la Ciudad, queridas consagradas, queridos todos:

Estamos celebrando una de las Solemnidades más importantes de nuestra Fe: el Corpus Christi. Permitidme que, brevemente, me centre y desarrolle el contenido de algunos pasajes del Nuevo Testamento para actualizar el sentido profundo de lo que celebramos.

En las Cartas de San Pablo, recordando lo acontecido en el día de Jueves Santo, el Señor nos pide: “Haced esto en conmemoración mía”.

“¿Qué quiere decir “Haced esto”: Sin duda, y principalmente, repetir lo que hizo Jesús en la última Cena y en el Camino de Emaús: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y repartirlo. No nos quedemos solo con el Pan; somos nosotros, como Eucaristías vivientes a quienes el mismo Jesús nos toma, nos consagra y nos bendice, nos parte para Dios y para los demás, y nos reparte para que vayamos a la sociedad a misionar y evangelizar, a anunciar la Buena Noticia. ¡Qué misterio tan hondo y tan hermoso!

¿Qué quiere decir “en memoria mía”? – No se refiere a un simple recuerdo, más o menos bello, sino a una memoria presencial, sacramental, actualizada; sí, cada vez que celebramos la Eucaristía, y comulgamos, Él se hace presente, realmente presente. ¡Qué locura: todo un Dios con nosotros, en nosotros y en nuestras vidas!

Pasamos, complementariamente, al pasaje de la multiplicación de los panes y de los peces. ¿Qué quiere decir “repartirlo vosotros”?… – Jesús quiere invitarnos no sólo a donar cosas, incluso de las que necesitamos para vivir, sino “donarnos a nosotros mismos”: ¡Dar y darnos! ¡Lo mucho o poco que tengamos y lo mucho o poco que seamos!   A veces no tenemos casi nada para poder dar; pero siempre podemos y debemos darnos nosotros. Los gestos de acogida, de escucha, de cariño verdadero, son más importantes y llenan mucho más que las cosas o los regalos…

¿Quiénes son los “hambrientos de hoy”?… – No sólo a quienes les falta el pan físico, que por desgracia incluso aquí entre nosotros siguen existiendo; se trata del hambre de cariño y afecto, como hemos dicho, para romper el infierno de la soledad; el hambre de integración social de los marginados y excluidos; el hambre de cultura para un mejor y mayor nivel digno de vida; el hambre de sin-sentido a la vida para salir del vacío y de la superficialidad; y el hambre de Dios para vivir una vida mucho más rica y más plena…

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Raúl Berzosa:”D. Antonio era cariñoso y familiar, generoso y obsequioso con los demás, servicial y cumplidor del deber, buen compañero y de trato y carácter muy agradables, fino y educado, elegante y detallista”

       Querido hermano D. José, Amigo y Obispo; queridos hermanos sacerdotes, especialmente los que servís en este Arciprestazgo del Agueda; querido Diácono; queridos familiares de D. Antonio, su hermana política Beatriz, sus queridísimas sobrinas María Eugenia, Piedad y  Meli, sus esposos Marcial y Alejo, y los resobrinos: Ana Eugenia, David, Javier y Noelia; queridas consagradas; queridos todos:

Hacía tiempo que sabíamos de la grave enfermedad de D. Antonio. Él lo intuía, pero hasta el final, quiso luchar por la vida. Y, si es verdad que uno muere como vive, D. Antonio, profundamente piadoso y religioso, en sus últimas palabras audibles, antes de ser sedado, cantó Gregoriano y se durmió con el rezo mariano de “Regina Coeli Laetare” y el “Acordaos” a la Virgen María. No podía ser de otra manera: me recordaba María Eugenia que todos los días, antes de cenar, rezaban juntos el Santo Rosario. Cuando lo visité el miércoles pasado, como en otras ocasiones, recé en él y por él, y le signé con la señal de la cruz salvadora.

Ya el viernes, antes de las confirmaciones en Espeja, le dije a María Eugenia que rezaríamos en la Misa por él; y justamente al salir, me llegó la noticia de su fallecimiento por boca del Vicario Pastoral, D. José Manuel. Volví a llamar a María Eugenia, su querida sobrina, y me dijo: “D. Raúl, ha muerto un primer Viernes de Mes, y lo enterraremos en sábado, un día mariano. ¡Qué suerte!”…

Se nos ha ido al cielo, en breve espacio de tiempo, otro sacerdote ejemplar civitatense. Cariñoso y familiar, generoso y obsequioso con los demás, servicial y cumplidor del deber, buen compañero y de trato y carácter muy agradables, fino y educado, elegante y detallista. Como también lo fue su hermano sacerdote, D. Anastasio, tantos años párroco de Sancti Spiritus, con quien felizmente compartió muchos años de su vida y de su ministerio.

