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Escritos pastorales

Raúl Berzosa: “El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo, una iniciativa y una llamada de Dios mismo”

Querido P. Antonio; queridos Padre Provincial y Padre Superior Local; queridos consagrados y consagradas, de Alba y los llegados de otras comunidades; queridos padres, hermanos, sobrina, abuelo y familiares del P. Antonio; queridos sacerdotes, especialmente los párrocos de este lugar y de las parroquias anejos; queridos profesores, alumnos y trabajadores del colegio; queridos todos.

Un saludo muy cordial y muy cercano, sobre todo, a los que habéis venido de lejos. Sentiros como en vuestra casa. El Señor nos ha concedido hoy un gran y bello regalo: la ordenación presbiteral del P. Antonio. Y la Providencia ha permitido, en nombre de D. Carlos, nuestro querido Obispo de Salamanca, que este humilde siervo presida esta hermosa celebración.  Porque, en verdad, “El sacerdote, no es sólo un don de Dios para una comunidad, ni siquiera para la Iglesia, sino para toda la humanidad”. El sacerdocio es un regalo divino porque es, ante todo y sobre todo,  una iniciativa y una llamada de Dios mismo. Y, además,  como el P. Antonio, nos ha escrito en su invitación, copiando una frase del Fundador Leon Dehon, tiene que tener “un corazón de Padre, de Madre y de Pastor”…

No me detengo en las lecturas que acabamos de escuchar. Tan sólo subrayo, de la Primera, tomada del Libro de Jeremías, que un sacerdote ha sido escogido “desde el útero materno… y que Dios siempre pone su Palabra en sus labios y en su corazón”. De la segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, como Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, “hay que aprender a obedecer, sufriendo… y que somos sacerdotes para toda la eternidad”. Y, finalmente, del Evangelio de San Juan, que el Sacerdote es la presencia misma de Jesucristo Resucitado para repartir “el pan y los peces”, es decir, la Eucaristía; que es el don más preciado y precioso que nos legó el Señor y seguridad de su presencia entre nosotros para siempre.

Permíteme, P. Antonio, que en este día, no te hable de altas teologías, y ni siquiera de lo que supone el sacerdocio en la vida de un consagrado. Te haré un regalo muy especial: la homilía que en Valencia, un 8 de noviembre del año 1982, pronunció el Santo Papa Juan Pablo II, en mi propia ordenación sacerdotal. Allí estábamos 150 diáconos, tanto del clero secular como de diversos Institutos y Órdenes de consagrados. Verdaderamente es una homilía que no ha perdido actualidad. Sigue leyendo

      Raúl Berzosa: “Una vez más, viene en nuestra ayuda y consuelo, la Palabra de Dios”

Querido D. José, obispo; queridos hermanos sacerdotes; querida familia de D. Victoriano: hermanos Teresa y Benigno, hermanos políticos, sobrinos y primos; queridas consagradas; queridos todos:

Durante los diez días de su estancia hospitalaria en Salamanca, un servidor visitó a D. Victoriano en varias ocasiones y mantuvo contacto telefónico con él. A pesar de la gravedad de su enfermedad, nada hacía presagiar un final tan rápido. Sus palabras eran siempre de esperanza: “pronto iré a casa”. Si bien es cierto que el pasado lunes, D. Prudencio, Director de la Casa Sacerdotal, me alertó de la gravedad de D. Victoriano. Ayer martes, cuando iba conduciendo, camino de Salamanca, recibí la llamada de D. José, Obispo, comunicándome el fallecimiento de D. Victoriano. En el mismo coche, recé por él. Por la tarde, me acerqué con los sacerdotes del Arciprestazgo de Águeda al Tanatorio, a rezar un responso. Allí estaba su querida familia y D. José,  siempre tan cercano en vida a D. Victorino.

Como en otras ocasiones, y más en este tiempo pascual, no podemos dejarnos invadir por la tristeza. Es natural que broten lágrimas en nuestros ojos, pero nunca en nuestro corazón. No celebramos el final de nada ni de nadie: estamos, juntos, para dar gracias a Dios por una vida de 84 años, vivida con sentido y plenitud; y nos hemos juntado para rezar por D. Victoriano, por si necesitara de nuestro sufragio. De lo contrario,  Dios nos lo aplicará, con creces a todos nosotros.