Me han informado que mientras D. Anastasio era un buen pastor, D. Antonio, además de pastor, llegó a ser un buen experto en Biblia, sin duda gracias a sus conocimientos de lenguas clásicas. Sigue leyendo

Raúl Berzosa:” Los presbíteros estamos llamados, ante todo y sobre todo, a servir al Pueblo de Dios”

El obispo y el Vicario General junto a los sacerdotes que celebran sus bodas de oro.

Muy querido D. José, hermano obispo; queridos hermanos sacerdotes, especialmente quienes celebráis vuestras Bodas de oro sacerdotales: D. Joaquín Galán Pino, D. Gabino Martín Vicente y D. Guillermo Corral Peramato; queridos diáconos; queridos familiares; queridas religiosas; queridos seminaristas; queridos todos.

Estamos celebrando la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. En la primera lectura, de la Carta a los Hebreos, se nos ha recordado cómo es nuestra ordenación sacerdotal: “un ir perfeccionando día a día nuestra llamada hacia la santidad”, que consiste, para el sacerdote diocesano, en el heroísmo de la caridad. Todo, en Jesucristo, Único, Sumo y Eterno Sacerdote. ¡Qué belleza ha sido volver a escuchar y cantar el salmo 109: “Tú eres sacerdote eterno, y para siempre, según el  rito de Melquisedec”. Y, en el pasaje del Evangelio de San Marcos, una invitación: al mismo tiempo que hacemos presente el Cuerpo y la Sangre del Señor, convertirnos nosotros mismos en Eucaristía vivientes, según lo prometido el día de nuestra ordenación: “vive lo que celebras”. De nuevo, el heroísmo de la caridad en el ejercicio diario de nuestro ministerio sacerdotal.

Queridos hermanos presbíteros, recientemente el Papa Francisco celebró órdenes presbiterales en Roma. Como siempre, sus palabras fueron breves pero certeras. Nan nuevo, porque lo esencial no cambia. Deseo recordaros lo que dijo, como si fuese un regalo aquí y ahora para nosotros, y muy especialmente para quienes celebráis las bodas de oro.

Los ordenados, somos conscientes de que el Señor Jesús es el único Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento; pero en Él también todo el pueblo santo de Dios fue constituido pueblo sacerdotal. Todos iguales en dignidad y en la misma misión. Si bien es cierto que, entre todos sus discípulos, el Señor Jesús quiso elegir a algunos en particular, para que ejerciendo públicamente en su nombre el ministerio sacerdotal, y en favor de todos los hombres, continuaran su misión peculiar de ser maestros, sacerdotes-presidentes y pastores.

No lo olvidemos nunca: los presbíteros estamos llamados, ante todo y sobre todo, a servir al Pueblo de Dios. Configurados con Jesucristo, somos predicadores del Evangelio, Pastores del Pueblo de Dios, y presidentes en las celebraciones. Esto comporta todo un estilo de vida: así, debemos leer y meditar asiduamente la Palabra del Señor para creer lo que hemos leído, para enseñar lo que hemos aprendido, y para vivir lo que hemos enseñado. La Palabra de Dios, orada y predicada, es como el perfume de nuestra vida. Y con ella, y con nuestro ejemplo, edificamos la Casa de Dios que es la Iglesia.

Igualmente, por nuestro ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto. Con el bautismo agregamos nuevos fieles al Pueblo de Dios. Con el sacramento de la penitencia perdonamos los pecados en el nombre de Cristo y de la Iglesia, sin cansarnos de ser misericordiosos. Porque siempre tenemos presentes nuestros pecados y nuestras miserias que Jesús también nos perdona.