Una vez más, viene en nuestra ayuda y consuelo, la Palabra de Dios. En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, se cuenta la liberación de los discípulos de la cárcel y su incansable predicación al pueblo en el Templo. Así también D. Victoriano, a pesar de las muchas dificultades, supo siempre ser heraldo del Evangelio. Y, con el Salmo 33, en tantos momentos difíciles, “invocar al Señor en la aflicción, con la seguridad de que el Señor lo escuchaba”. D. Victoriano, como hemos escuchado en el Evangelio de San Juan, creyó firmemente en la Buena Nueva que dio sentido a su vida de fe y como sacerdote: “Que Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por medio de él”.

         ¿Qué rasgos destacamos de su personalidad?… – D. Victoriano nació en Ciudad Rodrigo, en el año 1933; y fue ordenado sacerdote en 1956. Ejerció su ministerio, primero, como Coadjutor de Sobradillo, y, ya entre 1956 y 1958, como ecónomo de Tenebrón. Se le encargó Diosleguarde hasta 1968, y, desde aquel año hasta el 2011, fue párroco de El Payo. Era un hombre sencillo y cercano, de fácil y agradable convivencia, con buen humor, muy buen compañero, le gustaba lo festivo pero también fue muy probado por la enfermedad. Sobre todo, supo dar testimonio de lo que significa servir durante tantos años en una parroquia, con sus luchas y sus logros, con sus tristezas y sus alegrías, con sus grandezas y sus limitaciones… En verdad, fue un gran mérito sacerdotal permanecer y servir, fielmente y con tanto ánimo, en un solo destino: ¡43 años! La parroquia del Payo tiene que estar muy agradecida a D. Victoriano. Cuando llegué a la Diócesis, aún estaba allí. Dios, que todo lo ve y es juez lleno de misericordia entrañable, le compensará lo que, humanamente, ni sabemos ni podemos hacer.

El Santo Padre nos acaba de regalar  la Exhortaciòn Apostólica “Gaudete et Exultate”, invitándonos a hacer realidad la vocación universal a la santidad a la que todos estamos llamados. Entre otros pasajes muy hermosos, en el n. 7, nos habla de “la santidad del vecino de al lado”. Nos dice el Papa que le gusta ver la santidad “ordinaria” en el pueblo de Dios paciente. Así, a los padres que crían con tanto amor a sus hijos; a esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan cotidiano a sus casas; a los enfermos que siguen sonriendo; a las religiosas ancianas que siguen luchando… Y, añado, a los sacerdotes, servidores fieles y silenciosos, en las pequeñas parroquias de esta Tierra y Pueblo nuestros. En esta constancia y fidelidad para seguir adelante día a día, sigue señalando el Papa Francisco, “veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado », la de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, son “la clase media de la santidad”). En verdad, dentro de esa santidad ordinaria, que es a la vez algo extraordinaria, podemos catalogar también la  vida y el ministerio D. Victoriano y la de tantos de nuestros hermanos sacerdotes que viven el heroísmo y la entrega allí donde, al parecer, ya casi nadie quiere permanecer; y, sin embargo, seguimos encontrando y redescubriendo una gran riqueza de valores humanos y cristianos. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Tú lo sabes, Madre: la soledad impuesta más dolorosa es “la de la indiferencia del otro”

Queridos hermanos sacerdotes, queridos Cofrades y representantes de Hermandades, queridos todos:

La Providencia, por enfermedad de nuestro querido D. Celso, ha permitido que sea este servidor, a petición de la Cofradía de La Soledad, quien os dirija estas palabras. Lo hago como un sincero servicio, y con el corazón apenado, pidiendo por la pronta y total mejoría de D. Celso.

Hoy, no os voy a hablar de la Virgen de La Soledad. La voy a hablar a ella de todos nosotros. Permitídmelo.