Con el oleo santo damos alivio a los enfermos. Elevando la oración de alabanza y súplica, la oración litúrgica de Las Horas, durante todo el día, nos hacemos voz del Pueblo de Dios y de toda la humanidad. Y, finalmente, ejercitamos con alegría la caridad sincera, complaciendo únicamente a Dios y no buscando otros intereses propios. En resumen, solamente estamos al servicio a Dios y para el bien del santo pueblo fiel de Dios. Por eso, tengamos siempre delante de los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba más perdido y alejado de Dios. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Si vivimos orgullosos y engreídos, “endiosados” terminaremos cansados y agotados y, por lo mismo, frustrados e infelices”

Queridos hermanos  sacerdotes, queridas autoridades, queridas hermanas Agustinas, queridos Residentes y Trabajadores de la residencia Santa Rita, querida Coral Agustiniana, queridos todos:

¡Qué alegría, poder celebrar un año más esta memoria de nuestra Santa! Me fijo en uno de sus títulos: “abogada de los imposibles y de las causas que parecen imposibles”. Para comenzar, vivió los tres principales estados de vida cristiana: casada, viuda y consagrada religiosa. Y, sin contar de nuevo los milagros que el Señor hizo en ella en vida (conversión de su marido, perdón al asesino de su marido, evitar que sus hijos tomaran venganza del asesino, entrada milagrosa en el convento agustino, florecimiento de una rosa y un higo en pleno mes de enero, etc…), me fijo en otros tres milagros “casi imposibles”, atribuidos a su intercesión, una vez que ha subido al cielo: la reconciliación, en Casia, entre Agustinos y Franciscanos; la reconciliación entre clero secular y clero regular; y, en otro orden de cosas, en el terrible terremoto de 1599, la única casa que quedó intacta fue la suya, con una peculiariedad: todavía se pudo ver, en el tejado, la abertura por la que se decía que bajaba un ángel cuando ella estaba orando en dicho inmueble.

Este título de “abogada de los imposibles”, me da pie para resaltar lo que he venido subrayando en el tiempo pascual: el vivir, como signo de santidad, las Bienaventuranzas, como las vivió Santa Rita. Todo ello en la línea de los señalado por el Papa Francisco, en “Gaudete et Exsultate”, nn. 63 al 94. El Papa Francisco afirma, dichas bienaventuranzas, son como el “carnet de identidad” del cristiano y el retrato vital de cómo vivió el mismo Jesús y, añadimos, el estilo y forma de vida de como vivieron los santos y santas durante XXI siglos…

«Felices y santos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Pobre no es tanto quien ama a Dios, sino quien se deja mar por Él, y le cambia la vida. San Lucas también nos habla de ser «pobres» sin más (cf.Lc 6,20), y nos invita a una existencia austera y a compartir todo lo nuestro con los más necesitados. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “El Espíritu Santo es el alma de la vida espiritual de cada Cristiano”

Queridos hermanos sacerdotes, queridas consagradas, queridos todos:

Se atribuye al Patriarca Ignacio de Lattaquié, las conocidas palabras: “Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad dominación, la misión propaganda, el culto evocación y el actuar cristiano una moral de esclavos. Con el Espíritu Santo, el cosmos gime por el alumbramiento del Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación y el actuar humano es divinizado”.

Estamos celebrando el Triduo/la Vigilia de Pentecostés. El Espíritu Santo es el alma de la vida espiritual de cada Cristiano, y el alma de la Iglesia que peregrina en la historia. Permitidme que, en este Pentecostés no hable “directa y expresamente” del Espíritu. Me centraré en algo no menos hermoso: en la reciente Exhortación que el Papa Francisco nos ha regalado, “Gaudete et Exsultate”, sobre la vocación universal a la Santidad.

Para unir dicha Exhortación con el Espíritu Santo, me centro en los números 63 al 94 de la misma, donde se habla del rostro concreto de la santidad: el vivir las las Bienaventuranzas, que son regalo del Espíritu y que no se pueden vivir sin el Espíritu Santo. El Papa Francisco también afirma que son como el “carnet de identidad” del cristiano y el retrato vital de cómo vivió el mismo Jesús (n.63).

Resumimos el contenido práctico de cada una de ellas, según nos recuerda el Papa Francisco.

«Felices y santos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. El Evangelio nos invita a reconocer la cuál es la verdad de nuestro corazón, aquello dónde colocamos la seguridad de nuestra vida. Con una advertencia: las riquezas no aseguran nada. Cuando el corazón se siente rico y satisfecho de sí mismo, no hay espacios ni para Dios ni para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. San Mateo nos habla de ser “pobres en el Espíritu”; San Lucas nos habla de ser «pobres» sin más (cf.Lc 6,20), y nos invita a una existencia austera y a compartir todo lo nuestro con los más necesitados (nn. 67-70). Ser pobre es fruto del Espíritu Santo. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Tantas horas gastadas en silencio y oración en el templo de Las Carmelitas, ante el sagrario, le prepararon para encontrarse, con familiaridad, con naturalidad, con el Amado”

Querido hermano y obispo, D. José; queridos hermanos Sacerdotes, especialmente D. Rafael, párroco de San Cristóbal; muy querida familia de D. César: Luisa, su hermana, Pedro, hermano político, Ana, Javier, Ani, Bea, y otros miembros de la misma; queridas consagradas; queridos todos:

Desde que operaron, en esta última ocasión, a D. César, además de mantener contacto diário con su familia, lo visité en tres ocasiones. En las dos primeras, lo encontré muy débil. Sin embargo, en la última visita, me llamó la atención su palpable mejoría y lucidez. En realidad, estaba luchando una batalla final entre la vida y la muerte.