Sí, Madre, comienzo pidiéndote, con humildad y sencillez, que aprendamos a sufrir en nuestro propio corazón no sólo los dolores de Jesucristo sino los de los nuevos crucificados de hoy. Nadie como tú, Madre de la Soledad, sufrió en profundidad los dolores de tu Hijo y también los de tus hijos, a lo largo de todos los siglos; también los de este siglo XXI.  Por eso, nos adentramos en tu Corazón de Buena Madre, y queremos hacer nuestros, desde el comienzo, tus siete dolores en relación a tu queridísimo hijo, y que son siete soledades existenciales, según lo que la tradición cristiana siempre te ha reconocido:

  • Tu primer dolor, y tu primera soledad, el de la profecía de Simeón: “Una espada te traspasará el alma”.
  • Tu segundo dolor, y tu segunda soledad sentida, el de la huída a Egipto: “Huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te lo diga”.
  • Tu tercer dolor y soledad, el del Niño Jesús perdido durante tres días: “Hijo, ¿por qué nos ha hecho esto?… Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”.
  • Tu cuarto dolor y soledad, el acompañamiento al crucificado hasta el Calvario: “A Jesús lo seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que lloraban y se lamentaban por él”.
  • Tu quinto gran dolor y enorme soledad, la crucifixión: “A los pies de la cruz de Jesús estaba su madre”.
  • Tu sexto dolor y soledad irreparables, el descendimiento de la cruz: “Al bajar a Jesús de la Cruz, lo depositaron en brazos de su madre”.
  • Y tu séptimo dolor, lleno de desolación y soledad, la supultura de tu Hijo: “Qué tristeza y soledad atravesaron tu corazón cuando envolvieron a tu Hijo en lienzos finos y lo depositaron en el sepulcro”.

Madre de los Dolores y de la Soledad, en los siete pasajes enumerados se resumen todas las soledades que la humanidad sigue experimentando hoy: la de los perdidos y desnortados en la vida; la de los tristes y deprimidos; la de los hambrientos y sedientos; la de los migrantes y refugiados; la de los enfermos crónicos y los moribundos; la de los excluidos y descartados; la de las víctimas inocentes de guerras y terrorismos; la de los encarcelados y condenados a muerte; la de los sin techo y sin trabajo; la de los drogodependientes y alcohólicos; la de los prostituidos y maltratados; la de los violentados en su dignidad y esclavizados… Y, sin ir más lejos, la que sufren nuestras gentes en este Pueblo y en esta Tierra nuestros: ancianos abandonados; viudos y viudas solitarios; jóvenes y no tan jóvenes en paro; matrimonios rotos; familias en la que se practica el maltrato psíquico o físico; niños desatendidos; gentes subsistiendo con lo mínimo; alcohólicos y toxicómanos; mujeres que alquilan y venden sus cuerpos por necesidad; gentes despreciadas o rechazadas, ¡y tantas otras!… Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Los presbíteros tenemos que familiarizarnos y meditar asiduamente la Palabra del Señor, para creer lo que leemos, enseñar lo que creemos y practicar lo que enseñamos”

El obispo ante los santos óleos.

Querido D. José, obispo; queridos hermanos sacerdotes y diáconos; queridas consagradas; queridos todos:

El Señor Jesús nos ha convocado, un año más, a celebrar esta Eucaristía tan entrañable y significativa para los presbíteros. En ella renovaremos nuestros compromisos. Lo hacemos en clima orante y en presencia de parte del Pueblo de Dios.

En esta ocasión no voy a ser muy original. Voy a unir la voz de dos Papas vivos: nuestro Papa emérito, Benedicto XVI, y el actual gobernante, Papa Francisco. Comienzo por el Papa Benedicto (Cf. J. Ratzinger, Obras completas XII, p. 530-532)

Cuenta la historia de un sacerdote que, en su época de estudiante y en sus primeros años de sacerdocio, fue una persona entusiasta, llena de la alegría y llena de Dios. Como se le creía muy capaz, se le enviaba siempre a terrenos y misiones difíciles. Sin embargo, cada vez pesaba más en su corazón la infructuosidad de su labor.

Todo se volvió oscuro en torno a él, de modo que abandonó su ministerio. Quería ser finalmente un hombre como todos los demás… Así que se buscó otra cosa y se hizo asistente social, pudiendo entonces hablar con las gentes acerca de sus existencias y aconsejarlos al respecto. Al cabo de un tiempo, le surgieron muchas preguntas: “¿Qué pasa cuando el mismo consejero sólo aconseja según lo que se puede hacer a nivel humano?… ¿No puede ocurrir que, en el caso de tener que aconsejar, desde su propia oscuridad se traicione a sí mismo?… ¿No pudiera suceder que un ciego guiara a otro ciego?”…

Volvamos al sacerdote que trabajaba como asistente social: él aconsejaba a las personas, pero se daba cuenta de que esta tarea era mucho menor de la que hacía antes en su ministerio sacerdotal. Se sintió finalmente como el hijo pródigo de la parábola y se atrevió a decir al Señor: «Adsum»: “Señor, estoy aquí, acéptame de nuevo, como aceptaste a Pedro, que, en medio de su debilidad, nunca dejó de amarte”.

Concluye el Papa Benedicto que, en la historia biográfica del sacerdote descrito, también se refleja algo de la gracia y de los conflictos de cada uno de nosotros, sacerdotes servidores de Jesucristo. Tras el entusiasmo de los comienzos, y de los primeros años de sacerdocio, siempre se repite aquello con lo que Moisés, en la peregrinación de Israel, tuvo que luchar, a saber: el deseo de regresar a Egipto; la tentación de si no habría sido mejor permanecer en Egipto; la tentación de ser como todos los demás; la tentación de no tener que estar expuestos al desierto y aridez de nuestros trabajos ministeriales y a la aparente monotonía del pan y del agua cotidianos…

Es la tentación del cansancio de los buenos, de la rutina, de la acomodación y hasta de cierta impotencia… Lo que el Papa Francisco, recordando la Tradición espiritual más genuina, ha vuelto a denominar, “acedia sacerdotal”, o demonio del mediodía de la vida sacerdotal… Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Sí, queremos poner tu diaconado en manos de San José y, de alguna manera, celebrar con mayor solemnidad el Día del Seminario”

        Querido D. José, hermano y amigo obispo; muy queridos miembros de este presbiterio de Ciudad Rodrigo y los llegados de otras partes; queridos diáconos y seminaristas; queridos señores rectores y formadores de nuestros seminarios; querida familia de D. José Efraín; queridas consagradas; queridos todos:

Hace unos días recibí una invitación de D. José Efraín, que, entre otras cosas, decía así: “Con gran alegría os comunico que recibiré el sagrado Orden del Diaconado… En este momento tan importante de mi camino vocacional, me gustaría contar con vuestra oración y, si es posible, también con vuestra presencia”.

        Querido José Efraín, aquí nos tienes, con nuestra oración y con nuestra presencia, para lo que tú nos pedías: acompañarte en esta meta importante de tu camino vocacional, si Dios quiere, hacia el presbiterado. Estamos muy contentos y nos unimos a tu canto del Magnificat.

Es Cuaresma; muy cercanos ya a la Semana Santa. Podíamos haber esperado a celebrar esta ordenación en tiempo pascual, pero el secreto y justificación de hacerlo hoy lo señalabas en tu misma invitación: la imagen de San José. Sí, queremos poner tu diaconado en manos de San José y, de alguna manera, celebrar con mayor solemnidad el Día del Seminario, siempre colocado bajo la advocación de tan entrañable y querido santo. Sabes que cuentas con su especial protección; y sé que eres muy devoto de él. No lo dejes; no te fallará nunca.

Me centro en las lecturas litúrgicas de este quinto domingo de Cuaresma. En la primera, el profeta Jeremías mira hacia el futuro y anuncia lo que se cumplirá como historia de salvación. Esta lectura forma parte del llamado “libro de la consolación de Israel”, tras la caída de Samaría y. más tarde, de Judá. El profeta anuncia que todo será reconstruido y que el Dios Vivo sellará una alianza en el interior de cada corazón. Esa misma alianza será la fuerza para cumplirla. Lo aplico, querido José Efraín, sin mayores detalles ni pretensiones a tu misma persona: para ti, este camino vocacional, no ha resultado fácil, humanamente hablando. Muchas veces, por diversas circunstancias, has estado tentado de desánimo y de cierta desesperanza y, sin embargo, en el corazón, el Señor de la llamada te ha seguido otorgando siempre consuelo y fuerza para seguir caminando.