En las tres ocasiones recé, brevemente, “en él y por él”, y le impartí mi bendición en forma de cruz sobre su frente. Me alegró el comprobar que siempre estaba rodeado de sus familiares.

El sábado, muy temprano, me llamó por teléfono el Sr. Vicario General, D. Tomás, para comunicarme la triste noticia: D. César había fallecido en la noche. Había subido al cielo en un día mariano, justamente cuando me encontraba en Zaragoza, participando como ponente en unas Jornadas Mariológicas. Ese mismo día, a las 9,00 horas, presidí la Eucaristía en la Basílica del Pilar; todos los presentes rezamos por D. César, y me atreví a decirle a la Pilarica: “Realmente, para algunos, la noche no es tiempo de oscuridad y tristeza, sino de salvación y de gloria, como así habrá sido para nuestro querido D. César”. La Virgen Santísima, de la que era tan devoto y amante, aquel mismo sábado le presentaría a su hijo para que le diera el premio como sacerdote y siervo fiel y cumplidor.

En esa misma mañana, llamé a su queridísima hermana, doña Luisa, y aunque muy nerviosa, en presencia de D. Tomás y de su familia, me expresó: “Ya le decía a mi hermano que estuviera tranquilo; que iba camino del cielo. Y que allí nos tenía que esperar a todos”. Palabras muy sencillas, como es ella, pero llenas de fe y de ternura.

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Raúl Berzosa: “El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo, una iniciativa y una llamada de Dios mismo”

Querido P. Antonio; queridos Padre Provincial y Padre Superior Local; queridos consagrados y consagradas, de Alba y los llegados de otras comunidades; queridos padres, hermanos, sobrina, abuelo y familiares del P. Antonio; queridos sacerdotes, especialmente los párrocos de este lugar y de las parroquias anejos; queridos profesores, alumnos y trabajadores del colegio; queridos todos.

Un saludo muy cordial y muy cercano, sobre todo, a los que habéis venido de lejos. Sentiros como en vuestra casa. El Señor nos ha concedido hoy un gran y bello regalo: la ordenación presbiteral del P. Antonio. Y la Providencia ha permitido, en nombre de D. Carlos, nuestro querido Obispo de Salamanca, que este humilde siervo presida esta hermosa celebración.  Porque, en verdad, “El sacerdote, no es sólo un don de Dios para una comunidad, ni siquiera para la Iglesia, sino para toda la humanidad”. El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo,  una iniciativa y una llamada de Dios mismo. Y, además,  como el P. Antonio, nos ha escrito en su invitación, copiando una frase del Fundador Leon Dehon, tiene que tener “un corazón de Padre, de Madre y de Pastor”…

No me detengo en las lecturas que acabamos de escuchar. Tan sólo subrayo, de la Primera, tomada del Libro de Jeremías, que un sacerdote ha sido escogido “desde el útero materno… y que Dios siempre pone su Palabra en sus labios y en su corazón”. De la segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, como Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, “hay que aprender a obedecer, sufriendo… y que somos sacerdotes para toda la eternidad”. Y, finalmente, del Evangelio de San Juan, que el Sacerdote es la presencia misma de Jesucristo Resucitado para repartir “el pan y los peces”, es decir, la Eucaristía; que es el don más preciado y precioso que nos legó el Señor y seguridad de su presencia entre nosotros para siempre.

Permíteme, P. Antonio, que en este día, no te hable de altas teologías, y ni siquiera de lo que supone el sacerdocio en la vida de un consagrado. Te haré un regalo muy especial: la homilía que en Valencia, un 8 de noviembre del año 1982, pronunció el Santo Papa Juan Pablo II, en mi propia ordenación sacerdotal. Allí estábamos 150 diáconos, tanto del clero secular como de diversos Institutos y Órdenes de consagrados. Verdaderamente es una homilía que no ha perdido actualidad. Sigue leyendo

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