Con el Salmo 50 todos, también tú, querido José Efraín, hemos reconocido que somos pecadores y que necesitamos ir trasformando “nuestro corazón de piedra en corazón de carne” para hacer siempre la voluntad de Dios y para una entrega sincera a los demás.

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Raúl Berzosa: “Estamos aquí para dar gracias a Dios por los 85 años de la existencia de un hombre bueno y sencillo, creyente y trabajador, familiar y sociable”

Muy queridos hermanos sacerdotes, especialmente, D. Gabi; querida familia de D. Tomás: Isabel, esposa, e hijos: Antonio, Inmaculada, Jesús Andrés; queridos familiares todos; queridas consagradas, especialmente las Hermanitas de los Ancianos Desamparados; queridos feligreses de esta parroquia del Salvador y de aquellas que os habéis querido unir a esta familia en este día tan señalado.

Desde que D. Tomás sufrió el grave accidente cardio-vascular, este Obispo que os habla, como tantos otros sacerdotes y feligreses civitatenses, hemos estado rezando con fe por él; conscientes de lo que nuestro querido D. Gabi nos informaba día a día: “La situación es extremadamente grave”. La noche del lunes, finalmente, nos llegaba la triste noticia: “Mi padre ha subido al cielo”. Gracias, D. Gabi, por tu fortaleza, en medio de tanto dolor, y por la información puntual durante este último recorrido de tu padre.

Estamos aquí, hoy, para dar gracias a Dios por los 85 años de la existencia de un hombre bueno y sencillo, creyente y trabajador, familiar y sociable.  Y, sobre todo, una persona muy colaboradora y activa en esta parroquia del Salvador. Aquí, permitidme la licencia, tengo incluso que añadir que las parroquias “separaban” al matrimonio: Doña Isabel, tiraba más a San Cristóbal y don Tomás al Salvador. Está bien que se reparta el buen hacer y los ministerios recibidos. Al fin y al cabo, es la misma y única Iglesia del Señor. En otro orden de cosas, y ya más en serio, no importa cómo han discurrido los últimos años de su vida. Hay que hacer, a la luz de Dios, una relectura de toda una existencia. Y, el balance, sin duda, es muy positivo. Además de dar gracias por D. Tomás, recemos por él. Como repetimos, desde la fe en la comunión de los santos, si él necesitara de nuestras oraciones, el Señor se las aplicará generosamente; si no las precisara, repercutirán, no menos generosamente, en todos nosotros. Sigue leyendo

Raúl Berzosa: “Tenemos que fortalecer todo aquello que ayude a la comunión y fraternidad presbiteral” 

Queridos Rectores y Formadores de los Seminarios Diocesanos, queridos Seminaristas, queridos todos:

Muchísimas gracias por el esfuerzo grande de participar en este Encuentro de Seminaristas Mayores de la Región. Estamos muy satisfechos de haberos acogido en esta pequeña Diócesis. Sentiros como en casa.

Dejo el comentario a las ricas y sugerentes lecturas de la Liturgia de hoy, no sin antes desear que ojalá se hiciera realidad lo escuchado en la primera lectura: “Nos hemos sentido perdonados y que el Señor ha arrojado nuestros pecados a lo hondo del mar”. Para poder cantar como hemos repetido con el salmo 102, “El Señor es compasivo y misericordioso”. Por haber sido perdonados, entendemos mejor y podemos cumplir lo relatado en el Evangelio de San Lucas, puesto en boca del Padre Bueno: “Este hermano tuyo estaba muerto ha revivido”.. En el tema que estáis tratando, el “de las fraternidades apostólicas”, nunca seáis “hermanos mayores, orgullosos y recelesos”, sino “Padres buenos y acogedores” y, si fuere el caso, “hijos menores”.

Vuelvo al tema de la fraternidad sacerdotal. Los últimos Papas han venido subrayando su decisiva importancia para los presbíteros. Por mi parte, os voy a repetir, en lo sustancial, lo que expresé a nuestro querido presbiterio diocesano, en su convivencia navideña, el día 27 del pasado mes de Diciembre.

El fundamento, teológicamente hablando, de la fraternidad sacerdotal se encuentra en una triple e inseparable comunión: comunión viva y real con Jesucristo; comunión afectiva y efectiva con el obispo y el presbiterio; y comunión con todo el Pueblo de Dios que peregrina en cada iglesia particular. Esta comunión no es algo superficial o meramente externo, sino que radica en la misma identidad sacerdotal, en su ser. Así leemos en Presbiterorum Ordinis (n. 8): “Los presbíteros, constituidos por la ordenación en el orden del presbiterado, se unen entre sí por una íntima fraternidad sacramental; especialmente en las diócesis, a cuyo servicio se consagran bajo el propio obispo, formando un solo presbiterio”. Leemos, igualmente, en Lumen Gentium (n. 28): “En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, y esta comunión debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad, tanto en lo espiritual como en lo material, tanto en lo pastoral como en lo personal”.

Aunque lo más decisivo, en la comunión fraterna, es la fundamentación sacramental, esta misma comunión fraterna exige una misión común. Nos recordaba, también, Presbiterorum Ordinis (n.8) que, aunque la actividad pastoral sea diversa y plural, en realidad “ejercemos un solo ministerio sacerdotal en favor de los hombres”. Lo subrayo: la variedad de actividades pastorales, y de circunstancias concretas de la misión de cada presbítero diocesano, no pueden hacernos olvidar ni ocultar que existe una sola comunión y una sola misión con los demás presbíteros.

La íntima fraternidad, y la misma y única misión, comportan actitudes concretas en cada presbítero, a saber: sentir como propias las preocupaciones y urgencias pastorales de toda la Iglesia; suscitar vocaciones al sacerdocio ministerial; y acoger y socorrer a los más hermanos más necesitados. Los sacerdotes no trabajamos sólo nuestras “parcelas eclesiales-parroquiales” sino que formamos parte de un todo diocesano, y edificamos  un mismo tejido eclesial amplio y universal. De aquí nacen las fraternidades sacerdotales que nos ayudan a vivir la caridad pastoral.

Por todo lo anteriormente expuesto, la comunión y fraternidad sacerdotal, han de fortalecerse y deben crecer día a día. San Juan Pablo II, en el discurso a los sacerdotes de Quito (año 1985) subrayaba: “No podéis vivir ni actuar de forma aislada. Con la ayuda de todos los sacerdotes, diocesanos y religiosos, debéis construir un único presbiterio, como si fuera una verdadera familia o fraternidad sacramental; un presbiterio como lugar donde cada sacerdote encuentre todos los medios específicos para su santificación y evangelización. Vuestro presbiterio llegará a ser signo eficaz de santificación y evangelización cuando se reproduzcan en él las características del Cenáculo, es decir, la oración y la fraternidad apostólica entre nosotros y con María, la Madre de Jesús”. D. Antonio Ceballos repetía con razón: “volvamos siempre al Cenáculo”. Y me atrevo a añadir: ser y vivir la comunión y fraternidad sacerdotal implican experimentar, entre nosotros, las virtudes y actitudes que nos recuerda también y con tanta claridad, de nuevo, Presbiterorum Ordinis (n. 8): la hospitalidad, la beneficencia, la comunión de bienes, la solidaridad con los enfermos, la ayuda a los afligidos y solitarios…

El pasaje de Mt. 25, en el examen final, también se nos aplicará a los presbíteros en cuanto presbiterio. Y esto conlleva, orar unos por otros, la práctica de la corrección fraterna y fraternal, la ayuda en la dirección espiritual y en el recibir el sacramento de la reconciliación y de la penitencia, los encuentros conjuntos de formación y de convivencia lúdica, y la ayuda concreta en aquellos oficios y encomiendas que el Obispo y la Iglesia nos ha confiado.

Concluyo: fortalecer, corregir y potenciar las fraternidades sacerdotales. Tenemos que fortalecer todo aquello que ayude a la comunión y fraternidad presbiteral; tenemos que corregir lo que rompa o menoscabe dicha comunión y fraternidad; y tenemos que asumir y potenciar, con coraje y creatividad, las nuevas formas cotidianas y diocesanas de comunión y fraternidad. Todo ello, y a su manera, ya desde el Seminario… Así se lo pido al Espíritu que hará posible, un día más, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Santa María Virgen, Madre de los sacerdotes y de los seminaristas, y Santos Presbíteros y seminaristas, rogad e interceded por todos nosotros.

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo

Raúl Berzosa:  “Me quedo con su bondad y su generosidad hacia tantas personas, me consta que fue ampliamente correspondido. Dios siempre paga la generosidad directamente, o a través de otras personas”

Querido hermano y amigo obispo, D. José; queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Andrés, párroco; queridos familiares directos de D. Enrique: María Aurora, hermana, y José, Paloma y Yolanda, Jorge y Enrique; queridas consagradas, especialmente las Hermanitas de los Pobres Desamparados, queridos todos, los de aquí y los llegados de fuera: sed bienvenidos.

Justamente ayer, al concluir la primera meditación del Retiro que estaba impartiendo a las Madres Carmelitas de Ciudad Rodrigo, me llegó la triste noticia del fallecimiento de D. Enrique a través de la Madre Superiora de la Residencia de San José. Inmediatamente me presenté en el Centro Médico de Ciudad Rodrigo. Recé la recomendación del alma, delante del cadáver, todavía caliente de D. Enrique; y le impartí la absolución y mi bendición. ¡Descanse en Paz y que el Señor le haya abierto las puertas del cielo, como a siervo fiel y entregado!

Ha fallecido en tiempo de Cuaresma, preparación a la Resurrección Pascual del Señor. Hemos escuchado en las primeras lecturas de este tiempo litúrgico, lo que hicieron los hermanos de José con él, símbolo de lo que harían con el Señor mismo; como Él nos ha narrado en la parábola del Evangelio, según San Mateo: “mataron al heredero”, al que da la Vida. Y, sin embargo, como hemos cantado con el Salmo 104, “siempre recordaremos las maravillas del Señor”, que fue bueno y misericordioso con nosotros. Estas lecturas, se pueden aplicar a caca uno de nosotros y a nuestro querido y admirado hermano D. Enrique. La vida no es fácil ni está exenta de zancadillas y tropiezos. En el caso de D. Enrique todo lo supo superar con fortaleza y con elegancia. Gracias a que era, también, un hombre recio y probado, de mucha fe, y hasta con sano humor. Sigue leyendo

¡QUE NO SE ENFRíE EL CORAZON! 

El obispo impone la ceniza en la catedral.

Entramos en la Cuaresma. Este año con un mensaje muy atractivo: “Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría” (Mt 24,12)

Es una frase pronunciada por Jesús, en el Monte de los Olivos, respondiendo a una pregunta de sus discípulos: “¿Cuál será la señal de tu venida al final de los tiempos?”… Avisa de la situación de la comunidad frente a acontecimientos dolorosos y a falsos profetas.

¿Qué rostros asumen los falsos profetas de hoy?... – Algunos son como “encantadores de serpientes” que esclavizan a las personas, aprovechándose de sus emociones. Otros falsos profetas son “los charlatanes” que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas a los sufrimientos o remedios, y que resultan completamente inútiles; por ejemplo, la droga a los jóvenes, unas relaciones “de usar y tirar”, o ganancias fáciles deshonestas. Otros falsos profetas no sólo ofrecen cosas sin valor sino que nos quitan lo más valioso: la dignidad, la libertad o la capacidad para amar. ¡Cada uno tenemos que discernir y examinar nuestro corazón para ver si estamos amenazados por los falsos profetas!

No podemos tener un corazón frío y apagado. ¿Qué señales nos indican que el amor del corazón se está apagando?… – Ante todo, la avidez por el dinero, “raíz de todos los males” (1 Tim 6,10); a ésta, le sigue el rechazo de Dios, prefiriendo quedarnos en nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y los Sacramentos.

¿Qué podemos hacer en la Cuaresma?…- Recobrar el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

Por la oración, descubrimos en el corazón las mentiras que nos engañan y buscamos el consuelo de Dios y de su Vida.

Por la limosna, nos liberamos de la avidez, redescubrimos al hermano necesitado, y experimentamos una certeza: “que lo mío nunca es sólo mío”. ¡La limosna, como se lee en Los Hechos, debe ser un auténtico estilo de vida! ¡Dar limosna es colaborar con la Providencia de Dios para con sus hijos, con la certeza de que Él también me ayudará, porque nadie gana a Dios en generosidad!

El ayuno, debilita nuestra violencia y nos desarma, nos ayuda a crecer, a experimentar el hambre y sed Dios, y nos permite sufrir lo que los hambrientos sufren… ¡La Pascua es fuego nuevo para calentar el corazón en el corazón de Dios que nunca se apaga!

En esta Cuaresma apoyaremos una iniciativa del Papa Francisco: Entre el viernes 9 y sábado 10 de marzo, celebraremos “24 horas para el Señor”. En Ciudad Rodrigo, permanecerá abierto el templo de la Residencia de San José 24 horas, para la adoración y la confesión sacramental. Y para rezar al Dueño de la Mies que nos conceda nuevas y santas vocaciones sacerdotales, consagradas y de laicos comprometidos.

+ Cecilio Raúl, Obispo de Ciudad Rod

Raúl Berzosa: “Vivid de verdad la fraternidad! Esta casa, donde hay tantas hermanas enfermas, será un cielo o un infierno, dependiendo de vosotras” 

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente quienes atendéis esta Comunidad; querido Padre Asistente; querido Sr. Delegado de la Vida Consagrada; querida comunidad de Madres Agustinas, especialmente Sor Fátima Mariene del Sagrario y Sor Escolástica de Jesús Nazareno; queridas madre Presidenta y madre Priora de Jerez; queridas consagradas; queridos padrinos, D. José y Doña Isabel; querida Coral agustiniana; queridos todos:

En verdad, éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Salmo 121). ¡Cristo nos ha llamado, elegido y consagrado. Gocemos y alegrémonos con El! No hace falta subrayar que, como Obispo, estoy muy contento de poder celebrar esta doble profesión solemne de Sor Fátima Mariene del Sagrario y Sor Escolástica de Jesús Nazareno.

Os diría muchas cosas, pero necesariamente tengo que ser breve porque los gestos y las palabras de esta Liturgia ya son muy ricas y elocuentes. Así, como las lecturas que acabamos de escuchar. En la primera, del Libro de Samuel, quisiera aplicar para vosotras, queridas profesas, su misma expresión, que también hemos repetido en el Salmo 39: “Aquí estoy porque me has llamado… Habla que tu siervo escucha”. La segunda lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, resumía vuestra vida en dos caras o dimensiones: por un lado, “dar testimonio de la resurrección del Señor Jesús”; y, por otro lado, “vivir en comunidad teniendo un solo corazón y unas sola alma”. Finalmente, el Evangelio de San Marcos os adelanta el premio a vuestra vida, si permanecéis fieles en ella: “En esta vida recibiréis cien veces más… y, en el futuro, la vida eterna”. ¡Felicidades hermanas! Vuestra mejor respuesta a esta Palabra de Dios la encuentro en vuestra invitación, asumiendo palabras de San Agustín: “El corazón del que ama ya no es suyo; lo dio al Amado”.

Además del rico mensaje de la Sagrada Escritura, ¿qué más os diría con mis pobres palabras?… En primer lugar, y sinceramente, os quiero dar las gracias por haberos decidido a dar este paso tan decisivo en vuestras vidas, lejos incluso de vuestras familias de sangre. Amparadas, eso sí, por vuestra comunidad, por vuestros padrinos y por tantos bienhechores de esta casa. ¡Es la riqueza y la belleza de la catolicidad de la Iglesia!

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Reunión Arziprestazgo

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